La trampa de la madriguera

Reyes Mate, Profesor de investigación del CSIC (EL PERIODICO, 15/07/05).

Cuenta Kafka en La madriguera que un topo, obsesionado con su propia seguridad, construyó un sistema de protección tan eficaz que acabó siendo su propia trampa. El atentado de Londres ha disparado el síndrome de La madriguera. “El terrorismo –ha declarado Jack Straw, el ministro británico de Asuntos Exteriores– es el primer asunto de la agenda de la Unión Europea” y eso significa que hay que tomar decisiones tan lógicas como crear un sistema común para la obtención de pruebas e intercambio de información entre los servicios policiales.

Pero la cosa no queda ahí. También quieren hablar sobre el control de conversaciones telefónicas y comunicaciones por internet, y eso ya apunta en otra dirección: sacrificar la libertad a la seguridad. Estas propuestas, viniendo del país que hasta ahora había defendido, contra todos, que el mejor antídoto contra el terror era dejar a los ciudadanos a su aire, no ha dejado de llamar la atención. Esa apuesta por la libertad ¿era el precio pactado para que el terror no les afectara a ellos, mientras se ensañaba en países cercanos, o es que la libertad ha perdido la capacidad de defenderse ante sus nuevos enemigos?

Los terroristas de Londres nos están obligando a repensar las relaciones entre libertad y seguridad. El ciudadano medio que somos todos reacciona ante el terror mirando al palco de autoridades diciendo que qué hacen y mano dura, es decir, reaccionamos exigiendo que ante todo se garantice la seguridad. Y la autoridad competente traduce esa demanda del miedo canjeando libertad por seguridad.

Puede ser un camino peligroso. Hay algunas lecciones aprendidas por la humanidad que no deberían echarse en saco roto. La humanidad alcanzó su momento de madurez cuando se sacudió las tutelas religiosas y políticas, proclamando que las reglas de juego morales o políticas las decidían los hombres desde su libertad. A eso llamamos Ilustración que es, según Kant, “la salida del hombre de su culpable inmadurez y el acceso, por tanto, al uso público de la libertad”.

La conquista de la libertad es lo que hizo a Europa fuerte, adulta. Esta apuesta por la libertad es su mejor patrimonio. Si la libertad supusiera un debilitamiento inevitable para la seguridad –por aquello de que hasta el terrorista suicida tiene su lugar en ella– entonces las dictaduras serían los lugares más seguros. Y no parece que sea el caso. El aparato represor de cualquier dictadura es la prueba más evidente de su vulnerabilidad.

Decía Voltaire que “la paz llegó a Europa cuando los estados dejaron de ser teocráticos”. Lo que tiene de violenta la historia de la libertad no tiene nada que ver con lo que conquistó –la democracia política, la moral laica–, sino con lo que tuvo que vencer –dictaduras, teocracias, totalitarismo–. Por eso se puede decir que la vida segura es una cara de la historia de la libertad.

Naturalmente que las cosas son más complejas porque la libertad es de alguna manera impotente ante los liberticidas: hasta que no actúan tiene que reconocerles un lugar al sol. Por eso hay un conflicto latente sobre cuánto de libertad y cuánto de seguridad. Pero no deberíamos perder de vista que la libertad es el principio de la seguridad.

La figura histórica más representativa de la tesis según la cual un máximo de seguridad significa un mínimo de libertad es el Gran Inquisidor de Los hermanos Karamazov, de Dostoievski. El es quien explica que el pueblo es como un niño que tiene miedo de la libertad y por eso se ha permitido, por amor al pueblo, comprar su libertad con el pan de la seguridad. Cuando aparece alguien representante de la vida en libertad, aunque sea el mismísimo Nazareno –que es quien aparece en la novela– el Inquisidor de Sevilla le prende para ajusticiarle.

Un atentado terrorista obliga a tomar medidas para impedir que el crimen se repita. Entre ellas, un análisis de las causas –que no razones– que expliquen cómo jóvenes británicos se pueden convertir en kamikazes. Desmontar lo que un policía francés llama “las ilimitadas motivaciones psicológicas y religiosas” de los terroristas suicidas es asunto que llevará su tiempo. Más al alcance de los países amenazados está la posibilidad de controlar una serie de acciones y actitudes hacia el mundo musulmán que explican en parte la aparición de este terrorismo.

Pocos dudan de que el terror de origen islámico tiene que ver con el papel de Occidente en Irak, Afganistán o Palestina. Menos mencionado, pero seguramente más decisivo, es el modo con que Occidente mira y valora al islam. Tenemos que reconocer que existe hoy una cuestión islámica, igual que en los siglos XVIII al XX hubo una cuestión judía. El fondo es el mismo: identificar civilización con Occidente y declarar que lo judío o lo islámico son excrecencias anacrónicas incompatibles con la modernidad. Igual que el judío tenía que elegir entre ser judío o ser moderno, tiene hoy el musulmán que decidir entre ser demócrata o islámico.

Si el precio de la emancipación política del judío era la asimilación cultural y la integración social, el del musulmán contemporáneo es la ruptura con sus propias raíces. Esta manera de ver las cosas ignora la contribución de la cultura musulmana a la civilización de la humanidad y supone una tesis que lleva a la desesperación de los musulmanes. Es ésta: que el terrorismo de origen islámico no tiene causas concretas que lo expliquen, sino que procede de su misma esencia. Hagan lo que hagan no tienen lugar entre nosotros a menos que dejen de ser ellos mismos. Esta difusa islamofobia es el mejor caldo de cultivo para la persistencia del terror.