La trampa de la política climática

Las políticas actuales para combatir el cambio climático cuestan mucho más que los beneficios que producen. Por desgracia, las malas opciones elegidas a menudo hacen que esas políticas sean todavía menos rentables.

Consideremos la política 20-20 de la Unión Europea, que tiene como meta para 2020 reducir 20% las emisiones de CO2 con respecto a los niveles de los años noventa. Es importante analizar este enfoque, no solo porque la UE está emprendiendo la  política climática más importante y más amplia de todo el mundo, sino también porque otras políticas sobre el clima tienen fallas semejantes.

La manera más eficaz en términos de costo de alcanzar la meta de reducción de 20% sería con la operación de un mercado único del carbono de la UE, que le costaría a esta organización alrededor de 96 mil millones de dólares anuales para 2020. Sin embargo, los beneficios para el mundo serían mucho menores. En efecto, la única evaluación revisada inter pares de la política climática de la UE estima que dicha política puede evitar daños relacionados con el clima  en aproximadamente 10 mil millones de dólares por año. Así pues, por cada dólar gastado, la UE dejaría de gastar diez centavos de daños.

Esto no quiere decir que el cambio climático no sea importante, solo que la política climática de la UE no es inteligente. En el transcurso de este siglo, la política ideal de la UE costaría más de 7 billones de dólares, y con todo solo disminuiría el aumento de la temperatura 0.05 oC y bajaría los niveles del mar en nueve insignificantes milímetros. Después de haber gastado todo ese dinero no podríamos ver  la diferencia.

Los partidarios de la política climática de la UE argumentan que deberíamos emprender de cualquier modo dichas políticas porque existe el riesgo de que el calentamiento global sea más grave de lo que actualmente se prevé. Pero, si bien este argumento es válido en principio, modelos económicos muestran que dicho riesgo tiene solo un efecto moderado en la mejor de las políticas. Además, como no ha habido aumento de la temperatura en los últimos 10 a 17 años, las advertencias que hablan de escenarios peores de lo previsto son poco probables.

El verdadero riesgo tiene que ver con el potencial de que la elección de malas políticas empeore más de lo necesario las políticas climáticas. La UE no solo no puso en marcha un mercado único del carbono a fin de alcanzar su meta de emisiones de CO2. En cambio, hizo más costosa su mala elección mediante un conjunto de políticas parcialmente contradictorias.

Por ejemplo, la UE estableció que energías renovables como la eólica y la solar representen 20% de los suministros de energía para 2020, aunque esta decisión de ningún modo sea la más asequible para reducir emisiones. De hecho, instalar una turbina eólica no reduce CO2 extra porque las emisiones totales ya tienen un límite según el programa de la UE de comercio de emisiones de carbono. Se traduce solamente en que cuando Gran Bretaña instala una turbina eólica, es más barato quemar carbón en Portugal o Polonia.

Si se toma en consideración la deficiencia de dichas políticas y se promedian todos los modelos macroeconómicos, es más probable que la UE gaste alrededor de 280 mil millones de dólares por año para evitar solamente 10 mil millones de dólares de daños. En otras palabras, el diseño pobre de las políticas climáticas de la UE triplica el costo y solo evita tres centavos de daños al clima por cada dólar gastado.

Y las cosas empeoran porque en estos modelos se sigue suponiendo que la UE elige las energías renovables más asequibles para satisfacer su demanda. En cambio, una gran parte de los países de la UE ofrecen subsidios más altos a las energías renovables más costosas.

Por ejemplo, reducir una tonelada de emisiones de CO2 con turbinas eólicas en tierra en Alemania cuesta probablemente 35 dólares, y evita 14 centavos de daños climáticos por cada dólar. Sin embargo, las turbinas eólicas marinas tienen un costo aproximado de 150 dólares por tonelada de CO2, lo que evita solo tres centavos de daños climáticos por cada dólar.

Los biocombustibles son aún menos eficientes, con un costo de más de 300 dólares por cada tonelada de CO2 evitada, con un beneficio de apenas poco más de un centavo por cada dólar. Y la energía solar es definitivamente el peor caso, pues cuesta más de 800 dólares por tonelada de CO2 y su efecto positivo es menor a un centavo por cada dólar gastado.

Estos precios no solo se ven en Europa. Por ejemplo, China gasta 38 dólares por tonelada evitada de CO2 mediante energía eólica, mientras que los Estados Unidos desembolsan alrededor de 600 dólares para reducir una tonelada de CO2 mediante el uso de biocombustibles.

Además, cuando la UE decide reducir sus emisiones internas, parte de dicha reducción sencillamente migra a otro lado. Si fabricar un producto en la UE cuesta más debido a precios de la energía más altos, es probable que el producto se produzca en otro lugar, donde la energía es más asequible, para luego importarlo a la Unión Europea.

De hecho, nuevos estudios muestran que 38% de las reducciones de carbono de la UE migran a otro lado, lo que significa que la política climática europea no evita tres centavos de daños climáticos por dólar gastado, sino menos de dos. En el periodo de 1990 a 2008, la UE redujo sus emisiones en aproximadamente 270 millones de toneladas métricas de CO2. Sin embargo, sucede que el incremento de las importaciones procedentes tan solo de China implicó un volumen casi igual de emisiones extra fuera de la UE. Esencialmente, la UE había deslocalizado parte de sus emisiones.

Finalmente, los efectos negativos de políticas climáticas deficientes no son solo financieros. Los biocombustibles, en los que la UE ahora gasta más de 10 mil millones de dólares anuales, ofrecen menos de uno por ciento de beneficio por cada dólar gastado, y también utilizan campos agrícolas, que en otras circunstancias habrían producido alimentos.

Esto significa que la producción de alimentos migra a otros lugares, a menudo en tierras agrícolas creadas mediante la tala de bosques, lo que emite más CO2 y daña la biodiversidad. También fomenta el alza de los precios, que hasta ahora ha empujado a por lo menos 30 millones de personas pobres a morir de hambre , y se prevé que para 2020 entre 40 y 130 millones de personas más estarán muriendo de hambre.

Necesitamos un enfoque más inteligente para abordar el cambio climático. En lugar de depender ahora de la reducción de unas cuantas toneladas del excesivamente caro CO2, debemos invertir en investigación y desarrollo orientados a innovar soluciones de disminución de costos de energía ecológica de largo plazo, para que todos la adopten.

Por el momento, nuestras políticas climáticas existentes son deficientes –y nuestros políticos encuentran siempre maneras de hacerlas más torpes. Pueden dar a gusto a granjeros y otros grupos de interés, pero globalmente lo que hacen es fomentar a la alza los costos y disminuir los muy pocos beneficios.

Bjørn Lomborg, an adjunct professor at the Copenhagen Business School, founded and directs the Copenhagen Consensus Center, which seeks to study environmental problems and solutions using the best available analytical methods. He is the author of The Skeptical Environmentalist and Cool It, the basis of an eponymous documentary film.

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