La transición de Castro a Castro: ensayando el futuro

Por Susanne Grtius, FRIDE (EL CORREO DIGITAL, 15/09/06):

Ochenta años son demasiados años para seguir cumpliendo funciones de Estado», había dicho Fidel Castro en una charla con su amigo Tomás Borge. Dos semanas antes de cumplir 80 años, Fidel entregó (provisionalmente) el poder a un selecto grupo liderado por su hermano Raúl. Pareció haber llegado el gran momento de los transitólogos cubanos: el postfidelismo. Pero nuevamente se equivocaron todos los futurólogos: sólo unos días después de la intervención quirúrquica, el Comandante resucitó. En vez de dirigirse a la nación, charló largamente con su hijo ideológico Hugo Chávez, afirmando la estrecha alianza entre ambos. Aun así, la entrega temporal de sus funciones por motivos de salud marca el principio del fin de Fidel como líder omnipotente del país. Todo indica una sucesión de Castro a Castro que podría dar comienzo a una transición gradual hacia otro tipo de régimen.

El lema del franquismo, ‘después de Franco, las instituciones’, podría aplicarse al castrismo. A diferencia de Fidel, Raúl Castro no es un líder carismático, sino más bien un fiel soldado de dos instituciones claves del régimen cubano: las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y el Partido Comunista de Cuba (PCC). Las FAR son el factor dominante en la economía cubana y el PCC es el garante ideológico de la Revolución.

Mientras que no caben muchas dudas en cuanto al papel de las FAR y el liderazgo de Raúl, la constelación de poder de las demás instituciones es menos clara. Aunque la Constitución lo define como «fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado» (art. 50), el PCC siempre ha sido subordinado al liderazgo personal de Fidel Castro. Muestra de ello han sido las estructuras paralelas de poder que creaba el Comandante desde los inicios de la Revolución: primero el ‘gobierno de sombra integrado por él y Ché Guevara’. Después el Equipo de Coordinación y Apoyo al Comandante que actúa al margen o por encima del PCC y las demás instituciones. Otra señal de su debilidad es la escasa afiliación al PCC y la celebración de su último congreso hace casi diez años.

Aparte de las FAR, el poder clave en Cuba no es el PCC sino el ejecutivo. En su mensaje al pueblo cubano, Fidel traspasó el poder a siete personas que pertenecen al máximo órgano de gobierno: el Consejo de Estado. Este íntimo círculo de poder no incluye a ninguna mujer y, salvo Carlos Lage y Felipe Pérez Roque, todos sus miembros son personajes históricos de la Revolución o pertenecen al grupo de los más duros. También llama la atención que esta lista no incluye a ningún representante del máximo órgano de Estado: la Asamblea Nacional del Poder Nacional (ANPP). El gran ausente es su presidente, Ricardo Alarcón. Esta omisión no parece casual, puesto que el Parlamento cubano es la única institución que dispone de una cierta autonomía o al menos ocupa un papel aparte dentro del régimen.

La Constitución no establece una clara jerarquía institucional. Según su artículo 95, la máxima autoridad de gobierno es el Consejo de Estado. Como órganos subordinados están mencionados el Consejo de Ministros y la ANPP. Pero, tanto los miembros del Consejo de Ministros como del Consejo de Estado rinden cuentas a la ANPP y son controlados por el Parlamento. Esta constelación ambigua podría crear problemas en el futuro, máxime teniendo en cuenta que, después de los hermanos Castro, Ricardo Alarcón es considerado el número tres del régimen cubano. Además, Alarcón es el mejor conocedor de EE UU, sin duda, un factor clave para el futuro de Cuba.

Estas incertidumbres institucionales y las rivalidades existentes entre los dirigentes pueden dar lugar a una lucha de poder interno, una vez que desaparezca o se debilite el liderazgo de Castro. Por tanto, es probable que el líder será sustituido por un gobierno colectivo y no por una mera sucesión de Castro a Castro en el poder. Esto plantea una serie de incertidumbres con respecto al liderazgo de Raúl y la unidad y la duración de un régimen colectivo.

Aunque ambos casos son distintos, hay elementos en común entre el fin del franquismo y del fidelismo. Igual que Francisco Franco, Fidel Castro dejó temporalmente el poder por cuestiones de salud. Igual que en la España de los años setenta, es altamente probable que la renovación política en Cuba sea el resultado de la ‘solución biológica’. También, después de la muerte del dictador, el cambio político en Cuba transcurrirá desde arriba y no desde abajo. Y de forma similar, el escenario político más probable en Cuba no es la transición sino la sucesión prescrita por la Constitución. En este sentido, igual que Franco, Fidel quiere dejar ‘todo atado, bien atado’.

Pero allí acaban las semejanzas. A diferencia del ‘caudillo’ español, el sucesor de Fidel no es el Rey, sino su hermano. Y diferente a España, en el caso cubano no queda nada claro que la sucesión desembocará en una transición hacia la democracia representativa y la economía de mercado. Por dos razones. Un factor es la sucesión familiar. Aunque Castro dijo de su hermano que «sus méritos y el lugar que él ocupa en la Revolución no tienen nada que ver con el nexo familiar», su nombramiento como sucesor es, sin duda, un ejemplo de nepotismo. Por tanto y siguiendo la trayectoria política de los últimos 47 años, es poco probable que Raúl Castro sea ni siquiera un Carlos Arias y mucho menos un Gorbachov cubano.

Aparte del nexo familiar, es importante mencionar los diferentes contextos regionales. Si la perspectiva de integrarse en una Comunidad Europea democrática y próspera fue un aliciente para la transición democrática en España, en Cuba hay tres importantes factores regionales adversos a un escenario similar: la política hostil de EE UU, que busca restablecer el ‘status quo’ anterior, el auge de gobiernos de tinte izquierdista (de corte populista y socialdemócrata) en América Latina, y los pocos incentivos que ofrece la UE a una transición cubana.