La transición en Egipto: ¿Será Al Qaida una amenaza?

Preguntarse por la amenaza de Al Qaeda en un contexto de transición a partir del autoritarismo como el que se está produciendo en las riberas del Nilo no tendría el mismo sentido respecto a otros países del Norte de África y Oriente Medio. Egipto adquiere una importancia muy especial para aquella estructura terrorista, entidad fundacional y referencia permanente del que en nuestros días es un heterogéneo y polimorfo yihadismo global. Una importancia que no solo obedece a la centralidad geoestratégica de dicho país en el conjunto del mundo árabe. Está también relacionada con los orígenes egipcios del actual terrorismo yihadista, con la presencia egipcia en el seno de Al Qaeda desde su fundación a finales de los ochenta, y más concretamente en el liderazgo de la misma.

Ayman al Zawahiri, segundo en la jerarquía de Al Qaeda, al igual que otros destacados líderes suyos, son egipcios y expresan reiteradamente gran hostilidad hacia las autoridades y la población no musulmana de su país de origen. Él y numerosos miembros egipcios de Al Qaeda, que han llegado a suponer dos terceras partes de su núcleo central, procedían del grupo Yihad Islámica Egipcia, integrado en aquellos meses antes del 11-S. Atentados que perpetró una célula de terroristas suicidas cuyo cabecilla, Mohamed Atta, era egipcio. Abu Hafs al Masri, primer jefe del comité militar de Al Qaeda, era también egipcio. El 11-M ocurrió cuando Hamza Rabia, asimismo egipcio, ejercía el mando de operaciones externas de Al Qaeda. Hasta 2010, otro egipcio, Abu Ayyub al Masri, fue máximo dirigente de Al Qaeda en Irak.

Algunos incidentes terroristas ocurridos recientemente —como el atentado suicida del pasado 1 de enero contra una iglesia copta en Alejandría, que causó la muerte a 23 feligreses cristianos locales— sugieren la posibilidad de que Al Qaeda estuviese tratando de restablecerse en dicho país. Desde el ciclo de atentados ocurrido allí entre 2004 y 2006, los centenares de detenciones llevadas a cabo por las fuerzas de seguridad egipcias desmantelaron las tramas yihadistas reconstituidas a partir de finales de los noventa. Sin embargo, como puso de manifiesto un sondeo de opinión pública llevado a cabo en la primavera de 2010 por el Pew Research Center, un 20% de los musulmanes egipcios mayores de edad perciben favorablemente a Al Qaeda, y el 19% manifiestan una actitud positiva hacia Osama bin Laden.

A inicios de febrero de 2011, un destacado dirigente de Al Qaeda, Thirwat Salah Shehatan, emitió un comunicado en el cual llamaba a la población egipcia a derribar a Hosni Mubarak. Al Qaeda en Irak divulgó, el 8 del mismo mes, otro en el que, tras afirmar que «el mercado de yihad» y «las puertas del martirio» se habían abierto en Egipto, instaba a los egipcios a no caer en los «engañosos caminos ignorantes» de la «democracia» y el «nacionalismo pagano». Al Qaeda y su principal extensión territorial enmarcaban así las movilizaciones de protesta social en un discurso yihadista. A finales de enero, Al Qaeda en el Magreb Islámico, en una declaración sobre Túnez, había ya urgido a otros musulmanes a que hicieran caer los regímenes de sus respectivos países, calificados como regímenes apóstatas.

En apariencia, estos pronunciamientos sobre las movilizaciones populares en Egipto difundidos por Al Qaeda y por sus extensiones territoriales parecen contradecir unas afirmaciones precedentes del propio Ayman al Zawahiri sobre la manera de poner fin al régimen de Hosni Mubarak. Afirmaciones en las que negaba la posibilidad de derrocarlo pacíficamente. Con motivo de una entrevista grabada en vídeo por As Sahab, órgano de propaganda audiovisual de Al Qaeda, distribuida en agosto de 2009 a través de internet, sostenía literalmente que «el sistema en Egipto y la mayoría de los países árabes e islámicos solo puede ser removido por la fuerza, y el régimen en Egipto no va a ceder ante ninguna tentativa pacífica de cambio, y Hosni Mubarak y su hijo no abandonarán el Gobierno si no es por la fuerza».

En esa misma entrevista, Ayman al Zawahiri aducía que «no puede haber ninguna auténtica reconciliación en Egipto sin una aproximación desde el islam» y que «el intento de cambiar el régimen desde dentro y a través de las leyes y la constitución llevará a más corrupción, injusticia y dependencia». Añadía que «América no va a dar la bienvenida a que el régimen cambie, excepto si ello garantiza que el nuevo régimen será más cooperador y dependiente». Es decir, desde el liderazgo de Al Qaeda, ante la excepcionalidad de un cambio político en Egipto como el comenzado, quedan claros los parámetros en atención a los cuales se va a resolver la mencionada contradicción y a definir la situación. Apelando a una solución islamista e impugnando a cualesquiera sucesores no islamistas de Hosni Mubarak.

En la medida en que Egipto inicie una transición democrática, las valoraciones positivas de Al Qaeda y Osama bin Laden expresadas por dos de cada diez musulmanes en dicho país tenderían a reducirse, y con ello sus bases de simpatía o apoyo. En este sentido, adquirirán gran importancia los pronunciamientos y la conducta de los Hermanos Musulmanes. Aunque han adoptado una estrategia moderada, comparten con los yihadistas algunos referentes doctrinales y podrían mostrarse, en función de su agenda islamista, de su pasada apuesta por el uso táctico de la violencia, ambivalentes en relación con el terrorismo. En especial si se produjesen atentados contra blancos gubernamentales, del aparato de seguridad, de la confesión copta, o estadounidenses y, por extensión, occidentales.

A corto plazo, Al Qaeda podría beneficiarse de una transformación rápida no debidamente controlada de las agencias estatales competentes en antiterrorismo y contraterrorismo. Si estas quedasen menoscabadas por alteraciones imprudentes en sus unidades o sustituciones contraproducentes entre sus responsables, es probable que ello proporcionara a los actores del terrorismo global, durante el tiempo requerido para recomponer las cosas, oportunidades favorables para una actividad terrorista capaz de incidir gravemente sobre la cohesión de una sociedad egipcia débilmente articulada, sobre una economía vulnerable que tiene en el turismo exterior y los ingresos del canal de Suez dos sectores fundamentales, y, por consiguiente, sobre cualquier proceso de democratización.

A fin de evitarlo y de hacer fracasar las ambiciones de Al Qaeda, el cambio político en Egipto no debe afectar de un modo disfuncional a sus estructuras egipcias de seguridad e inteligencia. En este ámbito hay un amplio margen para la colaboración internacional, en la perspectiva de una actualización de la Policía egipcia. Durante tres décadas, los excesos policiales en el tratamiento de la amenaza terrorista han propiciado la radicalización violenta en segmentos de la sociedad egipcia. La experiencia de nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, las lecciones aprendidas en la lucha contra el terrorismo durante los años de la transición democrática española, son un valor con el que nuestro país puede contribuir, directamente o mediante alguna iniciativa conjunta de la UE, a una exitosa apertura del sistema político egipcio.

Por Fernando Reinares, investigador principal del Real Instituto Elcano y catedrático en la Universidad Rey Juan Carlos.

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