La Transición posible

Para buena parte de la prensa europea, la reanudación de relaciones diplomáticas y la anunciada apertura de embajadas de Cuba y de los Estados Unidos es un fenómeno importante para toda América Latina, un cambio histórico. Miro, sin embargo, el panorama del sur del continente, y el de Chile en particular, y llego a la conclusión de que el fenómeno ha sido recibido con notoria indiferencia. La final de la Copa de América entre Chile y Argentina provoca emociones, reacciones colectivas a todos los niveles, infinitamente mayores. El drama cubano, que tuvo una influencia decisiva, para bien o para mal, en los países del cono sur latinoamericano, pasó del primer plano en la década de los sesenta a una forma de olvido persistente, probablemente reveladora: ignorancia, incultura política, hastío de fondo. Primero se creyó que la revolución podía ser una panacea, una gesta comparable a la de Simón Bolívar y sus ejércitos de los llanos venezolanos y colombianos. Después se entró en una etapa de duda general, argumentada, razonada, pero más bien disimulada, incómoda, inoportuna.

Fidel Castro, ideólogo confuso, de formación intelectual mediocre, de antiamericanismo simple y exaltado, se hizo marxista leninista en un proceso de voluntarismo, de reacción contra la dictadura brutal de Fulgencio Batista, de indignación personal. La torpe y lenta reacción de personalidades como el general Eisenhower o Richard Nixon, hechuras de un mundo norteamericano primario, facilitó la evolución mental de Castro y de sus seguidores más cercanos. Algunos piensan que si la actitud de la Casa Blanca hubiera sido menos agresiva, sobre todo durante la visita de Castro a los Estados Unidos en abril de 1959, la historia habría sido diferente, pero el asunto, ahora, a la distancia de los años, no me parece tan claro. Hubo voces disidentes, ilustradas, lúcidas, en un extremo y en el otro, pero predominó el simplismo, el conformismo. En la extrema izquierda, el tono retórico de «las venas abiertas de América Latina» no encontró el menor contrapeso. En el centro liberal, la indignación contra la represión autoritaria, como lo demuestran las declaraciones del partido republicano de estos días, tampoco ha sido sometida a una verdadera revisión. El conflicto viene de muy atrás: de una época de idolatría de la revolución marxista, de deterioro de la democracia llamada despectivamente «burguesa», de simplismo ideológico dominante, casi irresistible. En los comienzos del castrismo, las ideas de Jean-Paul Sartre, unidas a un cierto ambiente de vanguardia estética, de anarquismo en las costumbres, alcanzaban una hegemonía intelectual arrolladora. Lo observé en las calles durante la rebelión de mayo de 1968 en París. Stalin había desaparecido del horizonte, pero Fidel Castro, el Che Guevara, Mao, además de algunos anarquistas históricos, ocupaban la primera línea. Jean-Arthur Rimbaud y Franz Kafka también tenían su sitio, y no era un sitio casual: el proyecto de cambio de la sociedad se reforzaba con la noción poética, casi relgiosa, del cambio de la vida.

Fidel Castro, cuyo régimen había entrado hacía rato en dificultades económicas serias, y que comenzaba a ser atacado desde su flanco izquierdo, aprovechó la invasión a Checoslovaquia de agosto de ese año 68 para alinearse en forma definitiva, fuera de veleidades anarquizantes o trotskistas, con el bloque soviético. El hombre ha sido un maestro de la resistencia contra viento y marea, del camuflaje, del manejo de la propaganda. En un momento determinado le tuvo que entregar el poder a su hermano Raúl, como sólo se puede hacer en las dictaduras más elementales, pero creo que ha mantenido mucha fuerza desde la sombra. Raúl, por su lado, con su mayor pragmatismo, ha practicado aperturas modestas, mínimas, pero que generan un dinamismo irreversible. No sabemos, en resumidas cuentas, si los seguidores declarados del castrismo, los Maduro y sus amigos, son herederos legítimos o legatarios obstinados y despistados. En cualquier caso, el castrismo de hoy está muerto. Su hegemonía intelectual, su atracción política, su poder de contagio, desaparecieron. Fueron expresiones de una época histórica ya pasada y olvidada. Ahora bien, es un muerto que todavía respira, que puede dar coletazos peligrosos y que conviene observar con atención, sin hacerse ilusiones.

Conversé hace un par de meses, en Santiago de Chile, con la conocida bloguera y periodista Yoani Sánchez, uno de los personajes más interesantes y originales de la disidencia contemporánea frente a los socialismos reales. Calculo que será la última de las disidentes y una de las más eficaces. Después de una mesa redonda pública, le dije, en privado, que la transición cubana, a mi juicio, en forma todavía oscura, confusa, subterránea, con probables tropiezos, con inevitables contradicciones, había comenzado. Y si esto es así, la movida del gobierno de Barack Obama, la apertura de largas y pacientes conversaciones, que ha culminado en estos días con el anuncio de la instalación de embajadas, ha sido oportuna.

Las transiciones siguen caminos imprevisibles y siempre implican riesgos. Pero existe una condición esencial, por lo menos en Occidente. Es necesario que el régimen represivo, con toda su parafernalia, con su propaganda, incluso con su liturgia del Estado, haya perdido fuerza de atracción. La derrota se produce primero en el campo de las ideas y después hay que llevarla al terreno práctico. Cuando le decía a los periodistas franceses, españoles, suecos, en el Chile de mediados de 1988, que el pinochetismo estaba profundamente desprestigiado, derrotado de antemano en el plebiscito, me miraban con cara de conmiseración, como si estuviera loco. Muchos años más tarde, en un debate universitario en la ciudad francesa de Poitiers, un profesor me dijo que yo estaba equivocado, que en la votación de octubre de 1988 había ganado el «sí». ¿Por qué? Porque en Chile, después de la salida del general Pinochet, no había cambiado nada. Me tocó a mí, entonces, mirar a ese ideólogo obcecado e hiperactivo como si estuviera loco, pero no sé si fue un error de mi parte. En cualquier caso, estoy convencido, al menos a juzgar por mi experiencia personal, de que la salida de un régimen autoritario, arbitrario, comienza en el terreno de las ideas, en la mente humana. Quizá, dentro de todo, es una visión demasiado optimista, pero mantengo, sostengo, defiendo el optimismo.

Jorge Edwards es escritor.

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