La triple fractura

Por José María Mendiluce, ex eurodiputado y escritor (EL PERIODICO, 06/06/06):

No somos pocos los que empezamos a estar algo más que preocupados por la creciente incapacidad de gestionar los grandes retos que afectan a la humanidad por parte de los responsables de hacerlo.
Graves amenazas se ciernen sobre el futuro individual y colectivo sin que se tomen en serio ni las decisiones que habría que adoptar ni las oportunidades que nos van quedando ni las acciones urgentes que tenemos que emprender si no queremos que todo se siga complicando. Y se va haciendo más difícil todavía la superación de los retos que la realidad nos plantea. Y aunque son muchos, intentaré agruparlos en tres fracturas principales y bastante interrelacionadas.
La primera, la fractura social global. Una enorme y creciente brecha separa a los más ricos de los más pobres. Una minoría que practica el consumo desenfrenado y el despilfarro de recursos limitados convive con la pobreza y la miseria, y con un número creciente de excluidos y desesperados. El hambre es un azote creciente y las viejas y nuevas enfermedades (la malaria, la tuberculosis, el sida) se convierten en plagas de destrucción masiva para millones de personas.
No me interesa aquí el discurso moral sobre la injusticia, sino el peligro evidente que esa situación genera y que adopta distintas formas. Una de ellas, la delincuencia e inseguridad crecientes en amplias zonas del planeta, con grupos violentos organizados y armados que se mueven con soltura en el caldo de cultivo de la marginación. Otra, los desplazamientos masivos de población al interior de los países pobres, a los países vecinos y, en una creciente proporción, hacia el mundo desarrollado, en forma de inmigración desesperada e ilegal, que provoca reacciones de rechazo que aumentan en nuestros países. Y otra más: la búsqueda de alguna esperanza en salvadores de patrias, que van del populismo más impresentable a la fanatización religiosa y al terrorismo y la violencia sectaria.

LA SEGUNDA, la demencial fractura entre los humanos y el planeta herido: deforestación, desertización, agotamiento de las pesquerías, agujeros en la capa de ozono, deshielo de los polos por el calentamiento global, pérdida acelerada de la biodiversidad con la desaparición de numerosas especies (cada día más), que se acompaña del incumplimiento del Protocolo de Kioto, compromiso de mínimos para al menos frenar el efecto invernadero. Y una política energética basada en el petróleo o lo nuclear, y que empieza a prefigurar nuevas guerras y conflictos por el acceso a las fuentes energéticas.
Hugo Chávez, Evo Morales, Rusia y su Gazprom, Irak en llamas, el Irán chulesco, los inciertos Emiratos Árabes y Arabia Saudí no parecen atravesar momentos envidiables de estabilidad y cooperación con el mundo desarrollado, que consume la mayoría de esos recursos, mundo al que se incorporan de manera acelerada China, la India y otras economías emergentes.
Y la tercera fractura, que dificulta aún más la toma de decisiones difíciles, pero imprescindibles, es la que se produce entre los ciudadanos y sus representantes políticos, que se expresa en el desprestigio de la política democrática, la falta de credibilidad de los dirigentes y el alejamiento suicida de lo público, mientras se tienden a banalizar los riesgos y a escamotear las soluciones. El pavoroso descrédito de Bush, la lenta agonía de Blair, la decadencia del Estado francés y del tanto tiempo incombustible Chirac, el ya veremos en Italia, por fin (¿o por el momento?) sin Berlusconi, la parálisis que sufre la Unión Europea, etcétera, no parecen ser situaciones idóneas para enfrentarse con determinación a los retos que plantean las fracturas mencionadas.
Lo más grave es, quizá, que ya sabemos lo que está pasando y los porqués. Es más, desde la lucha contra la pobreza hasta el cambio climático, pasando por el sida y la malaria, el buen gobierno y las relaciones internacionales basadas en la paz y la cooperación, y los derechos humanos, hay compromisos en forma de tratados, protocolos, pactos, cartas y declaraciones universales que no se cumplen o que no se suscriben.

NO PARECE que estemos reaccionando con la energía que el panorama someramente descrito reclama. Entretenidos con Alonso, Pedrosa, Nadal y el Barça; un poco mareados por tripartitos, estatutos y referendos; sorprendidos por el brutal y enfermizo discurso del PP, sus obispos y su radio van pasando días y meses, y llegará el verano, con sus incendios y sus vacaciones –bien merecidas, por cierto–, y a la vuelta, elecciones catalanas y a correr que son dos días. Mientras, continuaremos hipotecando nuestro futuro, ya no tan lejano, y se seguirán muriendo humanos y animales y plantas, y alguna otra guerra, u otro desastre, volverá a reclamar nuestra indignación o solidaridad. Suerte.