La trola de la homogeneidad

Coincidiendo con el aniversario de la muerte del profesor Zygmunt Bauman, célebre por haber acuñado la metáfora de la “sociedad líquida”, la prensa recogió resúmenes de sus ideas y algunas de sus mejores frases; aunque todas son dignas de atención, me llamó la atención esta: “Mucha gente usa las redes no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en sus zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz”. A primera vista uno reconoce la textura del tópico soltado en mitad de una entrevista que no avanza, y es posible que Bauman se limitase a advertir que se puede hacer un mal uso de las redes sociales, como se puede hacer un mal uso de la sal, el ejercicio, los ocios amorosos o del código circulatorio. Una lectura tan incontestable como banal que solo amerita la selección si se considera que el profesor está señalando (si bien de manera tímida) una “peligrosa tendencia”: el cierre de la sociedad, su embozamiento; que las redes sociales están poco aireadas, que allí siempre acuden los mismos para unirse a legiones (¡o jaurías!) disciplinadas, y regodearse en una interminable matraca sobre lo suyo. La frase, en definitiva, viene a coincidir con un mantra crítico: que las redes sociales en lugar de propiciar un diálogo o debate entre puntos de vista contrastados propicia espacios homogéneos, donde todos los usuarios estarían de acuerdo y vienen a darse la razón.

La trola de la homogeneidadLo que sorprende de este argumento (que no tengo manera de cuantificar) es el empleo impreciso, por no decir ingenuo, que se hace de la dichosa homogeneidad. Si atendemos unos segundos a los seres humanos, con independencia del tiempo que pasan conectados o desconectados, advertiremos enseguida que se son un hojaldre de intereses, capaz de desenvolverse en varias funciones (a veces contradictorias) y que, para complicar el asunto, se alteran con el tiempo. Según escojamos un criterio (una función, un interés) para medir la mayor o menor homogeneidad de un espacio nos saldrán resultados opuestos. Recurro a mi experiencia con un ejemplo fácil de trasladar a la de cualquier lector: ¿qué entorno era más homogéneo: el instituto o la Universidad?

La respuesta requiere de una explicación, no puede calcularse según unas medidas aceptadas y previamente establecidas. Si nos fiamos del criterio socio-económico el instituto era más homogéneo: un centro concertado en un barrio obrero cuyos alumnos estaban cortados por un patrón de ingresos familiares bastante similar; mientras que en la Universidad se mezclaban desde riquísimos hijos de empresarios hasta muchachos que trabajaban ocho horas (ya no para pagarse los estudios sino para sostener a sus familias). Pero si el criterio son los intereses intelectuales no hay duda de que la Universidad era de largo el espacio más homogéneo: en el instituto necesitaba imponer la conversación para expresar mis intereses (sin apenas complicidad), mientras que en la Universidad me iban saliendo al paso muchachos entregados a los mimos gustos. A poco que lo planteemos en términos complejos (los de la vida) medir la homogeneidad sin especificar el criterio (o imponiendo uno) suena un poco capcioso.

Si ahora nos vamos al TL de Twitter la presunta homogeneización depende de nuevo del criterio con el que decidamos medirlo. Aceptemos que cada uno sigue a personas que tienen intereses parecidos o que nos caen simpáticas. La primera salvedad es que los intereses parecidos son, de hecho, muy variados (deportivos, culturales, gastronómicos…) y que pueden llevar a relacionarnos con grupos de gente muy (pero que muy) distinta. Ya solo en el campo cultural las diferencias y matices son mareantes. Por si fuera poco de cada uno de nosotros crecen finos tentáculos mutantes y tentativos, exploraciones de las propias apetencias, que a falta de un nombre mejor podemos englobar en la categoría de curiosidad humana, que como todo el mundo sabe es una facultad agitadísima y muy mudable, que puede llegar a interesarse por asuntos que no acepta del todo o que incluso le disgustan. Este diagrama de flujo de intereses y curiosidades se despliega gracias a las redes sobre un espacio geográfico mucho más amplio que para el hombre desconectado: llegamos a encontrar cómplices o adversarios a continentes de distancia (donde la misma actividad, escribir en la prensa, por ejemplo, se colorea de particularidades locales). Y también abarca rangos de edad muy amplios: sigo y me siguen personas de 70 años y jóvenes que acaban de cumplir los 20. De manera que si cada usuario es una especie de atalaya desde donde divisar panorámicas personales (pero también representativas del sitio y de la edad desde donde se emiten) la cantidad de puntos de vista que ofrece Twitter es variada y enriquecedora.

Presiento dos objeciones que progresan contra estos argumentos a toda velocidad. La primera vendría a decir que todo esto está muy bien y es muy bonito, pero considerando que el espectro socio-económico de una sociedad va desde Amancio Ortega hasta la persona que la semana que viene se morirá de hambre en la calle, ¿no es algo risible la muestra de nuestro TL? Igual sí, pero de nuevo la pregunta es capciosa, porque de lo que aquí se trata no es tanto de comparar la variedad de nuestro TL con las vertiginosas profundidades del mundo, sino de la capacidad de ver y escuchar a los otros, ahora que estamos conectados, en contraste con lo que ocurría sin conexión. Y cuesta Dios y ayuda convencerse de que antes de participar en las redes sociales compartíamos alegremente el espacio y el tiempo con personas de otra ideología, de intereses variados a los nuestros, con la que daba gusto estar en desacuerdo con todo, recorriendo como Pedro por su casa el amplio espectro de las rentas y los ingresos…

La trola es tan descarada que suele esconderse debajo de la alfombra, por eso conviene insistir: la porción de mundo a la que accede una persona sin conexión es mucho más reducida. Ampliarla costaba mucho más (¿recuerdan a los adultos que se jactaban de leer dos periódicos para “ver más”? ¡Dos periódicos! ¡Y eran una anomalía!) mientras que ahora el esfuerzo pasa por jerarquizar la cantidad de mundo que se nos viene encima (el internauta más despistado sabe lo que opina cada cabecera de cualquier asunto). Uno de los fenómenos más inquietantes e inevitables del futuro llegará el día que no existan personas con una vivencia personal de lo lento que se “aprendía” el mundo (incluida la realidad más cercana), y las mentalidades que lo habitan, en una sociedad sin redes sociales.

La segunda objeción vendría a decir que lo de los intereses artísticos y las curiosidades sociales está muy bien, pero lo verdaderamente importante son las filiaciones políticas, que es aquí (donde se deciden las elecciones y el reparto del poder) donde se ha producido el enroque. Pero si ustedes son usuarios de Twitter pueden hacer memoria del conflicto político más cercano o por el que se hayan interesado más, sería realmente sorprendente que en las series de retuits que pululan por su TL no les salpicasen las opiniones ajenas, que no se interesase usted por perspectivas contrarias, que éstas no se abriesen en matices y contradicciones, en definitiva, que Twitter no le permitiese un acceso casi vivo (de pensamiento expresado en directo) a una variadísima gama de abordar el caso: desde la sutil hasta la cafre, desde lo intolerable hasta lo atendible, lo que nos afirma y lo que nos hace dudar. En mi caso particular, Twitter se convirtió en la radiografía móvil de las diversas perspectivas intelectuales, emocionales (e incluso artísticas) que removía el llamado procés. Una cantera de información de valor incalculable.

El profesor Bauman ya no está entre nosotros para precisar si hablaba en serio o se dejaba llevar por el catastrofismo ambiental. En cualquier caso, no me parece que la supuesta homegeneidad de las redes sociales merezca seriamente la consideración de amenaza.

Gonzalo Torné es crítico literario y novelista. Su última obra es Años felices (Anagrama).

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