La tumba del hermano

Por Suso de Toro, escritor (EL PAÍS, 29/04/06):

“¿Quién sabe dónde?” preguntaba aquel programa de televisión al que acudían quienes buscaban a familiares desconocidos o desaparecidos. Las búsquedas más conmovedoras eran las de quien había crecido en hospicios o había sido adoptado y desconocía a su madre, a su padre. Necesitaba conocer, para poder querer, u odiar. Esas personas no lloraban una pérdida, sino que estaban torturadas por la falta, por el hueco de lo que nunca hubo. Y ese vacío infectaba toda su vida adulta. Su vida social y familiar era una simulación, ruido para ahogar un desgarrado grito silencioso.

Nuestro sistema nervioso tiene una raíz oculta, o una antena, que nos conecta al pasado, un filamento que nos conecta con la especie. Dicho de modo más personal y real, nos conecta a nuestros muertos. Y ellos nos transmiten sus humores, de allí nos llegan mensajes a los vivos.

Se trata de la especie y de los especímenes que somos, seres humanos. Una especie que nació de caminar erguida, de sujetar con el pulgar, de crear herramientas para conseguir proteínas, eso facilitó el desarrollo cerebral. Y así nuestros antecesores desarrollaron lenguaje articulado y lo que llamamos conciencia. El carbono 14 nos permite datar el inicio de tecnologías como el tallar piedra y encender fuego; los enterramientos de miembros del grupo nos permiten datar el inicio de la conciencia. Enterrar a los muertos, tenerles respeto, venerar su memoria o denostarlos es uno de los signos fundamentales de lo humano. Dialogar con el pasado a través de nuestros muertos es un signo del “homo sapiens sapiens” que somos.

La muerte es el gran misterio, fuente última de toda religión, sistema de pensamiento y de valores. La ignorancia fingida o forzada de la muerte es una forma de alienación pura; bien contemporánea. Vivir fingiendo el olvido u olvidando realmente el pasado conduce a la locura. Nos salvan una y otra vez las llamadas de los muertos que están mal enterrados y que se nos aparecen y aparecerán hasta que les demos lo que nos piden.

Están aquí y seguirán estando las víctimas de la Guerra Civil que no pudieron ser despedidas por los suyos, que fueron ofendidas en su muerte y también después con su insultante ocultamiento. Y nos piden que las despidamos para que puedan irse, nos piden que les digamos adiós. Quieren una despedida. ¿Habrá un rito oficiado por los obispos españoles? En aquel momento los obispos alentaron y bendijeron la “Cruzada”, participaron en la represión y colgaron en los costados de las iglesias cruces conmemorando solamente a los vencedores. ¿Se arrepentirán sus sucesores?, ¿conmemorarán a todos los muertos? Seguramente no, tendrá que ser un rito oficiado por civiles, aunque sea un rito sacro; pero habrá que hacerlo.

Habrá que sacar de infames agujeros a los sin paz para poderlos enterrar luego, para que descansen. A los que fueron ocultados bajo tierra indignamente debemos “darles tierra”. Las sombras de los que fueron insultados en el momento de morir deben oír palabras agradecidas que les den paz al fin. Porque esos muertos condenados al olvido merecen nuestra gratitud, ellos fueron los sacrificados para impedir que tuviésemos lo que ahora tenemos, a ellos les debemos todo.

La República fue un fracaso político, pero nació de otro fracaso político mayor, la Monarquía de Alfonso XIII. La República fue un fracaso de la política institucional, incapaz de someter a su enemiga, la derecha conspiradora y golpista. Fracasó también porque las fuerzas verdaderamente republicanas apenas tenían base social, la mayoría de sus defensores pensaban que era un tránsito a otra cosa. La falta de sentido táctico de la presidencia de la República y de autoridad del Gobierno fueron la causa menos importante del fracaso.

No era un programa político y social equivocado o injusto, simplemente fue imposible entonces. Pero el programa republicano es el modelo esencialmente recogido en la Constitución vigente, aunque tenga forma de monarquía constitucional. En España los demócratas son hijos de la II República, y también de la I, y quien niega esto es porque no tiene detrás tradición democrática alguna. Nuestra democracia es posible gracias a quienes conservaron y transmitieron la memoria de la República y de sus defensores; nuestra democracia nace de aquellos derrotados, son nuestros padres fundadores.

Pero una parte del cementerio sigue combatiendo a la otra. Entonces los vencedores asesinaron a los vencidos, fueron aniquilados de modo sistemático y negada su memoria. Los asesinos murieron tranquilamente en sus camas. Como si no bastase, hoy aquellos que creen ser leales a la memoria de los vencedores siguen negándoles el respeto a sus víctimas, les niegan la reivindicación a los derrotados y la dignidad a sus muertos, a aquellos a quienes les debemos tanto.

Es justo que al fin haya un Año de la Memoria. Durante años, Antígona, la veladora de la memoria, ha permanecido a las puertas de la ciudad guardando el cadáver de su hermano. Hasta ahora ha prevalecido la prudencia de su hermana, “piensa qué muerte infame tendremos si, despreciando la ley, desobedecemos la orden y el poder del tirano”. Pero es hora de que esos huesos mal enterrados que siguen ahí pidiéndonos respeto tengan descanso y nos lo den así a todos. Hora de enterrar piadosamente el cuerpo del hermano, de reconciliarnos con nuestros muertos. Con nuestro pasado.

Si no lo hacemos, dejaremos de ser “homo sapiens sapiens”, poseídos por una enfermedad que nos vacía, que nos hace dejar de ser humanos.