La «uberización» del Mundo

Las agresiones de los conductores de taxi parisinos a los conductores independientes de Uber y sus clientes, ocurridas la semana pasada y seguidas de una huelga que ha paralizado la capital francesa, confirman, dos siglos después, una observación de Alexis de Tocqueville: «Cuando se enfrentan a un cambio, los franceses no hacen reformas, sino la revolución».

En Estados Unidos y varias capitales europeas han tenido lugar incidentes comparables, pero solamente en París el enfrentamiento ha adoptado un cariz violento de índole revolucionaria. El método de los taxistas parisinos es, por supuesto, condenable, pero su intuición angustiada me parece que tiene razón de ser: Uber presagia, como Airbnb en el ámbito de la hostelería, una metamorfosis profunda de la economía, comparable a los primeros tiempos de la revolución industrial, cuando los artesanos textiles de Gran Bretaña, al sospechar que su profesión acabaría destruida por las nuevas máquinas tejedoras, se rebelaron, aunque en vano: en 1811, los luditas de Nottinghamshire fueron diezmados por la Policía y aún más por la innovación técnica, igual que los tejedores de Lyon en 1830, que destruyeron las nuevas máquinas tejedoras. Los anti-Uber de hoy son los luditas ingleses y los tejedores franceses de ayer, a las puertas de una transformación comparable. Pero estas dos revoluciones industriales, con dos siglos de diferencia, se basan en principios inversos. La primera convirtió a los artesanos independientes del textil en obreros de las grandes fábricas capitalistas. Uber, Airbnb y las nuevas aplicaciones que adoptan esa misma forma de explotación destruyen la economía de las fábricas y restauran el artesanado. Los conductores de Uber son emprendedores independientes que deciden si vincularse o no, según les convenga, a una red abierta. Lo mismo pude decirse de los propietarios que deciden alquilar temporalmente o no su vivienda a visitantes en tránsito: Airbnb permite que el capital fructifique en los intersticios donde se encontraba latente.

Como toda revolución económica, la uberización solamente triunfa gracias a la conjunción de dos fenómenos: la existencia de un hueco en el mercado que las «fábricas» no llenaban, combinada con un avance tecnológico, en este caso una nueva aplicación de internet. La conjunción permite satisfacer la demanda de los consumidores a mejor precio y con mejor calidad. La industrialización del sector textil, gracias a las nuevas máquinas, permitió que todo el mundo se vistiese decentemente. En un contexto más contemporáneo y menos dramático, nacía Uber en París en 2009, cuando sus fundadores, procedentes de San Francisco, se vieron incapaces de encontrar un taxi al salir de un salón tecnológico llamado Le Web… Airbnb nacía de la misma forma en San Francisco, después de que los asistentes a un congreso (en 2008) no lograsen encontrar un hotel donde alojarse.

Esta revolución económica que comienza es también una revolución social: resulta más fácil convertirse en emprendedor que en asalariado, al menos en el sector de los servicios, que representa dos tercios de los puestos de trabajo de los países desarrollados. Pero es fácil ver que esta revolución económica, técnica y social también va a afectar, poco a poco, a la producción industrial: las impresoras en tres dimensiones (impresoras 3D) ya permiten a los emprendedores individuales fabricar objetos cada vez más complejos sin salir de casa.

La transformación, sin duda histórica, a la que asistimos confirma un modo de funcionamiento muy conocido por los economistas que Joseph Schumpeter, en 1940, denominó «destrucción creadora»: el progreso pasa por la destrucción de lo antiguo, lo que también provoca víctimas. No todas esas víctimas son inocentes: por lo que atañe a los taxis parisinos, casi la totalidad pertenece a un monopolio privado que vive de las rentas desde hace medio siglo y no hace ningún esfuerzo por mejorar su servicio. Otras víctimas merecen ayuda y compasión porque, como los tejedores de Lyon, se ven arrastradas por una avalancha técnica que no podían prever. Es aquí donde el Estado debe intervenir para apoyar a los parados, contribuir a su reconversión, animarlos a convertirse a su vez en emprendedores autónomos.

Por desgracia, no es este el camino que han tomado los gobiernos europeos: el presidente francés, François Hollande, en una declaración torpe cuyo secreto solo él conoce, ha declarado que había que «prohibir Uber, y luego ilegalizarlo». En un Estado de Derecho, la secuencia sería la contraria: la ilegalidad precede a la prohibición. Y, lo que es peor aún, la Policía francesa, obedeciendo órdenes, ha encarcelado a dos dirigentes franceses de Uber para «interrogarlos». ¿Sobre qué? Putinismo puro y duro. También en California, a causa de la presión de los sindicatos, los magistrados han considerado que los conductores independientes de Uber deben ser tratados como empleados, lo que destruiría el modelo económico de la plataforma. Hay muchos combates en la retaguardia de carácter ludita. Al final, «el mercado decide», es decir, los consumidores, no los jueces ni los gobiernos. Algunos se quejarán de este nuevo avance del liberalismo, este nuevo retroceso del Estado, este progreso material, la desaparición del antiguo mundo: están en su derecho, pero el recurso a la violencia no es un derecho y la revolución jamás es otra cosa que una muestra de impotencia. Es lo que quería decir Tocqueville.

Guy Sorman

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