La UE en Líbano: luces y sombras

Por Yezid Sayigh, profesor de Estudios de Oriente Medio en el King´s College de Londres. Traducción: Juan Gabriel López Guix (LA VANGUARDIA, 15/09/06):

La decisión de la UE de enviar un importante contingente de soldados a la fuerza de la ONU que se está desplegando en Líbano nada más concluir la última guerra ofrece oportunidades, pero también riesgos. En el lado positivo, la misión de la ONU constituye para la UE la oportunidad de estabilizar la situación de la seguridad en Líbano y reforzar su papel político y diplomático en todo el Oriente Medio. Se trata de algo especialmente importante, dada la pérdida de credibilidad e influencia europea desde su integración en el Cuarteto en el 2002 y la posterior adopción de la hoja de ruta para Oriente Medio patrocinada por Estados Unidos: el Cuarteto se vio marginado por EE. UU., que lo utilizó para neutralizar la diplomacia independiente europea, mientras que la hoja de ruta nació muerta y sigue sin resucitar. Además, si la UE desempeña con éxito su tarea en Líbano – es decir, refuerza los diversos elementos de la resolución 1701 del Consejo de Seguridad sin verse arrastrada a choques armados y se convierte en protagonista en un lado u otro-, habrá logrado paliar en gran medida el daño causado por la implicación militar de varios de sus países miembros en la ocupación de Iraq dirigida por EE. UU.

Sin embargo, hay también riesgos. El menor no es la frustración de las expectativas: en primer lugar, en la propia UE, entre quienes deciden y entre la propia ciudadanía; en segundo lugar, en Líbano y Oriente Medio en general. La decepción se producirá en toda la región si al final laUEno quiere o no puede aprovechar el éxito en Líbano para enfrentarse a otros conflictos y contenciosos. No menos importante es la esperanza, alimentada por la inesperada – y no por ello peor acogida- energía mostrada en relación con Líbano, de que la UE tenga el coraje de proseguir con una diplomacia activa en el conflicto palestino-israelí. Los obstáculos son evidentes: no sólo el sesgo del Gobierno estadounidense y su manifiesta falta de interés en invertir un capital político serio para relanzar el proceso de paz palestino-israelí, sino también la creciente posibilidad – de hecho, casi la realidad- de una guerra civil en Iraq, lo cual desviará inevitablemente la atención y los recursos de la UE y disminuirá la repercusión de los beneficios o el predicamento que pudiera obtener como resultado de su papel en Líbano.

Los ciudadanos europeos también pueden quedar decepcionados si la misión de la ONU se ve envuelta en problemas en el Líbano y los actores locales la perciben con suspicacia u hostilidad. La consecuencia sería una falta de disposición pública a apoyar un mayor protagonismo diplomático, lo que reduciría la capacidad de la UE para desarrollar y extender su iniciativa diplomática en otros lugares de la región. Ello influiría negativamente en el próximo viaje del comisionado de Política Exterior europeo, Javier Solana. Muchas cosas dependen de cómo le vaya a la fuerza de la ONU en Líbano, cuyo núcleo político y militar es europeo. Las perspectivas inmediatas son esperanzadoras, pero es muy posible que aparezcan graves problemas si los principales actores de la resolución 1701 (el Gobierno estadounidense, Francia y la UE de modo más general) no logran lanzar una iniciativa diplomática orientada a abordar los contenciosos causa de enfrentamiento entre Israel, Siria y Líbano. La UE debe presionar a los principales actores para que inicien debates sobre las granjas de Chebaa reclamadas por Líbano y sobre los altos del Golán sirios, dos territorios capturados por Israel en junio de 1967. De otro modo, la reciente resolución de la ONU relativa al alto el fuego no hará más que suspender el statu quo, sin poner fin ni reducir el riesgo de una reanudación de las hostilidades entre Israel y Hezbollah. A diferencia de esta última guerra, la próxima podría arrastrar también a Siria y es posible que también dé lugar a un intercambio estratégico entre Israel e Irán.

A corto plazo, es improbable que la fuerza de la ONU se vea desafiada por Hezbollah ni tampoco por Siria. La aplicación del embargo de armas ordenado por la ONU podría ser motivo de conflicto entre el primer ministro libanés, Fuad Siniora, y la alianza política antisiria Marcha del 14 de Marzo a la que pertenece, y Hezbollah. Si no se maneja con éxito este asunto, podría debilitar la misión de la ONU y alimentar las tensiones confesionales en el interior de Líbano. Ahora bien, da la impresión de que a Hezbollah le interesa evitar una ruptura abierta con el Gobierno, quizá porque es consciente de sus límites o de los de Siria e Irán para desafiar la resolución 1701.

El tema más susceptible de originar tensión es el desarme de Hezbollah. Pero es evidente que la UE ha aceptado la fórmula alcanzada por el Gobierno libanés para permitir a Hezbollah conservar una presencia armada invisible en el sur de Líbano y retener lo que quede de su equipo y sus armas estén donde estén. Evitar un choque resulta factible a la vista del reconocimiento israelí de que Hezbollah no puede ser desarmado completa ni inmediatamente, ni siquiera en el sur. El compromiso libanés sobre desarme viola la resolución 1701, pero, consciente de la fragilidad del Gobierno libanés y la vulnerabilidad de Siniora, la secretaria de Estado estadounidense. Condoleezza Rice, ha permitido que el tema deje de ser una prioridad, razonando que, “ante todo, hay que tener un plan para el desarme de la milicia, y luego es de esperar que algunos abandonen las armas de modo voluntario”.

El otro riesgo potencial que corren la misión de laONU y la estabilidad libanesa a corto plazo es la amenaza siria de responder al despliegue de soldados internacionales a lo largo de la frontera común cerrándola, como hizo en reacción a la revolución de los cedros que desembocó en la expulsión de sus tropas de Líbano en abril del 2005. Ello bloquearía todo el comercio terrestre libanés e impediría la recuperación económica. Dado el continuado bloqueo aéreo y marítimo israelí, que no es probable que se levante hasta que la ONU sea capaz de vigilar los puertos libaneses y el aeropuerto internacional, el resultado será impedir la llegada de la ayuda y la reconstrucción. Siniora podría responder impidiendo la entrada de los cientos de miles de sirios que trabajan en Líbano, con lo que reduciría el flujo de una divisa fuerte hacia la apurada economía siria y exacerbaría su problema de desempleo. Sin embargo, actuando de este modo paralizaría los sectores de la economía libanesa que dependen de la mano de obra barata procedente de su vecino, además de granjearse la fuerte oposición de los aliados políticos de Siria en el país.

Cabe hablar del escenario a medio plazo, las elecciones presidenciales. Como en el tema del desarme de Hezbollah, lo más probable es que Siria evite un enfrentamiento político directo con la ONU o el Gobierno libanés. Siria ha declarado que cumplirá el embargo de armas sobre Hezbollah, aunque sigue oponiéndose a un despliegue de la ONU a lo largo de la frontera común. En última instancia, podría alcanzarse un acuerdo que permita que los observadores de la ONU vigilen los pasos fronterizos o al menos realicen visitas ocasionales de inspección con ayuda del reconocimiento aéreo o de imágenes de satélite que pueden ser suministradas por Estados Unidos o por la Unión Europea.

No obstante, la resolución del problema fronterizo no eliminará el riesgo más importante: que la fuerza de la ONU se vea envuelta en unas tensiones políticas y unos desafíos a la seguridad crecientes cuando se aproximen las elecciones presidenciales previstas para dentro de un año, en septiembre del 2007. La inminencia de las elecciones hará que entren en juego todas las divisiones políticas y confesionales libanesas que fermentan ininterrumpidamente desde el asesinato del primer ministro Rafiq al Hariri, ocurrido en febrero del 2005 en unas circunstancias que apuntan a una responsabilidad siria.

En estas circunstancias, son muchas las cosas que dependen del comportamiento de actores externos como Israel, Estados Unidos y, cada vez más, la Unión Europea, dado su peso en la fuerza de paz enviada por las Naciones Unidas a Líbano. Sin embargo, el actor que más se juega en el resultado final es Siria, cuya menor razón no es el deseo de su presidente Bashar el Assad de desviar la investigación internacional sobre el asesinato de al Hariri.

Siria, en efecto, busca recobrar influencia sobre la política exterior y de seguridad de Líbano, incluso una vuelta plena a ese país, y desafía la resolución 1701 en gran medida debido a la negativa estadounidense a entablar contactos diplomáticos con ella.

El actual presidente libanés, Émile Lahud, es considerado como un títere sirio por la Alianza del 14 de Marzo, que sospecha de su complicidad en el asesinato de Al Hariri. A pesar de la reducción de poderes presidenciales establecida en el acuerdo de Taif, que puso fin en 1989 a quince años de guerra civil, Lahud conserva unos poderes considerables y ha bloqueado en repetidas ocasiones las iniciativas del Gobierno encabezado por Siniora. Lahud es, además, aliado de Hezbollah, como también lo es su sucesor más probable, el antiguo jefe del ejército y ex presidente Michel Aun. De modo que en las elecciones todos los partidos se jugarán bazas vitales, con la consiguiente posibilidad de una fuerte polarización política dentro del país.

El riesgo es que la fuerza de las Naciones Unidas acabe convertida en objetivo si uno u otro actor libanés – o agentes sirios- ponen a prueba su determinación o amenazan con reanudar la resistencia contra Israel como forma de ganar influencia en el ámbito nacional. En 1983, Estados Unidos transformó precipitadamente la fuerza multinacional que supuestamente debía supervisar la retirada israelí de Líbano en un actor partidista en el desarrollo de la guerra civil libanesa y convirtió a ese contingente en blanco de unos atentados suicidas masivos que ocasionaron la muerte de 250 marines estadounidenses y 58 soldados franceses. Las esperanzas europeas de desempeñar un importante papel diplomático y estratégico en Oriente Medio no sobrevivirían a un golpe así.

En cuanto a la cuestión de la diplomacia regional como estrategia de salida, cabe añadir que la fuerza de las Naciones Unidas corre el riesgo de verse atrapada en una trampa: no puede abandonar Líbano mientras Hezbollah no haya sido desarmado, porque entonces sería cuestión de tiempo la reanudación de la lucha entre Hezbollah e Israel; ahora bien, permanecer indefinidamente incrementa la probabilidad de verse arrastrada a los juegos de poder que implican a diversos partidos libaneses y Siria. La estrategia de salida alternativa sería iniciar un proceso diplomático que involucrara a Israel, Siria y Líbano para discutir bajo el paraguas de las Naciones Unidas acerca de las granjas de Chebaa y los altos del Golán. Con la dura batalla política que se cierne sobre Líbano y en la que Siria intervendrá de modo inevitable política y encubiertamente, la Unión Europea cuenta con un plazo limitado para realizar ese esfuerzo.