La UE resiste

Después de los sustos que nos dieron los británicos con el Brexit y de la elección de Trump, muchos empezamos a temer que el mundo -y en especial Europa- se encontrara retrotraído en más de medio siglo a la situación de la segunda posguerra mundial, no en términos de desolación y pobreza, pero sí de fragmentación y desconcierto. La Gran Recesión y la mediocridad de los políticos han fomentado el crecimiento del populismo y la apatía en amplias capas del electorado europeo. La difusión del sentimiento antisistema amenazaba con rematar a la UE después de la profunda herida que le infligió el portazo británico. Parecía que los vientos nacionalistas, aislacionistas y xenófobos que triunfaron en el ámbito anglosajón se extendieran a la Europa continental: las quintas columnas populistas estaban allí, dispuestas a hacerse con el poder y derribar el edificio de la Unión, que tantos años de esfuerzo y sacrificio había costado.

Tres elecciones iban a poner a prueba los temores de los europeístas en este año: las holandesas, las francesas y las alemanas; en los tres países han aparecido partidos favorables al cierre de fronteras y hostiles a la Unión Europea. Las más amenazadoras eran las dos primeras. En Holanda, el eurófobo Partido de la Libertad, de Geert Wilders, estaba en pleno crecimiento; y, en efecto, alcanzó una cifra récord de sufragios en las pasadas elecciones de marzo, mientras que el partido en el Gobierno perdió votos. Pero, aun así, el liberal Mark Rutte sigue siendo presidente, porque en total el voto pro europeo superó ampliamente al de los populistas. Europa respiró aliviada y contuvo el aliento, igual que tras la primera ronda de las elecciones presidenciales francesas, más decisivas que las holandesas por el tamaño del país, casi cuatro veces mayor que Holanda, y el segundo de la Unión después de Alemania.

En Francia, el Frente Nacional, el partido populista que Marine Le Pen heredó de su padre Jean-Marie, antiguo legionario, paracaidista y golpista durante la guerra de Argelia, tiene fuerte arraigo. Ella suavizó algo el carácter racista y violento del partido, lo cual la llevó a romper con su progenitor, y a ganar votos. El FN actual, con la característica ambigüedad del populismo, consigue apoyos tanto en la derecha como en la izquierda. Profundamente nacionalista, el FN es, además de xenófobo, antieuropeísta y ha prometido que, si gana las presidenciales de mañana, convocará un referéndum para que Francia abandone la Unión.

Ante la descomposición de los partidos tradicionales en Francia -socialistas y gaullistas de diferentes pelajes-, un FN en alza constituye una verdadera amenaza para la UE. Después del Brexit y de Trump, resulta imposible no temer a la amigable Marine Le Pen, en parte precisamente por eso, por su aspecto personal cálido y simpático. La campaña de la segunda vuelta la ha llevado de manera magistral, guiñando a derecha e izquierda. Y no sería la primera vez que el FN diera la sorpresa. En 2002, presidido por el bronco y fanfarrón Jean-Marie, consiguió pasar a la segunda vuelta de las elecciones desbancando al socialista Lionel Jospin que entonces era nada menos que primer ministro; eso sí, el FN fue aplastado al final por Jacques Chirac, cuya victoria se debió más al rechazo a Le Pen que al aprecio de los electores por el candidato gaullista.

En Francia, aún más que en España, están en crisis los partidos tradicionales, lo cual es atribuible a la falta de imaginación y rigor de pensamiento de sus intelectuales, militantes y líderes. Tanto allí como aquí el Partido Socialista está dividido entre un ala continuista, repetidora de viejos eslóganes gastados, y un ala izquierda tampoco muy innovadora, que se refugia en la demagogia y flirtea con el populismo y, si es necesario, con el separatismo regional (esto último es exclusiva Marca España, modelo Sánchez).

El problema del socialismo es que sus objetivos tradicionales han sido alcanzados, porque vivimos en social-democracia, y los socialistas parecen incapaces de hacer el esfuerzo mental necesario para replantearse su papel en una sociedad a la que ellos mismos (más bien sus predecesores) han dado forma. De ahí sus personalismos huecos y su alejamiento de los votantes, que rechazan a unos líderes designados por camarillas y militantes escorados hacia el trotskismo. Los conservadores, por su parte, son víctimas de la corrupción de unos líderes que piensan que, en vista de la crisis de sus rivales, todo el monte es orégano. En estas condiciones, el campo parecía abierto en Francia para el FN, y en parte, lo estaba, como demuestra el alto porcentaje de voto obtenido en la primera vuelta.

Pero no se contaba con la sensatez básica del pueblo francés, de la cual ya dio muestra en 2002 cuando, al grito de “contre le fasciste, votez l’escroc” («contra el fascista, votemos al ladrón»), salió masivamente a apoyar a Chirac contra Le Pen. Ahora en 2017 ni siquiera tienen que votar al ladrón, porque ahí está el honrado reformista liberal desengañado del Partido Socialista. Emmanuel Macron promete algunas cosas que a la izquierda no le gustan nada pero que él sí ha pensado seriamente. Tiene claro el papel que debe desempeñar en una Francia socialdemócrata, aunque necesitada de serias reformas.

Macron fue ministro de Manuel Valls y François Hollande, y dimitió frustrado ante la resistencia del PS a adoptar los modestos retoques que él proponía a los horarios de las tiendas y a los privilegios de los notarios. Deseando llevar a cabo su programa, creó su propio partido, el único claramente europeísta de los que se presentaron a la primera vuelta. Esto revela que Macron es intelectualmente sincero y confía en la racionalidad de los electores, porque para Francia la Unión Europea ha sido una bendición económica y su abandono le resultaría desastroso.

Es casi seguro que Macron será el próximo presidente de la República, y salvará a la UE. Pero no echemos las campanas al vuelo, que quedan por delante tareas muy serias para ambos. Si Macron no lleva a cabo el programa de reformas que ha prometido, los franceses se sentirán defraudados, aunque muchos de ellos, de izquierdas y de derechas, sin duda se opondrán con uñas y dientes al programa que votaron. Así es el ser humano.

Y a la Unión también le queda por delante una batería de reformas profundas, porque los partidarios del Brexit tenían razón en algunas de las críticas que planteaban. La Unión está a medio cocer. Las elecciones alemanas no son una amenaza para la Unión, de modo que puede decirse que la sensatez de holandeses y franceses la ha salvado, y a ellos hay que agradecérselo. Pero esto es sólo el comienzo. Si ahora no nos ponemos a la faena reformista, el salvamento in extremis no habrá servido de nada.

Gabriel Tortella es historiador y economista. Su próximo libro, Capitalismo y revolución, está a punto de aparecer.

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