La UE tiene un elefante en la habitación

Ante la crisis energética e inflacionaria que asola Europa, con serios problemas de suministro de gas en países como Alemania, los países antaño considerados "frugales" han pedido solidaridad al sur de Europa en forma de una reducción del 15% del consumo de gas (7% en España).

Si la situación no fuera dramática, la macabra paradoja podría conducir incluso a la risa. Inevitablemente, a uno le asaltan las dramáticas imágenes vividas hace más de una década con ocasión de la crisis del euro que llevó al borde de la quiebra a la unión monetaria, y de la destrucción social al sur de Europa, dejando un corolario de efectos devastadores.

Mientras los aprendices de brujo recetaban austeridad con efectos presuntamente expansivos (el economista italiano Alberto Alesina argumentó la hipótesis de la austeridad expansiva; cotejada la teoría con la dramática realidad, hasta el FMI tuvo que reconocer el disparate), un jubilado griego que se negaba a buscar comida en la basura, Dimitris Christoulas, se pegó un tiro frente a la plaza Sintagma de Atenas.

Tan crudo, tan indignante, tan real.

Lo que late detrás de la petición de solidaridad de los pretendidos frugales, además de la grosera contradicción, es una realidad objetiva. La UE, más allá de los tratados y del voluntarismo político, tiene enormes costuras.

Para empezar, la inexistencia de dicha unión.

Política energética dispar y absolutamente asimétrica. Realidades económicas y productivas diametralmente opuestas. Y una fantasmagórica autonomía estratégica que no pasa de ser un sintagma de buenas intenciones que nada tiene que ver con la realidad son sólo algunos de los ingredientes que revelan la inexistencia de dicha unión.

El BCE ha anunciado el final de la política heterodoxa de compra de deuda y la subida de los tipos de interés, que parece tendrá continuidad en meses venideros. Algunos aplauden lo que interpretan como el final de las políticas heterodoxas.

Políticas que, violentando los principios profundamente ideológicos recogidos en los tratados, el mismo BCE ha aplicado durante los últimos años, también al principio del inicio de la crisis de la Covid-19, y que vinieron a rectificar las catastróficas recetas de Alesina y compañía.

Con esas recetas se asfixió al sur de Europa echando leña al fuego de una crisis financiera que en la UE tuvo unas características específicas, relacionadas con su diseño y estructura.

La UE tiene una estructura asimétrica, con un centro y una periferia. Aunque se quiera observar en el BCE una institución federal, lo cierto es que se trata de un Banco Central sui generis. No lo es de una nación concreta, sino de diecinueve con realidades económicas totalmente dispares.

¿Cómo van a comportarse los mercados? No lo sabemos exactamente, aunque el fantasma de la prima de riesgo vuelve a hacer aparición.

Como bien explica el economista Juan Francisco Martín Seco, el comportamiento tan dispar respecto a países y el indicador de la prima de riesgo revela en el fondo una debilidad, una anomalía estructural, de la unión:

–En una verdadera unión económica, las primas de riesgo no deberían existir. Se supone que el riesgo de invertir en deuda pública de cada uno de los países tendría que ser el mismo ya que, al estar nominadas todas ellas en idéntica moneda, está ausente el riesgo de cambio y porque, además, no hay razón para que haya peligro de insolvencia de ninguno de los miembros, a no ser que la Eurozona se fraccionase. En el fondo, lo que mide la prima de riesgo es el grado de credibilidad de la moneda única, la probabilidad de que la Unión Monetaria se rompa. Cuanto mayor sea la divergencia entre los países, mayor será la prima de riesgo de algunos de ellos. (La República, 23 de junio de 2022)

El aparente abandono de la política heterodoxa del BCE, la compra masiva de deuda, no debe ocultar el desequilibrio estructural de la Unión Europea y de la moneda única.

Como algunos economistas se atrevieron a denunciar en solitario, entre ellos el citado Martín Seco a cargo del programa económico de la IU de Julio Anguita contra Maastricht, o el Premio Nobel Joseph Stiglitz, el euro está mal diseñado.

Porque una unión monetaria no puede funcionar sin integración política, fiscal o presupuestaria. Los desequilibrios en los stocks de deuda pública no se deben a la existencia de gobernantes manirrotos en el sur frente al comportamiento eficiente y austero del norte (¿cómo explicar entonces el caos energético que estamos constatando en los frugales?) sino en el propio diseño de la unión, disfuncional y carente de equilibrio o integración.

El euro se construyó contra toda lógica económica. Las variaciones entre los valores de las monedas que se trataban de unificar eran enormes, razón por la cual era fácil suponer las dificultades para mantener las cotizaciones fijas durante mucho tiempo después de la integración sin crear desajustes y graves daños en las economías de los países del sur periférico.

Ya el antecedente de la Unión Monetaria, el Sistema Monetario Europeo, se saldó con un colosal fracaso allá por 1989. La propia Unión Europea se vio obligada a rectificar el sistema y ampliar las bandas de fluctuación entre las monedas del +– 2,5% al +– 15%, dejándolas en la práctica en libre flotación.

La Unión Europea incorporó en Maastricht una serie de principios que consagraban el hegemónico fundamentalismo de mercado. Sin embargo, la ideología, incluso cuando deviene en hechicería en manos de dogmáticos extremos, no puede suplantar a la realidad. Como unos pocos economistas valientes denunciaron, la UE no constituía ni constituye una zona monetaria óptica.

Más allá de la integración comercial, la libre circulación de personas no ha pasado de mantra vacío de contenido y ha quedado subordinada y circunscrita a la libre circulación de capitales.

La inexistencia de una integración fiscal y presupuestaria constituye el principal déficit que impide la existencia de mecanismos de corrección de las distorsiones que provoca una unión monetaria entre realidades económicas tan dispares. La pertenencia a la Unión Monetaria permitió el endeudamiento de unos países y los préstamos de otros, generando enormes desequilibrios en las balanzas de pagos por cuenta corrientes (déficits y superávits).

Si algo ha salvado al euro después del desastre de la austeridad expansiva, ha sido la política heterodoxa de mutualización de la deuda practicada por el BCE. En la actual crisis inflacionaria, parece que dicha política empieza a decaer y se vislumbra un cambio de rumbo.

Por lo demás, la UE sigue exhibiendo una notoria tensión entre el norte y el sur. Véase el infame comportamiento de Países Bajos dando lecciones en plena pandemia.

El presupuesto comunitario es ridículo y todo conato de armonización fiscal que bloquee la deslocalización del capital entre Estados se niega tajantemente por los halcones. Se admiten paraísos fiscales de facto y se nos siguen vendiendo las ventajas de la competencia fiscal a la baja entre los mismos, aunque la única intención explícita de los fundamentalistas de mercado es terminar por sepultar el maltrecho Estado social.

La mayor parte de las políticas laborales o las referentes al modelo productivo, además, aparecen constreñidas por los imperativos comunitarios. Los mismos que obligaron a constitucionalizar en el artículo 135 de nuestra Carta Magna el pago preferente de los intereses de la deuda respecto a cualquier gasto social.

Los fondos estructurales, los fondos de cohesión y los tan cacareados fondos de recuperación vienen aparejados a una condicionalidad que supondrá engordar nuestros déficits estructurales en competitividad: no abandonar la senda de la desregulación laboral ni de la devaluación interna como únicos mecanismos de competencia para un sur periférico y desindustrializado.

A pesar de presentarse como mecanismos de solidaridad, esos fondos siguen arrastrando la estela de la condicionalidad y están a años luz de un programa de redistribución real, que sería el propio de una unión fiscal y presupuestaria que a Alemania, Países Bajos y Austria, entre otros, nunca les ha interesado.

Ahora que los frugales insolidarios exigen solidaridad a los PIGS (esa denominación tan solidaria) ante el desastre energético comunitario de los otrora considerados ejemplos de responsable austeridad y previsión, la Unión Europea vuelve a exhibir sus costuras.

Ahora que el BCE sube los tipos de interés y los halcones amenazan con un nuevo programa de ajustes, tal vez convenga poner la mirada en el elefante que habita en la habitación comunitaria. ¿Es viable una moneda común sin una integración política real, con tantos y tan agudos desequilibrios?

Guillermo del Valle es abogado y director de El Jacobino.

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