La última carta de amor

Mi juventud literaria fueron, sobre todo, tres poetas. Conocí a Antonio Machado cuando el amigo escritor que tuve la suerte de encontrar junto a mis padres, Pedro de Lorenzo, tan historia de este diario, me regaló una modesta edición de Campos de Castilla, con una sobrecubierta de plexiglás y esta dedicatoria: «El autor de este libro se llamaba Antonio, como tú. Fue un hombre bueno: escribió, amó, padeció. Para mí es el mejor lírico de nuestro siglo. Tu amigo, Pedro». Yo era poco más que un niño. Machado estaba mejor valorado entonces que ahora, pero aún disfruto con aquel libro austero donde el «amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario» era la sola, tímida, confesión sentimental del poeta. En La realidad y el deseo, Luis Cernuda mostraba, en cambio, lo que escondía el candor de Machado. La complejidad de la vida, la trama del olvido, el lado oscuro de ese amor con espinas, como los erizos, que los hombres inventaron un día que sintieron frío y quisieron compartirlo. El tercer poeta fue Pedro Salinas. En La voz a ti debida los versos eran tan simples y certeros, tan conducidos por la lógica hasta el centro del corazón, que creí que cualquiera podría replicarlos con solo mirar fijo a los ojos de las palabras. Cuánta inocencia. Luego aprendí, por sus cartas, que para Salinas el amor era «poder localizar lo abstracto»; es decir, «localizar en un ser, en un nombre, en una vida, dentro de los límites de un rostro y un cuerpo todo un mundo de abstracciones y anhelos, de espacios infinitos e irrealidades sin medida». Así lo leía yo a mis veinte años.

Tardé otros veinte en saber que aquellas irrealidades sin medida de Salinas venían de proyectarse en un cuerpo de mujer, el de Katherine Withmore. Su alumna de literatura española el verano de 1932 en la Residencia de Estudiantes. Todos tardamos en saberlo. Los versos geométricos, como si el amor fuera redondo y las palabras las trazara un compás, no eran una invención literaria, sino la pasión amaestrada por el oficio de poeta. Cuando en 1979 Katherine legó a la Houghton Library de Harvard 354 de las cartas que Pedro Salinas le escribió durante quince años para que pudieran publicarse después de su muerte, en 1982, no solo nos descubrió las claves humanas de La voz a ti debida, Razón de amor o Largolamento, sino que nos mostró –pocas veces podemos verla así– una historia de amor obsesiva y punzante, ya sabemos, como los erizos. No se trata de comprender por qué Salinas nunca renunció a su esposa, o cómo Katherine necesitó del intento de suicidio de Margarita, al descubrir su relación, para alterar el ritmo de las cartas diarias y casarse con otro buen hombre. Probablemente, tampoco ellos entendieron bien todo lo que hicieron y no hicieron. Las cartas de Pedro Salinas son un ejemplo perturbador de la insignificancia de nuestros sentimientos cuando quedan, como una hilera de hormigas cruzando el camino, a la vista del espectador distante y desapasionado.

No tenemos las cartas de Katherine, pero sí el testimonio de su último encuentro. Lo cuenta ella misma al legar sus cartas. Fue en la primavera de 1951, en el Smith College de Northampton, su universidad, adonde Pedro fue a dar una conferencia. Allí pudieron verse unos minutos. Katherine, que albergaba la esperanza de que él llegara a entender por qué rompió, se lo preguntó directamente: «¿No entiendes por qué tuvo que ser así? Me miró con tristeza y contestó: “No, la verdad es que no. Otra mujer en tu lugar se habría considerado muy afortunada”». Eso, querido Pedro, es sin duda cierto, pero yo no soy más que lo que soy. Se marchó. Yo no sabía que estaba enfermo y que no volvería a verlo nunca más». Ella debió lamentar el pulso incierto de aquel encuentro e inventó otro, en noviembre del mismo año, donde Pedro se le aparecía mientras ella preparaba unas clases de literatura española sobre su poesía: «Quería verle, tenía que verle para decirle lo mucho que le amaba, cuán grande era mi deuda para con él, cuán fabulosamente había enriquecido mi vida». Pero él no pudo recibir ese mensaje, casi treinta años después de morir el 4 de diciembre de 1951. ¿O sí? Y siempre nos queda la vieja pregunta de Cernuda: ¿adónde va el amor cuando se olvida? Para Cernuda lo importante era saber que la respuesta la da siempre alguien distinto de aquel a quien se pregunta, porque para contestar necesita hacerse otro con los años (el hombre que envejece halla en su mente, en su deseo, vacíos sin encanto, dónde van los amores). No sabemos de qué amor hablaba Katherine cuando, poco antes de reconocer lo mucho que quería a Pedro, glosaba así esa «corporeidad mortal y rosa donde el amor inventa su infinito», el final de La voz a ti debida: «Pedro con su amor y su nostalgia inventó verdaderamente su infinito». Como si su amor no hubiera sido del todo real. ¿Lo es algún amor? Citando otros versos del Cernuda cartógrafo del olvido: el amor, olvido de sí mismo en otro olvido, no muere, somos nosotros los que morimos.

Y de Pedro Salinas tenemos sus cartas, pero no el testimonio de aquel encuentro. En una carta de 1947, la última conservada, pone el dedo en su llaga: «A veces pienso que nuestro amor y nosotros somos cosas diferentes, que nosotros andamos por un lado, y él, por otro». Pero nos falta la carta final, la que debería cerrar el círculo del amor si la vida fuera la huella del compás. Allí donde pudiera decir, tal vez: querida Katherine, sé que piensas en mí aunque hace años apagamos las cartas diarias de nuestro amor en vilo, aquellos trozos de papel cargados de quimeras que pesaban en mí como la más hermosa y grave de las realidades. Sé que crees que me quieres porque un día hicimos juntos los gestos del amor y aún de vez en cuando las sombras dibujan mi rostro en el fondo líquido de tus ojos. Luego, todo se borra y vuelves a las clases, a las cartas y al mundo de los otros. No llega a ser olvido, sino repetición de una ausencia. La ausencia de mí, que tanto te he pensado, ¿recuerdas?, mis celos de no poder yo hacer todo, ser todo a tu lado, ofrecerte desde la mano para salir del coche al alma. ¿Cuándo nos quedamos a solas con la memoria de la palabra y del cuerpo? A solas los dos; y yo más solo. Nunca entendí por qué me dejaste caer. Pensé que era el tiempo que traía cartas más separadas; que gastaba el amor de tus palabras como cantos rodados, puliendo las aristas de tu temor o mi deseo. La suave costumbre de un recuerdo. Y ahora este encuentro cuando ninguno lo esperaba. Tan difícil es estar a la altura de la vida, Katherine, y yo no lo estuve; que mi respuesta no sea la última. Tú, en cambio, supiste devolverme mis versos en el momento justo: yo no puedo darte más. No soy más que lo que soy. ¡Y, ay, cómo quisiera ser una alegría entre todas, una sola, la alegría con que te alegraras tú! Un amor, un amor solo: el amor del que tú te enamorases. Pero no soy más que lo que soy. Levanté frases que serían tuyas tantos años después. No somos más que lo que somos. El amor no se va; nosotros nos vamos de él con el olvido a cuestas y, a veces, sin tan siquiera el olvido. Quiénes somos tú y yo, mi más querida. Quiénes fuimos. Qué será de nosotros. Qué clase de polvo al final seremos.

Por Antonio Hernández-Gil, decano del Colegio de Abogados de Madrid.

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