La última curva que pasé contigo

Es cierto que Zapatero se ha quedado hace tiempo sin relato -en el sentido de que carece de argumentos para defender un proyecto político de forma convincente-, pero en cambio nadie puede negar su buena maña a la hora de relatar lo que le pasa.

Después del cine bélico –remember Pearl Harbor-, ha llegado la película de miedo. Quédense con su descripción del otro día, ante un alucinado Van Rompuy, sobre lo que está ocurriendo en la Eurozona: «La lucha contra esta crisis se asemeja a una sinuosa y estrecha carretera de montaña: apenas hemos dejado atrás la última curva, conjurando el riesgo de derrapar, nos encontramos con el peligro de la curva siguiente».

La metáfora es angustiosamente certera y el lenguaje no puede ser más onomatopéyico. Al escucharle podemos sentir las serpenteantes eses de la carretera «sinuosa» y el chirriar de las erres sobre el asfalto en el momento de «derrapar» al borde del abismo. Lástima que sea él quien nos haya metido en ese coche. Ignoro lo que hará en su ya poco remota nueva vida, pero este hombre, una vez jubilado, no debería tener problemas para ganarse los cuartos como cuentacuentos. Nada que ver con el pedestre Ramón Jáuregui -ese que cuando habla de lo maravilloso que es su «jefe» sólo se refiere a Rubalcaba- que corrigió al presidente diciendo que España todavía está «subiendo la montaña», algo que podrá ser más o menos cansado, pero que no asusta a nadie.

Aunque el viceportavoz no parezca entenderlo, la película de miedo consiste en que nos han empujado desde la cima del déficit que tan alegremente habíamos coronado en la cota del 12% y ahora vamos de culo, cuesta abajo y sin frenos. Cada subasta de letras del Tesoro puede ser el recodo final por el que nos precipitemos hacia el barranco del rescate financiero internacional. Esa será la «última curva».

No sé si el presidente del Consejo Europeo es tan cinéfilo como Zapatero y cuando escuchó su explicación se imaginó a sí mismo compartiendo alguna de las cinco escenas de otras tantas películas en las que con significativa insistencia Alfred Hitchcock recurrió a la fuerza onírica y amedrentadora de un descenso zigzagueante junto al precipicio. Pero, conociendo a Zapatero, estoy seguro de que, en medio de esas pesadillas acentuadas por la música trepidante, los planos vertiginosos y otros efectos especiales del rodaje que tanto caracterizaban al mago del suspense, él preferiría dejar abiertas más opciones.

Seguro que el que las cuatro primeras películas de esta serie -que debería comercializarse como un pack especial bajo el título Descenso hacia el infierno del ajuste– fueran protagonizadas por Cary Grant contribuirá, además, a estimular su sentido de la empatía en forma de sueños de seductor. Sobre todo en el caso de Suspicion (Sospecha), estrenada en 1941, cuyo argumento gira en torno a un hombre frívolo y desenvuelto, Johnny Aysgarth, al que todos consideran culpable y resulta ser inesperadamente inocente. Es de hecho durante esa conducción alocada por la pendiente cuando tiene la oportunidad de redimirse, salvando a Joan Fontaine -pongan en su lugar a Van Rompuy, al euro o a la economía española-, en lugar de liquidarla. Lástima que se tratara de un final postizo, impuesto a Hitch por el estudio para no ensuciar la imagen de su actor más rentable.

Tampoco se sentiría Zapatero nada incómodo en el papel del agente Devlin de Notorius (Encadenados), estrenada en 1946. Y no lo digo por el beso de tres minutos a Ingrid Bergman, sino por la serenidad con que corrige su rumbo y endereza el volante cuando ella, con su borrachera de chica malcriada -los sindicatos, la izquierda social, los gobiernos autonómicos-, se empeña en pisar más y más el acelerador mientras el pelo le tapa los ojos. «Quiero llegar a 130 para borrar esa sonrisa de tu cara», le dice mientras les persigue la policía de tráfico, como si acabara de salir del guateque de Rodiezmo. Él la obliga a detenerse, asume la responsabilidad y se hace cargo de la situación, exhibiendo sus credenciales.

Menos contento se quedaría en cambio si supiera que la sociedad española le identifica mucho más con el personaje dubitativo y obsesionado por su pasado de John Robie alias El Gato, al que en To Catch a Thief (Atrapa a un ladrón) -1955- le tiemblan las piernas, le castañetean los dientes y le sudan las manos en el asiento del copiloto hasta cuando lo que se les cruza en la carretera es una gallina. Con el agravante de que ni estamos descendiendo las bellas colinas monegascas, ni vamos en un maravilloso Sunbeam Alpine azul descapotable, ni al volante se apoyan las manos enguantadas de Grace Kelly con traje y pañuelo rosa, sino que nos hundimos en la miseria, camino del cuarto año de la crisis, a bordo de la embalada diligencia a cuyas riendas sigue -insensato empecinamiento- una incompetente y frenética Calamity Helen. Hasta Hitchcock sabía que hay rubias y rubias.

Y, claro, la caracterización que le resultaría más embarazosa a Zapatero sería la del mediocre aunque jovial ejecutivo vendepeines confundido con un hombre importante al que en North by Northwest (Con la muerte en los talones) -1959- obligan a beberse una botella entera de güisqui -toma ideología- y colocan al volante de un imponente Mercedes que no está en condiciones de conducir. No es difícil imaginar que algunas intervenciones de Zapatero en el Consejo Europeo han debido ser percibidas por sus colegas como esa irrupción en la comisaría de Cary Grant, después ya de haber sido detenido, pidiendo con voz aguardentosa que «llamen a la policía» porque ha sido «víctima de un asalto con pistola, bourbon y coche deportivo».

Pero, como no hay quinto malo, es en el último episodio de estas características rodado por Hitchcock en el que nuestro presidente se sentiría realizado de verdad, aunque el galán fuera un mucho menos canónico Bruce Dern. Me refiero a Family Plot (La Trama) -1976- y en concreto a la escena en que el taxista convertido en detective ocasional debe dominar su Plymouth Sedan blanco en un descenso de infarto, mientras el líquido de sus frenos va dejando un angustioso reguero sobre el asfalto. Lo peor para él no es el sabotaje del que acaba de ser víctima el vehículo, sino la conducta de su novia Blanche -una rubia regordeta interpretada por Karen Black- que primero le pide que pare el coche, luego se lo exige a gritos y enseguida se convierte en su mayor riesgo cuando, presa del pánico, empieza agarrándole de la corbata, pasa a cogerle por el cuello y termina incluso poniéndole los pies alternativamente en la cara y el volante. Comparada con ella, la columna de motoristas con trazas de ángeles del infierno que se le viene encima en sentido opuesto como un vendaval de balas -anticipando la estética de los videojuegos- no pasa de ser un elemento pintoresco del paisaje.

Así es como Zapatero debe imaginar a Angela Merkel en sus peores sueños: la mujer terrible que, mientras nuestra economía sufre el sabotaje de las agencias de rating y debe sortear las acometidas de los especuladores agazapados tras cada recodo del camino, en lugar de facilitarle las cosas, se las pone aún más difíciles con sus manifestaciones extemporáneas, sus exigencias perentorias y sus acometidas al volante. La estampa en la que, después de que el coche haya volcado sin más consecuencias, la egoísta Blanche sale al exterior utilizando como peldaño el aturdido cráneo de su novio sería la representación perfecta del desenlace de este último Consejo Europeo del que ella salió victoriosa, apoyándose en el anuncio de retraso de la edad de jubilación de Zapatero.

No en balde esta secuencia de Family Plot ha sido considerada como la mejor parodia de las escenas de conductores en situaciones límite. También en el cine las historias sobrevienen primero como drama y se repiten después como farsa, con la honorable salvedad de que Hitchcock se parodiaba a sí mismo de manera consciente.

En definitiva el denominador común de estos cinco episodios es que ninguno termina en tragedia, pero en todos ellos se produce un desenlace que implica el final de la escapada, bien por la intervención de la autoridad, la irrupción de contundentes obstáculos naturales, la especial pericia del conductor o la pesadez del copiloto. La moraleja para Zapatero es, pues, que se puede lograr sortear una curva, otra curva y otra más, pero llega un momento en que esa deriva es insostenible.

España lleva ya tres años de crisis y seis meses de agonía. No podemos, no debemos, no queremos seguir más tiempo así, asomándonos cada dos o tres fines de semana al abismo. Las empresas y las familias están exhaustas. Esto de la última curva empieza a ser una terapia insoportable, pues si no nos despeñamos, falleceremos de infarto. La idea de continuar otros 15 meses dando volantazos por esta infernal carretera con las cubiertas cada vez más desgastadas y el conductor cada vez más ebrio o somnoliento es el mayor factor de pesimismo que encoge el corazón de la sociedad española y hace de estas las navidades más tristes del siglo XXI.

Urge cambiar el guión. Máxime cuando ya sabemos qué nos pasa y no es difícil identificar los grandes remedios que exigen estos grandes males. De hecho nuestro modelo de Estado y nuestra realidad económica han sido abiertos en canal y diseccionados sobre la mesa de los analistas financieros como si de una lección de anatomía se tratase. Eso es lo único bueno que nos ha ocurrido en estos tres últimos años: que, al habernos convertido en el enfermo más importante del mundo desarrollado, los principales expertos del planeta se han fijado en nosotros y han emitido opiniones independientes, alejadas de nuestro toma y daca partidista.

Su veredicto coincidente, corroborado además por recientes estudios españoles como el de la fundación Everis, es que nuestro modelo es inviable desde el punto de vista de la estructura del gasto público y el descontrol autonómico. Eso significa que no podrá haber una recuperación económica consistente y estable que no pase por reformas políticas de calado constitucional. Tanto si hablamos del número y la retribución de los funcionarios -lacerantemente superior a la del sector privado en sus tramos medios-, como de las cajas de ahorros -en las que el Banco de España se ha dejado ganar la partida por las mezquindades políticas- como del despilfarro de las televisiones autonómicas, los defensores del pueblo autonómicos y las paridas autonómicas de toda índole que hoy catalogamos, siempre nos topamos con lo mismo: 17 castas haciendo de lo particular materia de negocio a costa del erario y recurriendo al endeudamiento -un 27% superior al del año pasado- con tal de no renunciar a nada.

Acabar con esto, enderezar a la nación, requiere mucho más que un simple cambio de gobierno. Se necesita una gran operación política con visión de Estado equivalente a la que dio pie al consenso constitucional del 78 en la que necesariamente deben implicarse los dos grandes partidos nacionales. Y el tiempo apremia, pues la última subasta a la que acudió nuestra deuda soberana, tras el varapalo de la advertencia de Moody’s, demuestra hasta qué punto hemos entrado en un círculo vicioso en el que el incremento de los intereses a pagar empieza a comerse el fruto de los ajustes sociales previstos para recortar el déficit. Los tibios acuerdos del Consejo Europeo, institucionalizando el fondo de rescate con carácter indefinido pero trasladando parte del riesgo a los acreedores de cada Estado, sólo pueden servir para prolongar la «carretera sinuosa y estrecha» mientras se va acentuando «el riesgo de derrapar». Seguiremos vivos, sí, ¿pero a qué precio?

Sólo la política puede sacarnos de una deriva en la que más pronto que tarde empezará a salirnos más barato, incluso en términos de sacrificios sociales, el oprobio del rescate. Hay que apelar al patriotismo de Zapatero -bravo por su firmeza inducida en el retraso de la edad de jubilación, mal por su tolerancia con las prejubilaciones doradas de las cajas- y al sentido del Estado de Rajoy para que se desencadene cuanto antes una doble operación en la que las urnas pongan primero a cada cual en su sitio y el vencedor convoque enseguida al derrotado a un proyecto común de refundación democrática.

El adelanto electoral no sería así un fin en sí mismo, sino un medio para despejar las incógnitas que impiden replantear hoy mismo la receta que este periódico viene prescribiendo desde el inicio de la crisis. Lo ideal sería acumular las generales con las municipales y autonómicas o al menos comprometerse a zanjarlo todo en 2011. Sólo así será posible que, cuando algún día salgamos de ésta y recordemos con pavor lo sucedido -«la última curva que pasé contigo quisiera olvidarla pero no he podido»-, quede un halo de generosidad final impregnando la memoria de tan alocado y desafortunado conductor.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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