La última línea de decencia

Todos los viernes por la tarde durante más de un año, cientos de judíos israelíes se han reunido en una pequeña plaza polvorienta en el medio del este del Jerusalén árabe. Allí también hay algunos palestinos, entre ellos un par de jóvenes que venden jugo de naranja fresco. La gente se reúne allí, en el vecindario de Sheij Jarrah, para protestar por el desalojo de familias palestinas de sus hogares para que se puedan instalar los colonos israelíes.

Estos desalojos son humillantes, a veces violentos, y amedrentan a otras familias palestinas – que corren peligro de perder sus hogares también-.Los estudiantes israelíes fueron los primeros en organizar una protesta, conocida como Movimiento de Solidaridad Sheij Jarrah. A ellos se sumaron, entre otros, distinguidos profesores, famosos novelistas y un ex fiscal general.

Al principio, la policía israelí utilizó la fuerza contra los manifestantes, aunque ese tipo de protestas son absolutamente legales en Israel. Esto dio lugar a tan mala publicidad que la policía se retiró, aunque siguió bloqueando el camino para los nuevos asentamientos.

Lo único que los manifestantes pueden hacer es levantar pancartas, tocar tambores, cantar consignas y mostrar solidaridad con su presencia.

El contexto de los desalojos no es exactamente sencillo. Algunos judíos efectivamente vivieron en el distrito antes de que fueran expulsados en la guerra de independencia israelí de 1948. Muchos más palestinos fueron expulsados en el mismo momento de vecindarios en el oeste de Jerusalén, y encontraron nuevos hogares en zonas como Sheij Jarrah, que pasó a estar bajo jurisdicción jordana hasta que los israelíes volvieron a tomar el este de Jerusalén en 1967.

Esta gente vivió básicamente en paz hasta hace unos pocos años, cuando los judíos empezaron a reclamar propiedades perdidas en 1948. Los palestinos que podrían soñar con hacer reclamaciones similares sobre propiedades perdidas en el oeste de Jerusalén no pueden hacerlo. Como se asentaron después de 1948 en “territorios enemigos”, como el Sheij Jarrah jordano, la ley israelí les prohíbe reclamar cualquier propiedad perdida.

Algunas propiedades árabes en Jerusalén son compradas por empresarios u organizaciones judías. Pero algunas, simplemente, son apropiadas. A veces se presentan documentos, que se remontan al periodo otomano, pero su autenticidad y proveniencia muchas veces están en duda. En cualquier caso, como sucede con frecuencia en Israel, los palestinos reciben un trato injusto.

Sheij Jarrah dista de ser el peor caso. Otros vecindarios palestinos en Jerusalén están separados del resto de la ciudad por el llamado “muro de seguridad” de Israel, lo que significa que sus habitantes no reciben los servicios municipales apropiados, a pesar de estar obligados a pagar los impuestos.

La basura se apila en las calles. El suministro de agua es errático. Los niños ya no pueden ir a sus escuelas. La gente pierde sus empleos.

Las cosas son aún peores en las ciudades palestinas más distantes, como Hebrón, donde los colonos israelíes muchas veces se comportan como los pistoleros del Lejano Oeste, desacatando abiertamente las leyes de su propio país al ahuyentar a los palestinos podando sus árboles, envenenando su ganado y sometiéndolos a otras formas de tormento, que incluyen homicidios, que nunca reciben castigo.

Cuando los diplomáticos estadounidenses se quejaron por la intromisión forzosa de los colonos judíos en los vecindarios palestinos, el primer ministro israelí Beniamin Netanyahu respondió que Jerusalén no era un asentamiento, sino la capital de Israel. Esto implica que los judíos pueden presionar para seguir avanzando sobre el este de Jerusalén, así como construir asentamientos en territorios palestinos alrededor de la ciudad, que Israel hoy reclama como parte de Jerusalén. El máximo objetivo, al parecer, es que Jerusalén sea judía, comprándola, invocando reclamaciones históricas y, si fuera necesario, por la fuerza.

Este esfuerzo es tan sistemático, y está respaldado tan enérgicamente por el Gobierno israelí, que parecen existir pocas perspectivas de que unos cientos de manifestantes, por más distinguidos que sean, logren frenarlo. ¿Todo es una pérdida de tiempo, entonces? ¿Es sólo un cóctel radical-elegante al aire libre? Al menos un caballero palestino piensa que no. Él vive a unas manzanas del lugar donde se reúnen los manifestantes. “Si no fuera por ustedes – dijo con una sonrisa alegre-,todos estaríamos condenados”.

Tal vez este hombre espere demasiado. Pero la muestra de solidaridad judía sin duda hace que algunos palestinos se sientan menos solos. Es más, a los palestinos les resulta más difícil manifestarse, porque corren el riesgo de perder sus preciosos permisos de residencia en Jerusalén.

Pero las protestas valen la pena por otra razón: son buenas para Israel. Las protestas, o la resistencia civil, frente a la fuerza gubernamental, rara vez tienen resultados inmediatos y tangibles. En las dictaduras, hasta pueden ser contraproducentes y derivar en represalias violentas. Esto es especialmente válido para la resistencia violenta, que simplemente invita a una mayor violencia.

Israel no es una dictadura. Por el contrario, es la única democracia en funcionamiento en Oriente Medio. A pesar de toda la segregación, la discriminación y las tensiones étnicas y religiosas, Jerusalén también es una de las últimas ciudades verdaderamente diversas de Oriente Medio. Quedan muy pocos judíos en Teherán, Damasco o El Cairo. En cambio, la población árabe en Jerusalén es del 36% y está creciendo.

Israel también debe defenderse de mucha hostilidad árabe. Pero la humillación sistemática de los palestinos, permitiendo que los colonos literalmente cometan homicidios, tiene un efecto viciado en la sociedad israelí. Los ciudadanos se vuelven más indiferentes frente a la brutalidad aleatoria ejercida contra una minoría, y se acostumbran a ella. Aun si la mayoría de los israelíes nunca vio un control policial, el “muro de seguridad” o los desalojos forzosos, el hábito de mirar hacia otra parte, sin querer saber, es una forma de corrupción.

Por eso las manifestaciones de los viernes por la tarde, por poco efecto que produzcan en el corto plazo, son esenciales. La muestra de solidaridad hace que Israel sea un lugar más civilizado. Mantiene viva una sensación de decencia, una esperanza de que una sociedad mejor es aún posible para palestinos e israelíes por igual.

Por Ian Buruma, profesor de Democracia y Derechos Humanos en el Bard College. Copyright: Project Syndicate, 2010.