La última Navidad de Miguel Ángel Blanco

La memoria y su pareja masculina, el recuerdo, son selectivos. Por una simple cuestión de supervivencia. Si no olvidáramos los grandes y pequeños problemas del día a día, si no consiguiéramos abstraernos de los cabrones y cabroncetes que asuelan nuestras jornadas, sería imposible permanecer de pie hasta el momento final.

Hay dos tipos de memorias: aquellas en las que priman los recuerdos positivos y aquellas otras lastradas por motivaciones negativas. Entre las primeras, está el caso del albatros Wisdom (sabiduría en inglés). Hace unas pocas semanas, apareció una pareja de pájaros de dicha especie por el atolón Midway, en las islas Hawai. Primero tomó tierra la hembra. Ella era la que sabía exactamente el sitio exacto donde quería aterrizar, allí donde se encontraba el nido en el que cada año o cada dos pone su huevo.

Wisdom –como fue bautizada en 1956 por un grupo de ornitólogos- es un caso verdaderamente extraordinario: tiene 66 años y ha depositado en el mismo lugar 40 huevos durante buena parte de todos estos años. De su especie, es el pájaro conocido más longevo y fértil. El caso de este albatros puede catalogarse como memoria positiva. Doblemente: como siempre lo es la maternidad y por la elección precisa del mismo lugar.

Miguel Ángel Blanco junto a Luis Eguíluz (actual concejal del PP en Bilbao) repartiendo propaganda en 1995.
Miguel Ángel Blanco junto a Luis Eguíluz (actual concejal del PP en Bilbao) repartiendo propaganda en 1995.

En el polo opuesto, como memoria negativa, me atrevo a situar a otros pájaros, también bípedos, enmarcados dentro del orden superior de los seres vivos: los humanos. No viven tan lejos como Hawai, aunque por la discriminación de afectos sí residen en un espacio estrecho y reducido como un atolón, como los albatros mencionados. El atolón de Alsasua, formado por aquellos vecinos –no todos- que rigen su memoria bajo el lema “Alde Hemendik” (traducido al castellano significa ‘Fuera de Aquí’ o ‘Que se vayan’), dirigido contra los guardias civiles del cuartel de la localidad.

Hace un par de semanas, al tiempo que Wisdom ponía su huevo, se celebraba en la localidad navarra de Alsasua una manifestación, apoyada por el Gobierno de Navarra y el Parlamento foral, en solidaridad con las familias “indefensas y desamparadas” de las nueve personas que, tras dar una paliza a una pareja de guardias civiles y a sus novias el 15 de octubre, fueron detenidas, acusadas de delitos de terrorismo.

En términos de memoria, más grave que apalear a un par de guardias civiles es, en mi modesta opinión, el apoyo de las instituciones referidas al denunciar que las familias de los agresores están en situación de “indefensión y desamparo”. Porque, exactamente, estos términos fueron usados profusamente, no hace tanto tiempo, por el mundo etarra, aquel que guardaba silencio cada vez que ETA mataba a un policía, a un guardia civil, a un militar o a un político no nacionalista, pero no perdía oportunidad para denunciar la situación de los presos etarras y “el desamparo” de sus familias.

Hace 19 años, Miguel Ángel Blanco, con 28, iba a vivir sus últimas navidades. Él no lo sabía, claro. Ni podía imaginarse que, después de ese año, no volvería a comerse el turrón. Fue en un pleno celebrado el 21 de diciembre de 1995 en el ayuntamiento de Ermua (Vizcaya) cuando el concejal del PP escuchó por primera vez desde que era concejal el alegato del edil de HB Jon Cano (ahora, concejal de Bildu en esa misma localidad) en defensa de los presos de ETA y sus sufridos, indefensos y desamparados familiares.

Cano era un empleado de Correos del reino de España, destinado entonces en Ermua y después director de la oficina de Éibar –localidad donde el 10 de julio de 1997 un comando de ETA secuestraría a Blanco-. En aquel pleno, el concejal de HB exigió el respeto de los derechos de “los ciudadanos y ciudadanas, empezando por los 600 presos y presas políticos vascos secuestrados por el Estado español y francés”. Habló de oscurantismo del sistema español, de injusticia social, “de ilegalidad encubierta y descubierta de un sistema judicial dependiente de los políticos, de amparo de toda clase de tortura”, etcétera, etcétera. Dijo “Gora Euskal Herría Askatuta” y se marchó del pleno.

En esa reunión plenaria fue aprobada una moción solicitando la puesta en libertad de un vecino de Ermua, Peio Iriondo, en prisión por haberse encontrado en su poder armas utilizadas por ETA en varios atentados. Iriondo, al parecer, se limitó a esconder una metralleta y varias pistolas que le había entregado una prima suya, con delitos de sangre.

Miguel Ángel Blanco votó a favor de la liberación de Peio Iriondo, quien en 2015 firmaría una petición de amnistía para todos los presos de ETA, entre ellos, Txapote y Amaia, asesinos del concejal popular el 12 de julio de 1997.

Veinte años después, puede ser discutible si el concejal Cano y las autoridades del Gobierno navarro y del parlamento foral tienen memoria negativa o positiva. Pero lo que está fuera de toda discusión es que Miguel Ángel Blanco perdió toda su memoria cuando, inopinadamente, el etarra García Gaztelu, alias Txapote, le pegó un tiro detrás de la oreja derecha y otro en la zona occipital, en un monte próximo a Lasarte. Blanco, según la memoria independentista, estaba en el lado de la pareja de Guardias Civiles apaleados en Alsasua, y no con los pobres detenidos, ni con sus familiares “indefensos y desamparados”.

Veinte años después, los unos siguen siendo las víctimas y los agredidos, los verdugos, si nos atenemos al relato independentista. Miguel Ángel Blanco vivió en 1996 su última Navidad. Precisamente para evitar la injusticia de la desmemoria, o de la memoria del revés, he escrito y publicado El hijo de todos, en memoria de quien fue asesinado a los 29 años, simplemente por defender su libertad y, a la vez, la libertad de todos. Conviene recordarlo esta Navidad.

Miguel Ángel Mellado

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