La última Pascua

Los acontecimientos se suceden tan vertiginosamente hoy en día que el lapso entre la sorpresiva renuncia del Papa y su despedida podría calificarse de «un visto y no visto» de no ser porque en estas semanas hemos intuido muchas cosas, algunas incluso de tinte apocalíptico (ajenas al título de este artículo, una mera licencia idiomática que refleja el uso indebido de un anglicismo que traduce equivocadamente ultimate -en realidad «supremo», «crucial» – en su acepción de «último» o «final»). En todo caso, no es fácil encontrar el calificativo adecuado para recalcar hasta qué punto el Pontificado que concluirá en unas horas es uno de los acontecimientos más relevantes de nuestra era.

Será ésta sin duda una Pascua muy distinta a las que hemos vivido hasta ahora, que encuentra algunos paralelismos sorprendentes con la de hace dos milenios. De entrada, y tal y como ocurriera con el Nazareno, Éste no anuncia su muerte abiertamente, sino que el mensaje de que su hora está cerca lo restringe a su círculo más íntimo, tal y como hizo Benedicto XVI en la misa por su 85º cumpleaños. Sólo luego, cercana ya la Pasión, Jesús será más explícito cuando dice: «El Hijo del hombre se va…» (Marcos 14:21), como también hará el Papa en ese reducido encuentro en el que informó de su irrevocable decisión. Incluso el mensaje de su último evangelio dominical, el de la Transfiguración, es aplicable a quien -de estar al límite de sus fuerzas- ha pasado a un evidente estado de paz interior que sigue el mensaje de esperanza de Jesús en el Tabor ante unos atribulados discípulos que ya saben lo que le espera.

Si su colosal antecesor hizo de la fuerza interior piedra angular de su magisterio, Benedicto XVI ha encontrado en la belleza los cimientos de un breve pero fecundo Pontificado. Es difícil que este Papa no repita un llamamiento en favor de esa belleza que dignifica al hombre, ya fuera consagrando templos como la basílica de la Sagrada Familia o en sus encuentros con cineastas, pintores o intelectuales. Su pasión por la música, quizás el arte con mayor facilidad para elevar nuestro espíritu, nos adentra igualmente en esa constante búsqueda de la verdad a través de la perfección de lo sublime. Todos sus textos, incluso los supuestamente dedicados a otras cuestiones poco poéticas como la economía o las finanzas están presididos por esa magnificencia exquisita. La Caritas in Veritate, que complementa y actualiza la Centesimus Annus a la luz de la globalización, es todo un prodigio de hermosura. Encontrar la verdad en la caridad del amor y centrar en esa síntesis de toda ley «la vía maestra de la doctrina social de la Iglesia» es un signo de la contundente sencillez que anida en la verdad, sin la cual todo empeño humano acaba resultando estéril. No en vano, como escribió Chateaubriand «la incredulidad es la principal causa de decadencia del gusto y del genio», quien remacha que «sin religión no hay sensibilidad, sino un aborto general de talentos en los que la impiedad lo esteriliza todo». Un mensaje muy actual en estos tiempos en que el feísmo en todas sus vertientes campa a sus anchas.

Precisamente por eso el cáliz que ha tenido que beber el Papa no podría resultar más amargo para un hombre de su refinamiento y exquisitez intelectual y espiritual. El encubrimiento de los abusos a menores (al que la Conferencia Episcopal estadounidense aplicó la peor de las recetas posibles) tuvo en Benedicto XVI, sin embargo y para sorpresa de muchos, al más firme defensor de la transparencia, encaminando hacia la Justicia ordinaria lo que hasta entonces estaba acotado a la jurisdicción canónica.

Nos lleva esto a tratar el asunto de la Curia, una cuestión sin la cual la visión del Pontificado que hoy concluye quedaría incompleta. Vivimos unos tiempos en que el Mito del Progreso hace aguas por todas partes y la Humanidad sigue sin conseguir ser feliz, aun habiéndose liberado de ese Dios que «la entristecía» (Camus), y habiendo mutilado el Evangelio para hacerlo acorde a una filosofía en que todo se mide al cambiante compás de los sentimientos, las sensaciones y los caprichos. El hombre, que primero mató a Dios, luego se ha olvidado de Él, despreciando su mensaje, escandalizando a los pequeños, idolatrando al becerro de oro y blasfemando o murmurando sin medida. En definitiva, la liberación de ese Dios no parece haber conseguido que superemos la sensación de Nietzsche, su asesino oficial, de que «cada vez es más de noche».

Esta ruptura de la alianza con su creador se ha producido en el mundo, en la Iglesia y en su jerarquía a partes iguales. Y si Karol Wojtyla fue un Papa Ad-Extra, cuya voz se oyó en todo el orbe, Joseph Ratzinger lo ha sido Ad-Intro, cuidando de las raíces de la civilización que brotó de la semilla romana. Sólo así se entiende su particular dedicación a Europa y quizás se valore mejor ahora el hecho -ciertamente excepcional- de que España haya sido el único país que ha visitado en tres ocasiones en muy corto periodo de tiempo.

A estas alturas de la Historia, en la que ya sabemos que el pueblo judío no fue el único responsable de la crucifixión, dirigir nuestra mirada escandalizada hacia los purpurados sería de una hipocresía mayúscula. La Iglesia sufre las consecuencias de la conducta de todos nosotros, de nuestros valores relativos y cambiantes, del mal que anida en nuestros corazones, del que salen la violencia, las traiciones, y todas las iniquidades. Quedarse con el enfoque barato y simplón de que la Curia está corrompida por el pecado es una muestra del mismo fariseísmo que criticamos en Caifás. Basta releer a Bishop cuando describe la Roma de Augusto, para vernos reflejados en «esa maravilla de cultura y relajación, de eficiencia en los negocios y de políticas de alcantarilla, de enorme poderío y de compadreo» para darnos cuenta de la similitud entre la crisis moral, socioeconómica, espiritual y religiosa del orbe romano y la que asola al mundo globalizado.

Benedicto XVI inicia hoy un viático universal siguiendo las misteriosas palabras de Jesús que relata San Juan (16:16-24) : «Todavía un poco, y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis; porque yo voy al Padre». Algo que ocurrirá cuando quien hasta hoy portaba el anillo del pescador se despida de la Humanidad, para volver a dejarse ver en unas semanas desde el balcón central de la Basílica de San Pedro, ya con un nuevo nombre y un nuevo rostro, pero portando la misma luz de esperanza que se encendió hace más de 2.000 años.

Si coincidimos con Emerson en que «la clave de todas las épocas es la debilidad de la gran mayoría de los hombres, salvo en ciertos momentos eminentes», en esta hora de la humanidad ese privilegio lo ostenta un hombre que destaca por encima del resto, de cuyo testimonio deberíamos tomar buena nota. La Historia le recordará como Benedicto XVI, nosotros -sus coetáneos- sabemos que su nombre era Joseph Ratzinger, pero cuando se cumpla su hora, sólo el Padre le llamará por su nombre de pila. Como a cada uno de nosotros, llegado el momento.

Antonio Camuñas Baena es miembro del Consejo Internacional de Asesores de la Fundación Vaticana Centesimus Annus Pro-Pontifice.

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