La última Tercera de Mingote

Mi querido amigo y director:

Te diré, sin ánimo de presumir, que ya tengo 92 años. De ellos, cincuenta y ocho los he dedicado de manera obstinada en dibujar para ABC. No te digo cuántos dibujos he publicado en ese periódico que tan dignamente diriges, porque no tengo ni idea, pero estoy seguro de que entenderás que son muchísimos. En este tiempo he recibido abundantes satisfacciones profesionales y personales y también alguna lección de humildad, como la de aquel camarero del restaurante que celebraba el que hubiera empezado a publicar mis chistes en ABC, aunque no les encontraba «ningún aliciente». O aquel ilustre colaborador del periódico que elogió mi chiste, comentando sus muchas excelencias y admirable oportunidad, y que efectivamente era un buen chiste que José Luis Dávila había publicado ese día, con su firma, en la «Hoja del Lunes». O aquel compañero del instituto que ya sabía desde siempre, según me comunicó, que yo no tenía ninguna gracia y no comprendía mi obstinación en demostrarlo publicando chistes en ABC. Poco más tarde provoqué la indignación de unos comerciantes muy vigilados y a menudo sancionados por la Administración en aquellos momentos. Me denunciaron por injurias y me sientan en el banquillo de los acusados. La acusación pide que me sean impuestos una multa de un millón de pesetas y el destierro. Ante la amenaza de la multa (el destierro no parece tan grave), una compasiva periodista asturiana, Nieves Reón, propone (un ángel la muchacha) que mis admiradores, seguramente numerosísimos, contribuyan con una peseta firmada (las había de papel) como ayuda para recaudar el millón (y más, probablemente). Expectante y esperanzado, recibo un total de doce pesetas, con lo que se derrumban a un tiempo mis esperanzas de riqueza y mi optimismo respecto el ingente tropel, tan menguado, de los admiradores que habían de acudir a socorrerme. En el juicio, Luis Zarraluqui consigue mi absolución, los demandantes apelan, yo me retracto y mis antes denunciantes me regalan un jamón.

Pero en el balance final encuentro más satisfacciones que las que probablemente merezco, a no ser que la fidelidad haya de ser recompensada. Siempre he sido un dibujante de ABC, y lo seguiré siendo mientras ABC quiera (y aunque no quiera, me temo). En ABC publiqué mi primer dibujo a los trece turolenses años, como colaborador espontáneo del inolvidable suplemento infantil Gente Menuda, y ahí sigo, aunque no tan menuda la gente y mucho menos yo.

Soy consciente de haber sido en ABC un privilegiado desde el primer momento. Serlo junto a tantos ilustres eventuales con más categoría y más méritos que yo me hubiera inflado de orgullo, de no estar tan preocupado por cubrir dignamente el espacio asignado. Siempre encontré en esta Casa la amistad y el respeto de sus gentes, empezando por la familia Luca de Tena, desde el inolvidable marqués, siempre rotundo y leal, que decidió dar mi nombre a uno de los prestigiosos premios de la Casa (cuando Juan Ignacio anunció el nuevo premio en una cena solemne, yo dudé entre coronarme con el laurel de una maceta próxima o morirme inmediatamente, cumplida ya mi misión en la Tierra), desde el marqués, digo, hasta sus nietas Catalina y Soledad, a las que quiero, pasando por Torcuato, mi primer director, y el gran amigo Guillermo, recientemente desaparecido. Ahora, con el estandarte de Vocento, sigue siendo el periódico al que me encuentro familiar y profesionalmente unido.

Te cuento todo esto, querido director, para justificar de algún modo la petición que voy a hacerte: que me releves del apremiante compromiso de rellenar a diario esa parcela del periódico en la que aparece mi dibujo. No pretendo mi desaparición (ya te he confesado mi propósito de permanencia), sino la liberación de este trabajo fijo a diario y a la hora justa. Cincuenta y ocho años en esta situación creo yo más que suficientes. Situación, por cierto, de la que estoy orgulloso y en la que disfruté del maravilloso regalo de la libertad; nunca ninguno de tus inolvidables antecesores en la dirección me dijo lo que tenía que decir o callar.

El pedirte que me releves del compromiso diario no significa un adiós. Recuerda que cada año he publicado en agosto los chistes recolectados en reserva a lo largo del año para luego tomarme unas aproximadas vacaciones cuando toca. Pero cuando en ese tiempo ha sucedido algo periodísticamente considerable he interrumpido la serie de los intemporales para ocuparme del asunto con el dibujo correspondiente.

Hace dos veranos, repasando dibujos publicados, en busca de un tema intemporal para agosto —prefiero dedicarme a un solo tema hasta agotarlo—, descubrí que muchos chistes habían conservado una fresca actualidad, porque, como habrás oído decir incluso en latín, no hay nada nuevo bajo el sol. Decidí entonces hacer los refritos de agosto y recibí elogios de mis lectores (por fin he encontrado la ocasión de escribir esas hermosas palabras: mis lectores), a quienes no molestaron las repeticiones que recordaban y renovaron los elogios para las que habían olvidado por completo.

(Por cierto, ya Jardiel propugnaba la legitimidad del refrito que él cultivó con denuedo. Y yo me pregunto a veces: ¿por qué mi amigo Raphael puede cantar su «Escándalo» una y otra vez, y siempre con el éxito y los aplausos consiguientes, y yo no puedo repetir ningún dibujo por más o menos afortunado y oportuno que haya resultado?, que alguno habrá). Pero lo que me ha dado la idea de una posible nueva actividad no ha sido el refrito (Dios me libre de la osadía de proponerlo) ni los comentarios sobre los chistes intemporales que recolecto a lo largo del año y me permiten unas mínimas vacaciones en agosto.

Lo que me ha empujado a escribir esta carta que vengo planeando desde hace tiempo han sido las estupendas páginas del domingo pasado dedicadas a los falsos paradigmas; los agudos comentarios, las estupendas ilustraciones, unas páginas que enaltecen a un periódico y por las que te felicito. Y las que me han hecho pensar que además de los renovados chistes algo podré yo hacer en el decorado de este periódico junto a mis compañeros dibujantes durante el tiempo que me queda, que ya no será mucho, de esta prórroga en la que estoy jugando.

En fin, querido director, a mandar.

Antonio Mingote era miembro de la Real Academia Española.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *