La UMD, historia y memoria

Por Xosé Fortes, coronel y ex miembro de la Unión Militar Democrática (EL PAÍS, 05/01/07):

En la primavera de 1968 el periódico El Faro de Vigo abría una de sus páginas con un titular a toda plana que conmocionó las filas castrenses: “Revolución cultural en el CIR”. El CIR no era por supuesto ninguna organización maoísta, sino las siglas del Centro de Instrucción de Reclutas instalado en los alrededores de Pontevedra. Y la revolución cultural hacía referencia a la modesta política educativa programada en la segunda compañía y que incluía foros de debate sobre temas de actualidad y una biblioteca del soldado. No se crean -añadía el periodista- que abundan los títulos militares. En ella se dan cita los mejores escritores de todos los tiempos, desde Voltaire a Sartre, pasando por Valle-Inclán o Dostoievski.

El reportaje significó el final de aquella experiencia ilustrada. Aún no eran las nueve de la mañana cuando el comandante me avisó de que hiciera una criba de libros ante la inminente inspección del general. Anécdotas como ésta podrían contar la mayoría de mis compañeros de la Unión Militar Democrática. La actitud del mando ante lo que consideraban peligrosas desviaciones ideológicas, provocó por reacción la expansión de un antifranquismo militar que había comenzado a brotar por contagio universitario o por militancia en la fecunda asociación que fue el grupo Forja, del capitán Pinilla, auténtico vivero de la UMD.

Pero no pasaba de ser un antifranquismo de carácter local o regional. Su decantación en una organización clandestina de ámbito nacional, la UMD, se produjo por la conjunción de factores internos e influencias externas. Por la incapacidad del régimen para articular una salida democrática y por la influencia de dos acontecimientos exteriores: el golpe militar de Chile y la Revolución de los Claveles.

Portugal nos deslumbró. Sin embargo, pese a nuestra admiración por los capitanes de abril, pronto descartamos la vía del pronunciamiento militar. No sólo porque representaba un mal ejemplo y un eslabón más en la larga cadena de intervencionismo militar, sino porque entrañaba el riesgo de otra guerra civil.

La progresiva involución del régimen y de las propias fuerzas armadas -eran años de “ejército al poder”-, iluminaron nuestro objetivo: neutralizar el protagonismo político de las fuerzas armadas, que era el mayor obstáculo para una transición pacífica. En vez de un pronunciamiento activo debíamos ensayar un pronunciamiento negativo: “Mojar la pólvora” de aquel ejército “azul”.

Ésta fue la razón por la que fundamos la UMD, por la que nos esforzamos en ampliar la conciencia democrática en las fuerzas armadas, por la que nos reunimos con la oposición clandestina y con asociaciones profesionales, como Justicia Democrática, y por la que nos disolvimos al constituirse el primer Parlamento democrático.

Hasta aquí, en síntesis, la historia. Veamos ahora la memoria. Nuestra propia memoria y la memoria social.

Los que militamos en la UMD solemos tener una percepción desenfocada de la Transición. Al enfocar el retrovisor hacia el escenario de nuestra propia actuación, hacia el proceso a la UMD y la persecución a los militares demócratas, perdemos de vista el escenario principal y tendemos a olvidar que la transición no hubiera sido la misma sin la UMD, sin el estremecimiento de inseguridad que recorrió la cadena de mando. Aunque perdimos todas las batallas, terminamos ganando la guerra. El capitán Bernardo Vidal lo expresó con un brindis en la primera cena constitucional: “La UMD ha muerto, viva la Constitución”.

Mayor desenfoque sufre aún la memoria política y social, que ha ido desdibujando la imagen y el papel de la UMD. Debido en mi opinión a dos razones:

En primer lugar, el atávico y justificado temor ante lo que llamaban “ruido de sables”, y cierta prevención de los políticos a mantener, contactos con una organización militar “clandestina” en un proceso de normalización institucional. Todos comprendimos en su día las razones de nuestra exclusión de la ley de amnistía, y el fracaso de las diversas iniciativas para ampliar dicha ley a los militares demócratas. Incluso comprendimos los cuatro años largos que tardó el Gobierno socialista en rehabilitarnos, a pesar del arrollador triunfo electoral de 1982. No comprendimos, sin embargo, el carácter cicatero de aquella rehabilitación formal, ni esa especie de velo que viene ocultando la memoria de la UMD.

Pero la razón más importante de este ocultamiento quizá sea la decisión política de memorizar la transición en clave exclusivamente civil -Portugal representa el paradigma- como una conquista de los partidos y de la propia sociedad, minimizando o desdibujando el papel de los militares demócratas en la lucha por las libertades.

Un hombre tan poco sospechoso como José Saramago, el mejor editorialista de la revolución portuguesa, llegó a afirmar en un coloquio, y posterior artículo, que Portugal estaría donde está, con o sin 25 de abril. Puede que tuviera razón en parámetros socioeconómicos, pero olvidaba que la memoria del 25 de abril sigue siendo el rasgo identitario de varias generaciones lusas y el principal referente político del Portugal contemporáneo.

En nuestra primera reunión clandestina en Barcelona con Felipe González, entonces todavía Isidoro, nos alertó especialmente sobre los riesgos que corríamos. “A mí no me van a tocar; a los militantes socialistas pueden calentarles la cara o apagarles un cigarrillo en la espalda. A vosotros, si os cogen, os cortan los cojones”. Y terminó diciendo: “Si algún día triunfa la democracia en este país habría que haceros un monumento”.

No se trata de monumentos ni de agradecimientos, sino de Memoria. Si, como decía Arnold Hauser, somos lo que somos porque tenemos detrás un determinado pasado, debiéramos esforzarnos en clarificar el activo y el pasivo de ese patrimonio.