La universidad de la ignorancia

En el mundo universitario estadounidense vivo entre tontos e ignorantes. Y los más curioso del asunto no es sólo que las grandes universidades norteamericanas tienen la reputación de ser las mejores del mundo, las más ricas, con bibliotecas enormes, recursos de investigación envidiables, y medios tecnológicos insuperables, sino que la universidad en que la estupidez más alarmante viene a manifestarse es la de Stanford, donde conozco a algunos profesores, a quienes admiro por su inteligencia, sus conocimientos y su sentido común. Pero el nivel de inteligencia de una institución puede estar muy por debajo de la de sus componentes.

Stanford acaba de anunciar la supresión de los nombres de varios lugares del campus que conmemoran a san Junípero Serra, el fundador, desde 1769, de las primeras misiones franciscanas de California. Según el sitio web de la universidad, el motivo es que «el sistema de misiones infligía gran daño en los indígenas». Es cierto que las misiones les cambiaron la vida, arrancando a la gente del nomadismo, cultivando nuevos productos comestibles en su suelo, e introduciendo el ganado. Fray Junípero estableció incluso industrias nuevas que fabricaban ladrillos, carretas, arados, jabón, velas y zapatos y cinturones de cuero. Los indígenas lograron una prosperidad sin precedentes bajo la tutela franciscana.

La universidad de la ignoranciaLa entrega personal de Serra al bien de estos fue innegable. Ni los anticlericales de Stanford alegan vicios ni crímenes en su contra. «No dudamos», reza el reportaje del comité –siempre se encargan idioteces a comités– «de sus buenas intenciones». Pero tuvo que luchar contra el efecto de las nuevas enfermedades desconocidas por una población sin inmunidad. Las misiones superaron la crisis. Las cifras demográficas lo confirman. Cuando fray Junípero murió, había 4.650 residentes. En 1821 había por término medio más de mil indígenas en cada uno de las veinte misiones.

Tales logros exigían sacrificios tremendos. Cuando Junípero llegó, los indígenas reaccionaron con indiferencia o violencia. En 1775 el jefe de la misión de San Diego se martirizó porque sus neófitos preferían «vivir como antes». La empresa parecía condenada al fracaso. En 1785, Toypurina, la hechicera de ojos verdes, inició una rebelión en San Gabriel porque, según declaró, «Odio a los padres… por invadir las tierras».

Algunos frailes respondieron desesperados, imponiendo castigos, «acordes con el juicio con que los padres castigan a sus propios hijos» –lo que quería decir, en aquel entonces, el uso del látigo. Junípero Serra admitió «que haya habido desigualdades y excesos por algunos padres». La vida en una misión recién fundada era dura para todos. Los franciscanos, arrancados de su ambiente y modos de vida habituales, enfrentados a una labor sobrehumana en un entorno hostil, pugnaban por contener las tentaciones cotidianas con excesos de disciplina. De vez en cuando un fraile se volvió loco, como fray José María Zalvidea, que «se flagelaba constantemente». La historia de las misiones era trágica y triunfante: trágica por su fracaso final, aniquilada por laicos que querían explotar o exterminar los indígenas; triunfante por su progreso en prosperidad y su éxito en atraer, poco a poco, a neófitos cuya adhesión era una prueba de la buena fe y los esfuerzos caritativos.

Por supuesto los historiadores de Stanford saben estos hechos. Si la obliteración de la memoria de San Junípero fuera por «el gran daño infligido en los indígenas», no quedaría ni un solo monumento a ningún blanco de la época colonial. La historia de los Estados Unidos es, en gran parte, una historia de exterminio de los nativos. Serra no tuvo nada que ver con la larga campaña estadounidense para deshacerse de sus indígenas, sino que su intento era amarles según las normas austeras del franciscanismo.

Monumentos abundan por el campus de Stanford al primer rector, David Jordan, a pesar de sus escritos sobre la necesidad de eliminar los genes de gente inútil y débil. El mismo fundador de la universidad, Leland Stanford, era un notorio barón capitalista que explotó a sus obreros y declaró que los inmigrantes chinos eran «gente de raza degenerada» a quienes había que excluir para evitar «el efecto nocivo en la raza superior». El nuevo nombre de «Serra Mal» será «Jane Stanford Way». De esta señora no sé nada malo, sino el hecho de que se casó con el monstruoso Stanford. En la calle Serra se colocarán «aclaraciones» históricas, o sea, condenas al frailecito.

Evidentemente, el motivo de censurar las menciones de Serra no tiene nada que ver con la historia ni la moralidad. La clave de la nueva política, según otra aseveración del comité responsable, es que personas sedicientes indígenas pretenden que la mención de Serra «les causa emociones entrañables de daño, trauma y problemas de salud mental». Universidades como Stanford responden a la demanda del mercado, y por tanto a la cultura en vigor, por extravagante y delusiva que sea. Y esta cultura vigente se domina por la autovictimización. Por pertenecer a una minoría puedes quejarte de ser víctima de agresiones históricas que ni te afectan. Por ser mujer, puedes representarte como «sobreviviente» de los acosos o violaciones de otras. A pesar de tener ascendientes casi exclusivamente blancos puedes emplear la identidad de un indígena para aprovechar los privilegios concedidos a los descendientes de agraviados.

En España somos los expertos del mundo en derribar monumentos, cambiar nombres de calles, exhumar restos, y manipular la memoria histórica para satisfacer los odios y resentimientos. Por eso vemos que no hemos logrado ser una democracia madura, capaz de aceptar nuestra historia íntegra, con sus vicios y virtudes. Hasta ahora no había quien nos ganara en esta actitud destructora y censuradora hacia el pasado. Hoy, empero, cedimos el paso a los norteamericanos. Estatuas de los perdedores de una guerra civil decimonónica se cubren por plástico o se derriban sin cortesías en los campus. El fastidio se convierte en un pretexto de censura. La historia se edita para certificar los disgustos de grupos que reclaman la simpatía de todos y niegan la tolerancia a los demás.

¿Cómo reaccionaría el mismo san Junípero? Se burlaría, por cierto, de mi indignación. No le importaría la aprobación de una universidad. A las sedicientes víctimas pediría perdón con la humildad que corresponde a un santo. No sería capaz de lamentar la desaparición del paganismo indígena, pero sentiría angustia al saber que no se le haya sustituido por el cristianismo, sino por valores triviales y meretricios. Por todos estos motivos, merece conmemorarse. Y por todos ellos, si se deja de conmemorarle, lo mismo le da.

Felipe Fernández-Armesto ejerce la cátedra Reynolds de artes y letras de la Universidad de Notre Dame.

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