La venganza de Gerónimo

A veces un solo acontecimiento consigue expresar la perplejidad de toda una época. La muerte de Bin Laden es uno de ellos pues cierra un tiempo secular en el que el conflicto entre los pueblos tomaba la forma de la guerra y abre otro caracterizado por el terrorismo. Lo más civilizado de la especie humana había intentado poner algo de orden en ese momento salvaje que es la guerra, hablando de guerra justa: en la guerra no todo está permitido y el prisionero también tiene derechos que los contendientes deben respetar.

La forma en que Bin Laden ha sido muerto, juzgada con esos criterios, no quedaría absuelta. La suma de relatos contradictorios sobre cómo fue encontrado arroja el resultado de que aquello fue un asesinato selectivo o extrajudicial. Se fue a por él para matarlo. El aplauso generalizado a la operación Gerónimo por parte de los patriotas norteamericanos, de los presidentes de Gobierno del mundo occidental y de la opinión pública, revela que no se aplican al terrorismo los criterios morales ideados para la guerra justa. ¿Hay que lamentarlo? ¿Valen los criterios de la guerra para algo tan escurridizo como el terrorismo?

Son preguntas necesarias. Independientemente de esos juicios hipócritas que se rasgaron las vestiduras con la estrategia del GAL (tratar a los terroristas con los mismos métodos que ellos aplican a sus víctimas) y ahora la jalean porque nunca les importó la dimensión moral del problema, sino hacer daño al rival político, es obligado reconocer que ha cambiado la naturaleza del conflicto. El concepto de guerra va unido a un espacio que es su escenario, a un pueblo que la protagoniza y a un soberano legítimo que la declara. El terrorismo, empero, es omnipresente, se nutre de conciudadanos camuflados y sustituye la autoridad legítima por el poder de las pistolas. Ahora bien, ¿basta el cambio de modelo para que se pueda aplaudir el ajusticiamiento de un criminal como Bin Laden?

Quizá ayude a la respuesta la reciente reedición de un artículo publicado en noviembre de 1945 por Robert Antelme, un resistente comunista francés deportado al campo de concentración de Gandersheim, titulado ¿Venganza? El recién liberado protestaba enérgicamente por las represalias que exigían exdeportados franceses sobre prisioneros alemanes. Decía Antelme que actuando así los antiguos resistentes se ponían a la altura de los nazis. El recurso a la venganza suponía de hecho una negación de los ideales de respeto, justicia y libertad por los que ellos habían luchado. La edición reciente contiene una breve reflexión del filósofo Jean-Luc Nancy sobre la venganza que viene a cuento. Nancy señala que la venganza opera en contextos sociales en los que domina la creencia de que alguien -una persona física, pero también una institución- personifica el mal, es decir, no hay lugar en esos casos para molestarse en distinguir entre lo que uno es y lo que hace porque solo puede obrar el mal. Solo cabe eliminarle. La otra cara de la moneda es que si hay quien personifica el mal, también hay quien encarna el bien y ese tiene todos los derechos para imponer por la fuerza el bien que él representa.

Al lector no le costará identificar al país que creó la figura del eje del mal, que identificó al sujeto que encarnaba el mal absoluto y que se erigió a sí mismo en encarnación de los valores civilizatorios.

El discurso de Antelme podría ser uno más si no fuera porque está forjado en el seno de una catástrofe incomparablemente más grave, traumática e inhumana que el derribo de las Torres Gemelas. Por supuesto que no hay ranking entre víctimas. Todas merecen el mismo respeto. Pero los proyectos que subyacen a esas tragedias humanitarias sí son diferentes. Y el proyecto nazi tiene el triste privilegio de ser único en barbarie. Pues bien, si entonces hubo voces que denunciaron la venganza y exigieron justicia, no hay razones para claudicar ahora. No es más grave ni urgente el terrorismo yihadista que el hitleriano. Si ahora nos calláramos, daríamos el triunfo al fascismo que se asentó sobre la creencia de que había sujetos, como los de la raza aria, que eran por naturaleza superiores y otros, como los judíos, que eran por definición malos. Frente a ese tipo de prejuicios irracionales está el derecho que se atiene a los hechos, los analiza y los juzga con todas las garantías de defensa para el procesado. Lo que está en juego no es Bin Laden, sino el Derecho que nace para dejar de lado la venganza.

Particularmente inquietante es el aviso de Barack Obama al mundo entero al recordarnos que «cuando decimos (los americanos) que nunca olvidaremos, lo decimos en serio». Frente a quienes, como Antelme, piensan que la memoria es justicia, ahí la tenemos identificada con venganza. Si lo nuevo que aporta la reflexión moral sobre el terrorismo es la apología de la justicia como ajusticiamiento, habrá que reconocer que los ideales de justicia, dignidad y libertad, por los que tantos lucharon, están en retirada, víctima de confusas creencias sobre el bien y el mal que anuncian la reproducción de la barbarie y no su fin.

Por Reyes Mate, filósofo e investigador del CSIC.

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