La venganza de los ‘mandarines’

Desde el gran terremoto que azotó la costa del Pacífico de Japón a la altura de Tohoku el 11 de marzo de 2011, los medios de comunicación del país se han centrado obsesivamente en la magnitud de los daños físicos y la pérdida de vidas. Las traumáticas imágenes de vídeo del gran tsunami y los reactores nucleares dañados en la central Daiichi de Fukushima, transmitidos una y otra vez, han quedado grabadas en la memoria colectiva del país.

Al cumplirse un año de la tragedia, no hay duda de que los medios darán todavía mayor intensidad a sus informes y emisiones, animando a la opinión pública japonesa a actuar con incluso mayor decisión para superar el desastre. Pero puede que los japoneses ya hayan sido víctimas de un escollo imprevisto.

Lo que el público japonés ha sufrido en el último año es análogo a lo que los estadounidenses experimentaron tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Ambos acontecimientos distorsionaron fuertemente el discurso público. En los Estados Unidos, el gobierno empleó propaganda masiva para promover el apoyo público a la “guerra global contra el terror” que estaba a punto de emprender. Las imágenes de vídeo, en particular del derrumbe de las torres gemelas del World Trade Center, avivaron las llamas del conflicto.

En Japón, las imágenes del terremoto/tsunami/catástrofe nuclear se han utilizado para unir a la opinión pública japonesa en torno a la rehabilitación por parte de los burócratas de las regiones dañadas, así como la continuación de la prolongada relación de socio menor con los EE.UU., rechazada en las elecciones generales de 2008.

Pero, a casi un año del terremoto, el gobierno del primer ministro Yoshihiko Noda ha logrado escasos avances en la reconstrucción y la rehabilitación post-desastre. Muchos evacuados siguen viviendo en refugios temporales, y en las zonas devastadas todavía se puede ver enormes pilas de basura. Por el contrario, el sector privado reconstruyó rápidamente las principales instalaciones de producción en la región, restableciendo eslabones cruciales de las cadenas de suministro globales.

El disfuncional gobierno japonés, agravado por el inexperto e ineficaz Partido Democrático del Japón (PDJ), está en la raíz de esta incompetencia. Es cierto que el PDJ carece de mayoría en el Senado, que tiene el poder de vetar leyes importantes, y los dos últimos gobiernos del PDJ ha sufrido cuatro resoluciones de censura del Senado contra ministros del gabinete. Pero, aun con su mayoría absoluta en la Cámara Baja, el PDJ ha estado continuamente ocupado con sus luchas internas y la gestión de crisis políticas.

No es de sorprender que el público japonés se sienta totalmente desencantado del PDJ, que llegó al poder prometiendo una limpieza del régimen de cinco décadas del Partido Liberal Democrático. Los votantes expulsaron al PLD del poder en 2008 con la ingenua creencia de que un cambio de gobierno de alguna manera pondría fin al prolongado malestar político y económico en que se había sumido el país desde el estallido de la burbuja inmobiliaria a principios de los 90.

El optimista programa electoral PDJ, que hacía hincapié en la reforma y la recuperación económica, convenció a los votantes de que Japón podría volver sin dolor a su anterior y sólido camino de crecimiento. De hecho, el PDJ identificó la relación simbiótica entre el PLD y la burocracia -lazos que alguna vez se consideraron como fundamentales para permitir el crecimiento y la reconstrucción de posguerra- como la causa principal del estancamiento de Japón. Así, el primer ministro del PDJ, Yukio Hatoyama, se especializó en abusar verbalmente de los mandarines burocráticos del Japón, incluso aboliendo el consejo administrativo de viceministros, esencial para la coordinación de las políticas de todo el gobierno. Eso ayuda a explicar por qué esta coordinación estuvo notoria y lamentablemente ausente en las iniciativas de rescate, recuperación y reconstrucción tras el terremoto y el desastre de Fukushima.

Los ataques de Hatoyama no perdonaron a los mandarines de defensa y política exterior que forjaron la alianza EEUU-Japón, porque ellos también eran considerados parte integrante de la colusión entre el PLD y la burocracia, que estrangulaba la economía del Japón. Para los mandarines, la preservación de su papel en la gestión de la alianza era una importante fuente de poder. Como resultado de ello, Hatoyama también recalcó la necesidad de que Japón fuera más independiente de los EE.UU. en el marco de la alianza, al tiempo que propuso una vaga Comunidad de Asia Oriental.

Nueve meses después de la victoria electoral del PDJ, Hatoyama renunció, debido principalmente a su torpeza en el manejo de la alianza, en particular el asunto de la reubicación de la base del Cuerpo de Marines de EE.UU. en Okinawa. Se comprometió a retirar la base y, al mismo tiempo, se vio obligado por un acuerdo bilateral a construir allí mismo un centro de reemplazo.

Tras la dimisión de Hatoyama, los sucesivos primeros ministros -Naoto Kan y Noda- dieron marcha atrás en las reformas, tanto del manejo de la alianza como de política interna. En ningún aspecto es más visible el retorno a la simbiosis burocrática/gubernamental que en el énfasis de Noda en manejar la alianza como de costumbre, o en su terca intención de duplicar el impuesto al consumo del 5% (necesario para la protección de los feudos de sus mandarines), a pesar de la profundización de la deflación.

La sensación de impotencia que inunda hoy al pueblo japonés hace que los votantes se encuentren cada vez más susceptibles a una manipulación política que subraye la necesidad de confiar de nuevo en la burocracia para lograr una rápida rehabilitación de las zonas devastadas por el terremoto, y que ponga de relieve la importancia de la operación de rescate y ayuda realizada por el ejército estadounidense tras el desastre. Es revelador el hecho de que el gobierno del PDJ haya restablecido el consejo administrativo de viceministros que Hatoyama había abolido.

Al igual que los estadounidenses, los japoneses necesitarán algún tiempo, quizás varios años, antes de darse cuenta de que han sido engañados. Hasta entonces, los mandarines no tienen nada que temer.

Por Masahiro Matsumura, profesor de Política internacional en la Universidad de St. Andrew (Momoyama Gakuin Daigaku) de Osaka.

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