La verdad de las puertas de hierro

En uno de sus célebres relatos, Borges escribe que, en su biblioteca, tiene libros que nunca podrá leer o releer. Es una de las señales de la muerte, que le impedirá y ya ha comenzado a impedirle tantas cosas. Una biblioteca es un custodio de la vida, pero también es un cementerio, a veces monumental. A menudo, el dorso de tal o cual volumen insiste hasta que se le coge de la estantería y se comienza a leerlo o a releerlo. Hacía tiempo que la vista se detenía en Las puertas de hierro, de Stefano Terra, atraído sobre todo por su título, nombre de aquella ciclópea zona encerrada en el Danubio, en la frontera yugoslava (ahora serbia)-búlgara, a través de siglos de barreras, peajes, destierros, intrigas, espionajes y venta de armas y de personas.

El libro lleva una dedicatoria de 1979, el año de su publicación. Inmediatamente le di las gracias al autor, pero como suele suceder con la avalancha de libros que uno recibe, saldé mi deuda con él hace apenas un mes, 32 años después de la muerte de su autor. La lectura, diferida durante 40 años, es como un torbellino que, a veces, se calma, como las aguas encadenadas de Las puertas de hierro, hasta precipitarse irremediablemente en las gargantas balcánicas, dispuestas a desbordarse de furia.

La verdad de las puertas de hierroEn la época en la que Terra escribía su novela, Las puertas de hierro eran un teatro más o menos disimulado de intrigas entre las pequeñas potencias locales y las grandes potencias que, jugando cínicamente con ellas, luchaban por el dominio del mundo partido en dos por los infames acuerdos de Yalta: el hemisferio soviético y estalinista; y el occidental, a la sombra de Estados Unidos. Turinés, hombre de muchos misterios, viajes y aventuras, emigrante antifascista, periodista y escritor, nómada en la vida y en el alma, con robustas raíces piamontesas y libertarias, poeta y, sobre todo, narrador, Terra es un auténtico escritor. En su época, obtuvo importantes premios y reconocimientos. Y actualmente participa del habitual olvido que, a menudo, caracteriza a los primeros años o décadas después de la muerte de un autor y que, ahora, además, es fruto del Alzheimer generalizado que sufren, sin distinción de edad, nuestra época y nuestra cultura.

Por lo demás, fama y olvido, primeros puestos en las clasificaciones y supervivencia olvidada en las estanterías de los libros usados, son el ritmo perenne de la literatura, a la que, por otra parte, no le viene mal desaparecer para reaparecer como un agente secreto.

Las puertas de hierro es una novela, a su manera, policíaca, o, mejor, de espionaje, el género en el que Scerbanenco se hizo inmortal. Quizá ningún otro libro sea tan radicalmente la prueba de fuego de una época como una novela de crímenes y de espías. Lo demuestra, incluso, el éxito actual de la narrativa de este tipo. Pero hay una gran diferencia de valor histórico entre el amarillismo tradicional con sus delitos privados y sus truculentas historias sociales, y las novelas que se zambullen en el corazón y en los enredos de una época, en las esperanzas y en las perversiones en las que se juega no la solución de un crimen individual, sino el destino del mundo y la lucha, a su vez a menudo pervertida y degenerada, para darle un sentido, para crear una vida más libre y más justa.

En la novela de Terra, al igual que en las de Le Carré, los personajes, las tramas, las ambigüedades, los ideales, las traiciones de los servicios secretos, de los Estados y de las fuerzas políticas se insertan en una visión del mundo y de las formas, aunque tal visión esté a menudo manipulada, dirigida y utilizada por la lógica de las potencias o transformada en aberrante violencia. Pero -auténtico o mentiroso, puro o manchado, racional o fanático- el protagonista de tantas vidas perdidas es el sentido que hay que dar a la vida misma, a la vida de todos.

La acción de Las puertas de hierro se desarrolla, sobre todo, en el París de los años 1946-47, a la sombra de la Conferencia de Paz que clausura la Segunda Guerra Mundial. Son los tiempos en los que De Gasperi pronuncia su famoso discurso ante la mirada helada y hostil de casi todos los delegados; mientras el joven Andreotti se sorprende de ver celebrada como víctima del nazismo a Austria; mientras les recuerda la entrada triunfal de Hitler en Viena entre multitudes que aplauden y cardenales que entonan el hosanna, así como el plebiscito casi total de la población a favor del Anschluss nazi, que degradaba a la Austria imperial a mera marca oriental. Y es que, entre los motores de la historia, también fulge el de la hipocresía.

En torno a aquella Conferencia de Paz, con su abanico de diplomáticos, políticos, generales, periodistas y gente de toda condición, se reúne una gran cantidad de espías espiados, complots auténticos o simulados, militantes políticos de todo tipo, héroes y sicarios de las organizaciones más diversas, periodistas que andan a la caza de misterios y de problemas sin esperar a las noticias en las redacciones.

Uno de ellos es el falso periodista -y, sin embargo, también en parte auténtico porque toda función, para ser creíble, debe convertirse en pura realidad, como un agente que se hace pasar por director de un banco debe dirigir realmente el banco- con el que Gerolamo Traversa, el yo narrador y el auténtico periodista mantiene una relación ambigua y preñada de auténtica simpatía humana. Una solidaridad que en él no puede convertirse en política, pero que se basa en una afinidad y en una potencial fascinación política.

Junto a una enigmática mujer, probablemente egipcia, Fioravanti -que así se llama el revolucionario- se une al proyecto de dar vida y fuerza concreta a una Cuarta Internacional comunista, frente a la Tercera estalinista y contra el mundo capitalista. Para ello, tiene que relacionarse con los grupos de lucha armada activos, sobre todo, en la zona de las puertas de hierro, pero también operativos por doquier, que proyectan un atentado para reivindicar a Trotsky.

Un caos molecular, una maraña difícil o imposible de desentrañar, como sucede a menudo en la naturaleza de los movimientos extremistas, utilizados frecuentemente de tal manera que pareciera que se quieren destruir a sí mismos como los Arcángeles del Juicio final, incluso al precio de un derramamiento de sangre no menos abundante de aquel cínicamente derramado o hecho derramar por algunas potencias que, sin embargo, se sientan en la ONU. Pero lo que cuenta es que, en esta pelea de engaños y errores, se trata siempre de conseguir, a veces de una manera catastrófica, lo que le interesa al mundo, a toda la humanidad. Hoy, en cambio, falta confianza en la posibilidad de construir un futuro más digno para todos los hombres. Falta aquella fe que, como dice el Evangelio, mueve montañas.

La Cuarta Guerra Mundial que hoy se está librando en diversas partes del mundo no persigue metas universales. Nadie sabe siquiera quiénes son los aliados y quiénes los enemigos. Thomas Mann decía que los tiempos del nazismo eran tiempos morales porque, al menos, se sabía quién era el enemigo a batir. Pero pronto los aliados se convirtieron en enemigos, como, por otra parte, ya lo eran antes; y los ideales de libertad se tornaron puros instrumentos retóricos.

Quizá precisamente por eso, la actual y triunfante novela negra narra, a menudo, delitos y desencuentros feroces, pero mezquinos, como litigios de una comunidad. Porque también sus miembros saben ser feroces. La auténtica novela negra debería referirse también y, sobre todo, a las cosas y a las preguntas últimas, dado que se mueve entre la vida y la muerte.

El Edipo rey y los Demonios son también grandes y trágicas peripecias policíacas, que buscan la verdad del mal. Y por eso son también testigos religiosos. El sentido religioso -salvajemente libre de cautelas, autoengaños y convenciones- es aquel que más que ningún otro sabe mirar a los ojos al mal. La novela de Terra no es una investigación para descubrir quién mató al amante o quién es el tío que desheredó al sobrino, sino que aborda la necesidad y la imposibilidad de la revolución.

Claudio Magris es escritor y traductor, y profesor de la Universidad de Trieste (Italia).

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