La verdad de un retrato

Retrato de España, se llama el libro. Mas no hay retrato que no sea enigma. Y a mí, ese título me ha traído al recuerdo una maravillosa carta que, en el año 1674, escribe el segundo abad de Saint-Cyran y maestro espiritual de las monjas de Port-Royal, Martin de Barcos, acerca del más grande retratista francés del siglo XVII, Philippe de Champaigne: «Las pinceladas, por muy bellas que en sí mismas sean, deben ser tomadas en consideración tan sólo en la medida en que estén al servicio de la verdad y la hagan más presente y más viva. Cuando la destruyen y la desfiguran, merecen ser rechazadas y despreciadas, como esas bellas palabras que no hacen más que mentir y engañar a los hombres». Un retrato es verdad, o bien es nada. Peor: «deshonra del arte mismo».

¿Cómo esbozar un retrato de España que se quiera verdadero? Y un retrato del correr de un siglo que, por ser el nuestro, nos viene dado a través de esa red de afectos en cuyos nudos lo más íntimo de nuestras conciencias fue tallado. La historia en la cual hemos vivido –o en la cual vivieron los nuestros– es necesariamente la más distorsionada de todas las posibles, porque nuestra memoria nos la impone como horizonte sentimental. En la memoria no hay verdad: ni demostrable ni refutable. Hay sólo afecto, afecto al cual en vano fantasearíamos arrancarnos: esa malla de emociones y pasiones, de atracciones y rechazos, de amores y odios es nosotros. Y con nosotros la acarrearemos hasta el final de nuestros días. Pero aquel que se resigna a confundir sus heridas y sus gozos con el helado análisis del tiempo ido, se condena a soñar despierto y a llamar realidad a lo que sueña.

¿Cómo puede ser retratada la verdad? Más aún: ¿cómo podría serlo la que busque establecer la minuciosa cartografía de un siglo que, en la memoria de quienes lo vivimos, tiene la resonancia de un tiempo trágico en el cual vemos nuestro espejo? Rompiendo el espejo, porque todo espejo miente. La memoria más que ninguno, porque en su imaginario azogue ve el que mira nada más que lo que anhela recuperar de sí mismo.

El retrato al cual damos nombre de historia nace en una ascética: la que renuncia a interpretar y, aún más, a buscar sentido –que es siempre imponer el nuestro– a lo ocurrido. «No reír, no alegrarse ni deplorar, menos aún detestar las actuaciones humanas, sólo entenderlas», aconseja el clásico. Aunque el clásico sepa muy bien cuan difícil es ajustar a su regla aquello que de más cerca nos afecta: nuestra historia. La distorsión valorativa trueca el retrato en leyenda, la biografía en novela. Nada, a partir de ahí, concierne ya a los juegos regulados de la verdad. Y sí al taller de las emociones: el grato territorio de la fantasía. Se retrata la verdad de lo que vivido, protegiéndolo de la memoria, que es siempre legendaria. Poniendo, en su lugar, la aspereza del archivo. Y eludiendo interpretar aquello que, por ser tan íntima, tan insoportablemente nuestro, volcaría la interpretación en alegoría o fábula, en consuelo. Los consuelos son gratos. Y engañosos. En el campo de la historia, los consuelos suelen ser devastadores.

Dejar hablar a la historia, sin esperar nada de ella. Salvo verdad. En esa ascética se cifra la tarea del historiador. Y este Retrato de España pone, a todo aquel que trate de abordarla, ante el lugar desde el cual sólo puede afrontar su proyecto: los archivos, que, en su blindada indiferencia, preservaron la dura geometría de lo sido.

Retrato de España es una primera visita guiada al inmenso archivo de ABC. Y ese archivo se revela como un patrimonio primordial de la España del siglo XX. No patrimonio moral tan sólo, aunque también lo sea. Patrimonio material, sin demasiados equivalentes. Puede que uno de los acontecimientos mayores de la actual vida intelectual española haya sido el de haber puesto a libre disposición pública online ese enorme fondo en el cual todo lo que aquí sucedió en los últimos ciento diez años queda registrado. Esos archivos –y no nuestros recuerdos– son la España del siglo: la que habrán de desmenuzar y descifrar historiadores futuros, ya ajenos a este peso emotivo que arrastra consigo nuestro evocar cuanto vimos y vivimos, cuanto vieron y vivieron aquellos a quienes amamos: el peso de nuestra auto-leyenda biográfica.

Porque, en esa auto-leyenda, una distorsión primera nos atenaza a todos: transversal a convicciones. La narración mitológica del siglo XX español se artesana sobre un ciclo cronológico muy corto: el que va de 1936 a 1939. Era inevitable que así sucediera: los tres años de atroz carnicería en familia aparecen como epítome de las peores pesadillas de la España moderna. Lo peor tiene siempre dimensión grandiosa, en torno a cuyo tótem, como hipnotizados de horror, giramos y giramos, en un pesadillesco modo de exorcismo. Pero ésta es nuestra enfermedad, la de nuestra alma de hombres heridos. La historia nada sabe de afectos ni de enfermedades. Ni de heridas. Sólo de la larga paciencia que permite recomponer la red de determinaciones múltiples en cada acontecimiento.

Reducir la historia de España en el siglo pasado a un prólogo de tres decenios y un epílogo de cuatro, en torno a un solo acontecimiento de tres años, es una alucinación. Emocional y estéril. La guerra civil marca el pasaje más trágico del siglo. No es el siglo. Determina nuestro estar en él. Pero nunca saldremos de su cárcel simbólica, si no entendemos lo primordial: que hubo siglo y no sólo guerra. Es la tarea que aguarda a futuros historiadores, menos malheridos de recuerdo que nosotros. Y es eso lo que permiten rastrear los archivos de ciento diez años de ABC: estos cuyo primer avance pone ante nosotros Retrato de España.

¿Habría sido la historia de España en el siglo XX tan sólo un estallido de aniquilación entre dos nadas? No, claro que no: es algo que, en rigor frío, no puede tener ni pies ni cabeza. Lo que estos archivos muestran es la heterogeneidad en la cual el curso del tiempo siempre debe desplegarse. Están aquí otras cosas: todas. Más sutiles, más complejas: las que –hipnotizados por nuestro drama propio– no acertamos a ver. Son menos maniqueas, desde luego. Y menos trascendentes: la trascendencia suele mentir para preservarse a sí misma solemne, y los historiadores saben cuan necesario es protegerse de sus arquetipos. El archivo da constancia de cómo, pasado el tiempo y despojados documentos e imágenes de la emotividad que sobre ellos proyectamos, todo dato es tan insoslayable como cualquier otro: la historia, que alguien habrá algún día –cuando toda emoción se haya perdido– de trazar, está en igual medida hecha de lo grandioso y lo ridículo, de lo trágico y lo risible, de la maravilla igual que de lo sombrío. La historia es todo. No lo que importa o lo que nos importa. Todo aquello en lo cual se teje nuestra nada.

Yen ese archivo habremos de entender hasta qué punto el mito de las dos España sólo sirvió para una cosa: no entender nada. No, no son dos, son muchas las Españas que caben en un siglo de España. Son armónicas, a veces. Y, a veces, desgarradas. Son todo lo que en el alma de cada uno de nosotros se cruza y nos hace antagónicos con nosotros mismos, a la manera en que da tan bella cuenta el doble movimiento del Díptico español de Luis Cernuda: «Es lástima que fuera mi tierra» / «Bien está que fuera tu tierra».

En el prólogo de este Retrato de España, Catalina Luca de Tena recoge las palabras del fundador de ABC a un bienintencionado que buscaba advertirle sobre el pasado rojo y estrafalario de un tal Azorín. «Lo tenía y lo tengo por un escritor prodigioso», responde don Torcuato. Y ni una palabra más es necesaria. Su periódico se ha fundado sobre un culto básico: el de la buena escritura, que es lo mismo que la escritura verdadera. Y, en ese culto, el hombre del siglo XX se hermana con el abad que medita sobre el más grande pintor de su siglo XVII. Un retrato es verdad. O bien es nada.

Por Gabriel Albiac, filósofo y escritor.

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