La verdad se defiende sola

Cuando el equipo Sánchez asaltó La Moncloa, apoyado en el separatismo y el neochavismo, los demócratas temimos que el usufructo de todos los recursos públicos elevara su cuota de apoyo electoral. Así sólo se las pusieron a Felipe II, y en junio cabía sentir escalofríos ante la perspectiva de que el fraude fuese dejando de parecerlo, con ayuda del dinero y los demás mecanismos de condicionamiento.

En octubre compruebo que ni con el aparato generador de reflejos condicionados, ni apelando a envenenar la relación entre hombres o mujeres, y ni siquiera comprometiendo la prima de riesgo con promesas de más gasto, tiene este Gobierno un sufragio adicional. Al contrario, nadie duda de que, a la chita callando, volvió Zapatero, y de que el plan gubernamental es aplazar a toda costa la consulta popular, pues podría comprometer el bipartidismo -turnismo, se llamaba en tiempos de Cánovas y Sagasta-, y con ello el enjuague a partir del cual fue arraigando no ya una clase sino una casta política.

En los ratos libres que le dejaba defender a Maduro del golpismo, el principal impulsor del movimiento separatista -merced a las magnánimas trasferencias decretadas en 2007- aconsejó sostener al languideciente PSOE cediendo educación, cultura y propaganda al no menos languideciente Podemos, y jugar entretanto al no pero sí con los golpistas catalanes, el PNV y el conglomerado Amaiur. Con todo, Zapatero es capaz de sostener ruedas de prensa donde las preguntas no sean conocidas y aceptadas de antemano, y Sánchez evita por sistema debatir, limitándose a leer cuando no repite breves clichés de la cuerda posverdadera.

Su proyecto vital coincide con ocupar La Moncloa, y hasta ocho veces repitió «soy el presidente del Gobierno» en una entrevista sobre su tesis doctoral, culminada por un «haré lo que quiera en la Cámara». Las circunstancias hicieron que prevaleciese en las primarias del PSOE sobre rivales como Susana Díaz y Patxi López, no destacados por elocuencia, y mirándolo desde su anhelo, ¿por qué no sería primer magistrado quien sólo padece una afasia moderada, manifiesta en el vocabulario restringido y la sintaxis envarada propias de ese ente clínico?

Atendiendo a la facultad de explicarse y convencer. ¿no estaremos ignorando el derecho preferencial del desfavorecido? ¿No será cruel pensar -como Heráclito- que quien no sabe nombrar tampoco sabe reflexionar, y se ve abocado confundir sueño con vigilia? Cada cual hará bien decidiendo por sí mismo la cuestión en términos generales, por más que el laconismo verbal de Sánchez impida ser ecuánime sin conceder algún minuto al trabajo merecedor de sobresaliente cum laude. A título de presentación y resumen, el autor empieza definiendo su trabajo como investigación sobre «las innovaciones que en el terreno de la Diplomacia Económica han liderado los diferentes niveles del sector público español».

Algo le llevó a pasar por alto que «las innovaciones […] han liderado» no es sintácticamente español, y tampoco un juicio lógico, pues trae a colación dos esferas -la del cambio y la del liderato- ignorando el mediador capaz de relacionarlas. Si innovar pudiese liderar, liderar podría innovar; pero que los cuerpos sean divisibles no convierte a los divisibles en cuerpos, y dar por reunido lo simplemente pegado constituye un atropello simultáneo a la letra y el sentido. Podría deberse a mera prisa, tras no descubrir a la primera ni el verbo ni la construcción adecuada, y ser el eco de limitaciones expresivas más o menos congénitas, así como un precipitado de ambas cosas.

En cualquier caso, lo siguiente no necesita denostarse por plagio, recurso a negros o testimonio de la guerra al mérito inaugurada con la omnipotencia del Departamento, una institución de raíz bolchevique introducida por la LRU de 1982. La llamada Diplomacia Económica es una profecía autocumplida, amparada en el ramillete de literatura ad curriculum creada para doctorarse por vía exprés, u obtener tramos de investigación reconocida, y es una materia sobre la cual no existe un solo tratado merecedor de tal nombre. Si la curiosidad nos lleva a precisar «las innovaciones que lideran los diferentes niveles del sector público español», comprobaremos que son algunas medidas relacionadas con el turismo japonés. No es broma, aunque lo parezca.

Al llegar el otoño, la confianza en que la verdad prevalezca sobre trileros y tramposos recibió una inyección imprevista del propio Gabinete, que tras demostrar su vocación de austeridad burocrática creando cuatro nuevos Ministerios, y doblando los consejeros y altos cargos nombrados a dedo, logró un segundo récord de fragilidad con las dimisiones de dos ministros, el terror del presidente ante cualquier tipo de conversación grabada, y el divertido caso de la ministra de Justicia, que musita incoherencias tras llamar «mariconazo» a su colega Grande-Marlaska. Éste, un magistrado que representa a España como titular de Interior, no tiene inconveniente en departir amistosamente con quienes aborrecen todo cuanto él prometió defender.

Si de algo sirvió el golpe fallido de Puigdemont y compañía fue para mostrar que los independentistas ni rozaron -ni menos aún rozan hoy- el 51%, condición inexcusable para hablar siquiera de secesión. Pero sin el teatro de «disposición al diálogo» cesaría la opereta montada al amparo de sus contados escaños, tan cruciales para sostener el pero no donde vivimos. En junio me preocupaba lo que toda masa tiene de inercial, cuando no de linchadora, y hoy me felicito viendo que los golfos apandadores son tan ávidos como torpes. Las temidas consultas populares están al caer en Andalucía, y veremos si para entonces su jefe nominal logra hurtarse al peso acumulado de la mala fe y el ridículo.

El tiempo puede ser largo, aunque lo verdadero acaba ocurriendo una y otra vez. Nada consuela tanto como saber que lo bueno, lo bello y lo justo son siempre inseparables de amar la libertad.

Antonio Escohotado es ensayista.

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