La verdadera caverna

Hay una pregunta básica que no se le ha planteado misteriosamente al lendakari Urkullu, cuando la pasada semana aseguraba que sentía como propias las ofensas vertidas contra la ciudadanía española en ese troglodítico programa de la EITB sobre el que tanto se ha hablado y escrito: «¿Siente también usted como propias las ofensas que profirió contra los españoles Sabino Arana, el fundador de su partido?».

Si las palabras de Urkullu fueran sinceras, capitanearía una revisión de su propia ideología, que es la gran asignatura que tiene pendiente el PNV y que no ha aprobado en toda la etapa democrática: la renuncia al legado sabiniano, que es donde está la raíz de lo que se dijo en ese desdichado espacio televisivo; de donde salió ETA y de donde sale todo el ideario de odio que hoy se enseña en la escuela vasca. ¿Por qué Felipe González fue capaz en 1979 de imponer al PSOE la renuncia al marxismo, mientras que a los dirigentes del PNV ni se les pasa por la cabeza un «aggionarmento» similar con respecto al aranismo? ¿Por qué nadie se lo exige cuando constituiría una indispensable premisa para sentar las bases elementales de un proyecto democrático? ¿Qué es lo que pasa para que se consideren eximidos y para que les eximamos de esa exigencia? ¿Es que no sólo ellos se creen superiores sino que los reconocemos como tales los demás españoles?

Cuando una de las lacras que padecemos en nuestro país se convierte en noticia, tenemos la costumbre de quedarnos en lo superficial y lo anecdótico, en la letra negrita de los nombres propios, en el calentón, en el ruido mediático y en el arrebato emocional, que luego se apaga con ese mismo ruido. Pero quizá es ahora, que ha amainado la tormenta en torno a ese caso concreto –el de esa flatulencia de la televisión oficial vasca titulada «Euskalduna naiz, eta zu»– cuando se debe imponer una reflexión mínima. El PNV es un partido fundado por un individuo que emborronó cientos y cientos de páginas explicando que el español es un ser inferior en todos los órdenes, desde el genético y fisiológico al intelectual y moral; comparando a éste con el mono y sentando, así, un clamoroso precedente del nazismo que regaría de sangre el siglo XX. Lo que dijo esa pandilla de risueños paniaguados del régimen nacionalista en «su tele» no es más que una «actualizada» síntesis de aquel discurso sabiniano del odio etnoideológico del que surgió todo el nacionalismo vasco, su proyecto independentista y el propio terrorismo que ha asolado la vida nacional durante más de medio siglo, sin que hubiera el menor amago de revanchismo contra esa región por parte de las gentes de esa Nación a las que una vez más se les insulta. Lo que muestra ese akelarre festivo, ese charco de fango xenófobo en el que chapotea feliz esa peña de genios, no es más que una parte insoslayable de la vida cotidiana vasca; lo que se mueve entre los bastidores sociológicos de esa Euskadi de la falsa corrección política que abraza solidaria al inmigrante magrebí por aversión al vecino, al hermano, al paisano. Esa misma Euskadi en la que se retiran las placas de Covite, pero tiene una estatua Sabino Arana; en la que se creó una plataforma para expulsar en junio de 2015 al PP del Gobierno municipal de Vitoria acusándolo de xenófobo; en la que Miren Iturbe, la directora de la EITB, no va a dimitir, pero en la que fue cesado el delegado del Gobierno Carlos Urquijo el pasado 30 de diciembre por denunciar hechos como el que ahora nos ocupa. Lo único sorprendente que hay en todo este asunto son los silencios, las omisiones, la amnesia sobre lo que ha sucedido hace sólo dos años o dos meses, pero no se quiere ni mentar. ¿Dónde está el nuevo delegado de Gobierno en el País Vasco ante ese desafío de un medio oficial al Título Preliminar de nuestra Constitución? ¿Dónde está SOS Racismo Euskal Herria, la organización que se empleó a fondo contra Maroto? ¿Dónde está Maroto, que denuncia la cultura del odio en ese programa, pero sin hacer la menor alusión al pifostio que le montaron a él en nombre de ese extraño racismo antirracista?

De acuerdo: no es ésa toda la realidad de mi tierra, pero sí una parte innegable que sólo puede ignorar quien quiere ignorarla y que puede hacer insufrible la existencia diaria a los ciudadanos que hayan tenido el valor de exteriorizar en su pueblo, en su barrio, en su entorno social o en los medios de comunicación, alguna resistencia a la ideología oficial. Una parte de la realidad que fractura «discretamente» a la sociedad vasca en dos comunidades que sólo pueden mantener la ficción de la convivencia jugando a ignorarse mutuamente cuando ello es posible –por ejemplo, en un medio urbano–, pero siempre a costa de la renuncia, de la mordaza, del disimulo, de un sutil y tácito sometimiento de la comunidad que no es nacionalista a la otra. Y es que los personajes que comparecen en ese programa describiendo al español como cateto, facha, machista, atrasado, ignorante, prepotente y todo lo demás, son los vascos de primera; una especie protegida y mimada por las instituciones. Son los dueños del país. Todos los demás somos de segunda, tercera o cuarta categoría frente a ellos. Ellos son los que tienen todas las puertas abiertas y los que te miran desafiantes como si la razón ética y dialéctica, histórica y prehistórica estuviera de su parte, sólo por ser quienes son, y como si tú fueras un sospechoso, un advenedizo, un mierda por ser quien eres; por no ser de su secta.

Son, en fin, la verdadera caverna. Es curioso que utilicen esa metáfora contra los demás los que han hecho una mística de la oscuridad del origen antropológico, una religión estética del cromlech neolítico y una poética colectiva de las cuevas de Santimamiñe. No se puede ir de RH negativo y pleistocénico por la vida, de cavernícola engreído, y luego hacer asquitos a la caverna ajena. Como no se puede ir de euskaldun buenista que ve fachas por todas partes y luego salir en ese programa como sale el actor Joseba Apaolaza, arremetiendo en un chiste no ya contra los españoles sino contra el pueblo mongol y contra los afectados por el síndrome de Down, o sea, marcándose una triple y espectacular carambola contra toda la corrección política de la que hace gala el mundillo abertzale y demostrando que ésta es una pátina epidérmica que esconde una bestial insensibilidad.

Demasiado a menudo nos quedamos, sí, en la negrita de los nombres que, por sí mismos, no llevan a ninguna parte. No seré yo quien pida que se les cierren fuera del País Vasco a Joseba Apaolaza ni a Miren Gaztañaga las puertas que en el País Vasco se me han cerrado a mí y a la gente como yo, gracias a la gente como ellos. No será uno quien se quede en los nombres y en la anécdota, que deben servir para ir más allá de lo nominal y lo anecdótico, para extraer alguna conclusión en esta España y en esta época tan refractarias a la abstracción; para entender algo del presente que nos rodea. Estamos, por ejemplo, preguntándonos sesudamente todo el día por qué en nuestro país no ha cuajado un populismo de signo racista y xenófobo como el que ha cuajado en el resto de Europa. Pues bien. En nuestros nacionalismos periféricos tienen la respuesta. En España sólo ha crecido el populismo de extrema izquierda porque ha sabido hacer suyas las banderas del peor populismo de extrema derecha: la autodeterminación, la secesión, el odio a España y a lo español que dejan ver los actores del culebrón del «procés» y los de ese esperpento de la televisión vasca.

Iñaki Ezkerra, escritor.

1 comentario


  1. Expresa bien lo que muchos pensamos. Sólo falta una alusión a los orígenes carlistas del engendro para situarle aún más en la caverna

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