La vertical del poder de Putin

Por Josep Borrell, Presidente de la Comisión de Desarrollo del Parlamento Europeo (EL PERIÓDICO, 04/12/07):

La momia de Lenin sigue expuesta en la Plaza Roja, pero si despertara, su sorpresa seria mayúscula ante el despliegue de lujo consumista occidental que hoy albergan los viejos almacenes del Estado que tiene enfrente. Pero no había lugar para sorpresas en las elecciones legislativas rusas. El resultado ha sido el esperado. Un partido dominante, Rusia Unida, con mas del 60% de los votos, dos partidos, Rusia Justa y el ultra nacionalista Partido Liberal, de leal oposición, nacidos o controlados a la sombra del Kremlin, y una oposición real limitada a un debilitado Partido Comunista.
Los partidos que podrían considerarse homologables a los occidentales quedan fuera de la Duma, como les ocurrió en el 2003 por no haber superado el umbral mínimo, que había sido elevado, por si acaso, del 5% al 7%. La reforma electoral prohíbe a los independientes presentarse a las elecciones y establece condiciones muy exigentes para formar partidos políticos, por lo que Kasparov, detenido durante la campaña electoral, y su coalición Otra Rusia no pudieron ser candidatos.

EN REALIDAD estas elecciones eran más un plebiscito sobre Putin y una forma de hacer perenne su poder después de que deje la Presidencia el próximo marzo. Las condiciones en las que se han desarrollado, con una presencia de Rusia Unida dominante y con medios financieros y administrativos muy superiores a los de los demás partidos, son reflejo de la restauración de la autoridad del Estado, denominada “vertical del poder”, emprendida por Putin bajo los conceptos ideológicos de “democracia soberana” y “dictadura de la ley” que recuerdan, como poco, al centralismo democrático. Un proceso que pasa por un fuerte control de la sociedad civil y de los medios de comunicación, reducción de la autonomía regional y fortalecimiento de la autoridad presidencial a expensas de un sistema democrático equilibrado.
Hay en realidad muchas cosas en estas elecciones poco homologables con nuestros sistemas políticos occidentales. Para empezar, el que el presidente de la Republica sea candidato a diputado, liderando Rusia Unida, cuyo programa se denomina plan Putin, y su victoria se presenta como la victoria de Rusia frente a una oposición descalificada por representar intereses extranjeros. El control de la televisión pública o la negativa sistemática de Rusia Unida a participar en debates. El que sea candidato el agente del KGB sospechoso de haber asesinado con polonio en Londres al opositor Litvinenko. Cambiar al Gobierno y nombrar nuevo primer ministro después de haber convocado elecciones. La imposibilidad de votar por correo junto a un sistema que permite votar en cualquier colegio electoral y que plantea muchas criticas por las posibilidades que ofrece de condicionar el voto. Las alabanzas publicas a Putin por parte del presidente de la Comisión Electoral, o las declaraciones del propio presidente de la Duma sobre el reducido papel que a esta le corresponde, convertida en Cámara de registro de las decisiones gubernamentales.
Las condiciones a la Oficina de Democracia y Derechos Humanos (ODIHR) de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE) para actuar como observador electoral no fueron aceptadas por esta por considerar que no le permitían ejercer adecuadamente su función. No tendremos, pues, el testimonio de este órgano especializado para juzgar con objetividad estas elecciones, mas allá del ambiente que se puede percibir, de lo ocurrido con Kasparov y de las denuncias de la oposición. Sí han actuado como observadores los parlamentarios del Consejo de Europa y de la OSCE, pero su presencia sobre el terreno se limita a las 48 horas anteriores a la votación, mientras que las misiones de la ODIHR cubren el territorio con centenares de expertos durante toda la campaña electoral.
La negativa rusa a aceptar observadores de la ODIHR forma parte de la actitud de Putin de “no dejarse dictar las condiciones por Occidente”, como hizo con la guerra de Chechenia, una de las bases de su innegable popularidad. Aunque su estilo autoritario haya debilitado las frágiles bases de su joven democracia, los rusos valoran la reconstrucción de la autoridad del Estado, el control de la economía y el regreso como gran potencia a la escena internacional.
Nada de eso hubiera sido posible sin la escalada de los precios del petróleo y del gas y la explotación de sus grandes reservas. Pero los años amargos de Yeltsin, el caos económico de los años 90 con un PIB que se dividía por dos, los enormes sufrimientos de una población que se hundía en la miseria mientras una minoría de oligarcas se enriquecía al calor de las privatizaciones, un imperio desmembrado, la corrupción y el crimen organizado adueñándose de un país amenazado de implosión por la centrifugación del poder entre sus entidades regionales, avalan un retorno a una autoridad fuerte en un país en el que la casi esclavitud feudal mantenida hasta 1861, el zarismo, 70 años de comunismo y 10 de ultraliberalismo salvaje no han desarrollado los valores democráticos.

GUSTE O NO, el austero y sobrio agente del KGB que se quedó en paro en 1990 sintetiza y refleja la voluntad de revancha de la humillación histórica que significó para los rusos el fin de la URSS. Algo que Putin no tiene empacho en definir como “la mayor catástrofe de Rusia en el siglo XX”.
Ciertamente, la transición brutal de la economía planificada a una de mercado fue un gran fracaso que ha generado enormes desigualdades. Rusia tiene grandes debilidades, demográficas, industriales y de salud, con una esperanza de vida masculina que no llega a los 60 años. Pero, apoyada en su riqueza energética, poco a poco se levanta. Es seguro que Putin no dejará la “vertical del poder” en marzo. Aunque nadie sabe en Moscú cómo lo hará para quedarse mientras se marcha.