La Vespa y la cerradura

“Por lo menos, que me dejen mi miniatura de Vespa”, cuentan que exclamó Tomás Gómez, hasta hace poco jefe de los socialistas madrileños, al enterarse de que la ejecutiva del PSOE había cambiado la cerradura de la sede de la Federación Socialista Madrileña como en las más suculentas peripecias de divorcio.

¿Con quién se habrá acostado para merecer tan tajante expulsión? ¿O no lo merece? ¿Adónde le llevó un tranvía llamado deseo desde su feudo de Parla? ¿Habrá seguido el camino de perversión de su correligionario Dominique Strauss-Kahn, en versión política y no sexual? Tal vez sepamos un día la verdad si el exdiputado Gómez cumple su amenaza de llevar el tema a los tribunales.

Lo seguro es lo inusitado de una expulsión del candidato a presidente de la Comunidad de Madrid cien días antes de unas elecciones decisivas, en un audaz gesto de autoridad por parte de Pedro Sánchez, el renovador secretario general del Partido Socialista Obrero Español. Pareciera un suicidio electoral, pero lo interesante es que una encuesta en caliente para el diario El País señala una aprobación sustancial de los votantes del PSOE en Madrid y sobre todo un aumento espectacular de la intención de voto en esa comunidad que situaría al PSOE en cabeza a expensas de Podemos. Manipulación, clama Gómez, afirmando que El País es parte interesada en su destitución sin aclarar a qué intereses sirve el aún primer cotidiano de España. Pero cualquiera sea la fiabilidad de la encuesta, no tanto por falseada sino por excesivamente coyuntural, plantea una cuestión interesante.

¿Puede el PSOE revertir su caída de apoyo electoral mediante actos palpables de lucha contra la corrupción (o sospecha de corrupción) en el seno del partido? ¿Puede Pedro Sánchez regenerar la imagen del que fue el gran partido español y recuperar la confianza de un electorado que lo abandona masivamente a pesar de la crisis paralela que atraviesa el Gobierno del Partido Popular? No sería misión imposible si su autoridad fuese reconocida y si pudiese unir al partido en torno a un proyecto de limpieza y democracia interna y giro a la izquierda en relación con el electorado. No imposible pero dudoso. En primer lugar por la fuerte oposición interna que tiene, sobre todo desde Andalucía, en donde Susana Díaz planea una estrategia inteligente de ganarle a Podemos en la Comunidad en donde menos implantación tiene y, basada en su éxito, descabalgar a Sánchez antes de las legislativas. Apoyos no le faltan, empezando por Carme Chacón, valedora clave de Tomás Gómez.

Y más profundamente la hostilidad a Sánchez crece en amplios sectores del aparato del partido temerosos de que se descubran sus chanchullos. En particular en Andalucía en donde buena parte de lo que queda del PSOE está basado en clientelismo y subsidios diversos en las áreas más atrasadas de la Comunidad. Pero además, el PSOE tiene ahora un techo electoral más bajo por la crisis estructural del PSC, reducido a partido menor por su incomprensión (inducida desde Madrid) del proceso soberanista en Catalunya. Recordemos que desde 1986 las mayorías parlamentarias del PSOE se debieron al diferencial de escaños con respecto al PP en Catalunya. No en número de votos del PSC, sino del diferencial con el PP. Este diferencial se ha minimizado o desaparecido, con lo cual es casi imposible que el PSOE tenga mayoría suficiente para gobernar, aunque experimentase una mejoría en la confianza ciudadana en el conjunto del país.

Y esa es precisamente la otra batalla estratégica que se libra en los entresijos del PSOE. Porque hemos entrado definitivamente en el tripartidismo imperfecto y cualquiera que sea la evolución de Podemos el voto se reparte en tres bloques más o menos semejantes aun con un posicionamiento cambiante entre los tres según coyunturas. En esas condiciones, la cuestión clave para quien considera lo esencial de la política el llegar al gobierno como sea, es con quién aliarse para formar gobierno, como partido de primera mayoría relativa o como compañero de viaje ocasional.

Para el núcleo duro del PSOE, que lidera Susana Díaz, el enemigo es Podemos porque compite con su espacio histórico en la izquierda. Y por tanto la única salida posible es la “gran coalición” con el PP, a la alemana. Para excluir a Podemos y hacer frente a los soberanismos catalán y vasco. Esa es en realidad la propuesta del PP aunque por el momento se insinúa tan sólo porque primero hay que competir para llegar a ser el primer partido en esa coalición. Pedro Sánchez sabe que ese sería el principio del fin, con el Pasok como precedente cercano. Y por eso en su fuero íntimo, parece sopesar el ir hacia otro tipo de alianza por la izquierda, sea en el Gobierno o en las Cortes. ¿Podría configurarse una alianza inestable entre el partido del Pablo Iglesias del siglo XIX y el partido del Pablo Iglesias del siglo XXI? Sólo en caso de extrema necesidad. Pero la extrema necesidad política puede llegar a corto plazo si la crisis de legitimidad en España se profundiza y se mezcla con una nueva crisis del euro ante el desafío de Grecia. Si algunos dirigentes de Podemos opinan que los Botín no son parte de la casta financiera, podrían, llegado el caso, descastar igualmente al PSOE de Pedro Sánchez. Y el necesario realismo político podría incitar a un PSOE reforzado a buscar nuevas vías ancladas en la izquierda, una especie de socialismo como último recurso. Ese escenario, nada descabellado, infunde pavor en las élites económico-políticas que dominan España actualmente a través de diversos instrumentos políticos, incluidos sectores del PSOE. Por eso aún es posible que, con un motor más potente, la Vespa acabe descerrajando la cerradura.

Manuel Castells

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