La vía europea

Este 23 de febrero se presentó en París, en el Senado de Francia, la Plataforma de intelectuales y pensadores «One of Us» y su Manifiesto. La organización agrupa desde hace años a más de cuarenta organizaciones europeas defensoras de la vida humana. Ahora, más de doscientos intelectuales europeos creamos esta nueva Plataforma con vocación de permanencia y de cooperar al desarrollo intelectual y moral de Europa, entendida no sólo como unidad política sino, sobre todo, como civilización.

Tratamos de diagnosticar la crisis que padece Europa (y crisis no es un término necesariamente negativo) y de proponer remedios. Pero antes es necesario precisar qué entendemos por Europa. En Naturaleza, Historia, Dios, Xavier Zubiri escribe: «La metafísica griega, el derecho romano y la religión de Israel (dejando de lado su origen y destino divinos) son los tres productos más gigantescos del espíritu humano. El haberlos absorbido en una unidad radical y trascendente constituye una de las manifestaciones históricas más espléndidas de las posibilidades internas del cristianismo. Sólo la ciencia moderna puede equipararse en grandeza a aquellos tres legados». El filósofo polaco Jan Patoçka, invocando a Platón, define a Europa por una cualidad esencial: el «cuidado del alma».

Ella se define por la fidelidad a una triple herencia, que ha recibido y, por tanto, no ha creado. Esa triple herencia está formada por las grandes creaciones del espíritu universal que menciona Zubiri: la filosofía griega, el derecho romano y la religión bíblica. A eso cabe añadir dos grandes creaciones europeas: la ciencia moderna y el Estado de derecho con su sistema de libertades. Me permitiría añadir una sexta realidad: la institución universitaria. Toda su cultura y su vida, toda su historia, son ininteligibles sin estas seis magníficas realidades. Y todas ellas se encuentran, en mayor o menor medida, amenazadas.

Ortega y Gasset afirmó, hace casi cien años, que Europa se había quedado sin moral. Han sucedido desde entonces muchas cosas, el mundo y Europa han cambiado, pero el diagnóstico continúa, en lo esencial, vigente. Europa está desmoralizada, sufre acaso el cansancio de la vejez. Su estado es crepuscular, pero el crepúsculo puede ser vespertino y decadente o matutino y vital. Su futuro no está escrito. Depende de ella, de nosotros los europeos. De Europa cabe decir lo que Tocqueville afirmaba de las democracias al final de La democracia en América: «Las naciones de nuestros días no pueden hacer que las condiciones no sean iguales en su interior, pero depende de ellas que la igualdad las conduzca a la servidumbre o a la libertad, a las luces o a la barbarie, a la prosperidad o a la miseria». La regeneración de Europa sólo puede proceder de una recuperación de su vitalidad, es decir, de la fidelidad a sus principios y valores originarios. Es justo lo contrario de un ejercicio de nostalgia lo que hoy necesita Europa.

Los síntomas son variados, pero la causa de la crisis no es política, ni económica, ni social. Es intelectual y moral y, por ello, educativa. Los grandes males no suelen ser políticos, pues la política pertenece al ámbito superficial de la vida de las sociedades, y su ruido y agitación dependen de principios y valores, muchas veces silenciosos, que habitan en la profundidad de la vida social. Se trata de todo aquello en lo que los hombres creen y en su sistema vital de preferencias y desdenes. Aquí reside el fondo de la personalidad de cada hombre.

Es preciso distinguir entre el estadista, una de las formas que reviste el héroe, del mero oportunista ávido de poder. Pero, como afirma Max Scheler, el contenido de la voluntad positiva del estadista no es el derecho sino el poder. Por eso, piensa que el hombre religioso (el santo) y el genio deben mantenerse alejados de la política. Y el filósofo alemán sentencia, sin apelación posible: «Los peores vicios del estadista son la vanidad y la “ambición rastrera” con vistas a la aprobación de los contemporáneos». Pero antes de esa voluntad de poder debe tener «una idea de valor concreta». Sin estas ideas de valor, la política está vacía. ¿No es eso lo que hoy sucede? ¿No padecemos una política libre de valores? Pero esos valores no pueden proceder de la política porque ella es el ámbito de lo relativo. Siguiendo a Max Weber, piensa Scheler que el político de principios y de mera convicción está completamente excluido. Y cita a Bismarck refiriéndose a la política: «Caminar por la vida con principios es como meterse en un bosque con una larga vara entre los dientes».

Por otra parte, no puede ser política la solución a un problema que no es político. La Plataforma no depende de partidos ni de ideologías. Tampoco es confesional, aunque los integrantes compartimos los principios y valores de la concepción cristiana de la vida humana. Las ideas son valiosas y tienen consecuencias. Se trata de contribuir a la formación de la opinión pública europea, proponiendo, convenciendo y, cuando sea el caso, oponiéndose. La misión del intelectual es, para Ortega y Gasset, oponerse y seducir. Ninguna disputa espiritual se puede ganar mediante la fuerza.

No se puede influir positivamente con meras negaciones. Decía Wittgenstein que hay que situarse al lado del error para conducirlo hacia la verdad. Tampoco somos apocalípticos ni sentimos nostalgia del pasado, sino preocupación, esperanza e ilusión, a pesar de la enorme dificultad de la tarea, pues no es fácil competir con quienes seducen y no se oponen. Pero estamos seguros de que la verdad termina por abrirse paso. No es posible ocultar que, a pesar de que Europa sigue siendo el mayor espacio de libertad y prosperidad del mundo, existen síntomas de desmoralización, de desorientación, de cansancio, que pueden conducir a la deshumanización, la abolición de lo humano y la negación de la condición personal del hombre.

Robert Schuman declaró en la etapa final de su vida, que si tuviera en ese momento que comenzar, empezaría por la cultura. De eso se trata, de promover un gran debate cultural, es decir, intelectual y moral, especialmente en todo lo que afecte a la dignidad humana. El objetivo es contribuir a que Europa recupere plenamente los valores y principios que la forjaron como civilización y de los que depende la continuidad de su misión histórica. Estos principios y valores no pertenecen a un pasado al que quisiéramos regresar; son eternos, intemporales, y permiten contribuir a la solución de los problemas del presente. Europa no es el problema sino, si es fiel a sí misma, la solución. El objetivo reside, en suma, en lo que expresa el título del Manifiesto: «Por una Europa fiel a la dignidad humana». La solución puede parecer obvia en su luminosa sencillez. Europa debe simplemente seguir la vía europea.

Ignacio Sánchez Cámara es Coordinador de la Plataforma «One of Us» de España

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