La victoria de Jacob

El 12 de marzo de 1938 se produce la anexión de Austria al Reich alemán. Ante la previsible huida de judíos, el 6 de octubre el parlamento de Polonia aprueba la ley según la cual los judíos polacos con residencia en el extranjero durante los 5 años anteriores pierden su condición de ciudadanos. El 28 de octubre el Gobierno de Alemania ejecuta la Polenaktion expulsando a unos 15.000 judíos hasta la frontera polaca. Allí, sin ser admitidos en Polonia, quedan durante varios días en tierra de nadie y sin medios de subsistencia, convertidos en apátridas. Finalmente son readmitidos. Su destino es bien conocido. El hecho ejemplifica con descarnada precisión la condición del judío, en perpetuo exilio, extranjero en cualquier tierra, condenado a la intemperie política hasta la fundación del Estado de Israel.

Después de la Guerra y antes de 1948 a los supervivientes de la Shoá les quedaba la posibilidad de volver a sus países de origen, en los que el antisemitismo seguía existiendo y que apenas podían reconocer como hogar después de lo sucedido por cuestiones tan terrenales como la pérdida de las viviendas, trabajos, relaciones sociales. La posibilidad de encontrar acomodo en otro país implicaba problemas similares, dada la extendida aquiescencia o complicidad de buena parte de Europa. La tercera opción no estaba abierta: el retorno a Palestina.

La victoria de JacobEl 14 de mayo de 1948 se funda Israel, desmintiendo el mandato bíblico que niega legitimidad a un Estado judío antes de la llegada del Mesías. En la literatura bíblica, Jacob es el que ve a Dios, el que se enfrenta al ángel (pues todo ángel es monstruoso, como sabía Rilke) y sobrevive. Es el guerrero victorioso pero herido que gana su nombre (Israel) y es condenado a cojear y a vagar por los senderos de la Historia de los hombres, siempre acechado y en perpetuo exilio, obsceno espejo de la condición humana.

La necesidad material de un Estado para la nación judía perseguida impulsa el sionismo, nacido a finales del siglo XIX como secularización del mesianismo religioso, blasfemo para la ortodoxia judaica que no reconoce Estado sin Mesías. El sionismo no es sólo una respuesta a la vieja judeofobia, que rebrota bajo la especie de antisionismo apropiándose de la palabra Palestina, denominación administrativa de la provincia romana del Imperio empleada por los judíos para designar su tierra de pertenencia desde mucho antes del nacimiento de Mahoma. Es la mutación en práctica política de una esperanza teológica. La Shoá no inmunizó a las sociedades civilizadas contra la judeofobia. La obligó a hacerse más sofisticada, a envolverse en harapos más aceptables y ofreció nuevas máscaras, como un antiimperialismo victimista que sólo sale en defensa de las víctimas que pueden ser adjudicadas a Israel, bajo las cuales odiar sin escrúpulo al judío identificado ahora con un país. El odio al judío, pulsión terca, grabada a fuego en lo más hondo de las sociedades humanas (de herencia cristiana y, sobre todo, islámica), mutó en odio a Israel, perpetuándose al dar a los judeófobos una justificación política y moral con la cual calmar sus atormentadas conciencias.

El mesianismo en política es fuente segura de desastres pero apenas hay política que no se alimente de alguna tentación de mesianismo. La cuestión estriba en si esa pulsión teleológica satura las artesanías del poder que gestionan las pasiones multitudinarias o si es contenida y regulada por ellas dentro de límites que retrasen o canalicen la destrucción del otro y el suicidio colectivo. En el caso del judaísmo, el sionismo tradujo a políticas materiales y secularizadas un mesianismo teológico dotado desde sus orígenes de una impronta política e histórica. Se trataba de una cuestión crucial en las disputas teológicas tardomedievales pero sus implicaciones eran inevitablemente políticas y, por tanto, materiales, es decir, territoriales, militares, económicas, demográficas, patrimoniales, implicaciones que enlazan con la situación actual del judaísmo político en Israel por una línea de continuidad histórica y cultural. El sionismo es judaísmo sin Mesías, es la afirmación de un Estado sin necesidad de esperar el cumplimiento de la promesa mesiánica. El sionismo, por su ruptura con el decreto de llegada del Mesías como condición del Estado, es ajeno a ese idealismo teleológico y se fundamenta en el insultante reto de sobrevivir. Es expresión política de un materialismo no mesiánico. Es la supervivencia material de una nación en peligro histórico de extinción.

Israel nació como Estado soberano en 1948 venciendo los obstáculos materiales que oponían las grandes potencias, como las restricciones y vetos a la emigración que impuso el Imperio Británico para no contrariar a la población musulmana del protectorado, y las amenazas de los enemigos de la zona. El derecho de Israel a existir se basa en la legitimidad estricta de su fuerza para subsistir en territorio hostil. No hubo que reivindicar una legitimidad trascendental, moral, política o histórica para iniciar las revueltas contra el nazismo en el gueto de Varsovia o en los campos de exterminio de Auschwitz, Sobibór o Treblinka. La fuerza de los que habían perdido el miedo y la esperanza se erigió en expresión desesperanzada de liberación y de resistencia a ser exterminado e hizo honor a la fórmula de Spinoza: el derecho es la forma regulada de la potencia de perseverar en el ser cuanto sea posible, sabiendo que nada de lo real es eterno, lo cual inmuniza contra el suicidio y contra la pretensión no menos suicida de convertir la política terrenal en sacralidad celestial.

Hoy Israel es dique de contención de la Yihad y protección de judíos y no judíos. Encarna la resistencia a perecer en una guerra cuya derrota implicaría su desaparición y que Europa no parece dispuesta a librar. Es la materialización política y, por tanto, territorial, militar, económica y tecnológica, además de simbólica, del judaísmo de la diáspora, acogido en un lugar propio, refugio material para una tradición literaria, histórica y religiosa cuyo nomadismo milenario puso a sus miembros al borde de la extinción en la Segunda Guerra Mundial, cuando su condición de ciudadanos fue eliminada y quedaron en el limbo mortal de los apátridas, abocados al dudoso privilegio de un cosmopolitismo indefenso. El derecho de Israel a existir con Jerusalén como capital se funda en la misma legitimidad que la de cualquier otro Estado, pero, además, por su peculiaridad histórica, en su potencia y en la grandeza de una sociedad que no se pliega al suicidio de las bellas almas, siempre entregadas al lujo de la ingenuidad cuando se está jugando la suerte de los demás.

La superstición progresista es una ceguera recurrente, un idealismo cargado de futuro. Los procesos históricos están sometidos a una concurrencia tan compleja de causalidades múltiples necesarias que la ingenuidad de esperar un futuro lineal, luminoso y angelical, es una tentación suicida y, por tanto, humana. La fe progresista es la secularización de una teleología que inyecta sentido trascendente a la Historia y que, por ello, en el límite, lo puede justificar todo, barriendo de la misma cuanto se interponga en la marcha gloriosa de los tiempos. Los esfuerzos por desperezarse de la sacralidad sublime heredada condujeron al ecosistema teórico y cultural del idealismo alemán y su grosera sentimentalización de lo político en la forma del nacionalismo y de la santificación de la cultura y el Volkgeist, Absoluto aun más metafísico y solemne, caldo de cultivo doctrinal de los mayores desastres del siglo XX. Israel es una de las expresiones de ese abrupto y despiadado despertar del sueño ilustrado, la necesaria cicatriz que suture la enfermedad histórica de una Europa manchada de sangre, fuego y humo, el aviso de los efectos inexorables que acarrea volver al sueño de la armonía planetaria. Su existencia, condición necesaria para la supervivencia de muchos judíos (y no judíos), desmiente el refinado desdén cosmopolita, cuya exquisitez, que se eleva graciosamente por encima de los Estados y de las fronteras realmente existentes, sólo podía ser disfrutada por aquellos sujetos dotados de una ciudadanía que les protegía y que no venía llovida del Cielo, de la Humanidad ni de la Razón Pura, sino de esos Estados manchados de sangre y barro sin los cuales no hay ciudadanía.

José Sánchez Tortosa es profesor de Filosofía, autor del ensayo El profesor en la trinchera (La Esfera de los Libros) y coautor de Para entender el Holocausto (Confluencias) y Guía didáctica de la Shoá (Comunidad de Madrid). Acaba de publicar la novela Los dados (Araña Editorial).

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