La victoria de Lula

Por Mário Soares, ex presidente y ex primer ministro de Portugal. Traducción de Carlos Gumpert (EL PAÍS, 05/11/06):

La victoria de Lula, anunciada por los sondeos, no ha supuesto sorpresa alguna. Se enmarca en una lógica de las cosas y de los tiempos, y representa, en lo que a mí se respecta, la afirmación de un país que es un gigante en Iberoamérica y una potencia emergente y original en este mundo nuestro de inicios de siglo, injusto y carente de reglas.

Sí que fue una sorpresa -y una sanción moral- el que el pueblo brasileño obligara a Lula a disputar una segunda vuelta, en virtud de escándalos que, a decir verdad, afectaron más al Partido de los Trabajadores (PT), que al propio Lula da Silva personalmente. Y eso a pesar del progreso que indiscutiblemente ha conocido Brasil durante su mandato, tanto en el ámbito de la afirmación nacional brasileña en Iberoamérica y el mundo como en la consolidación económico-financiera del Estado en tiempos de globalización neoliberal, sin olvidar la lucha contra la pobreza y las desigualdades, problema central para el equilibrio, el desarrollo y la cohesión de Brasil.

Lula representa, y es fundamental reconocerlo, un fenómeno sociológico sin par que le convierte en una figura emblemática a los ojos de los pobres y de los excluidos. Siendo un niño pobre -pau de arara, como se dice en Brasil- partió a la aventura, abandonando un noreste de miseria para irse, sin protección de ninguna clase y sin instrucción, a São Paulo, el Estado más rico y competitivo, y uno de los principales motores de la economía brasileña. Allí lo aprendió todo, en el curso de una vida durísima, para asegurarse en primer lugar la supervivencia diaria, y convertirse después, sucesivamente, en tornero mecánico, sindicalista, líder de un partido inicialmente obrero y, finalmente y tras varias tentativas frustradas, en presidente de la República, elegido por más de cincuenta millones de brasileños.

Un hombre de tales características, que se ha mantenido personalmente pobre y fiel a sí mismo, no podía ser destruido por las condenables trapacerías de su partido, por muy desagradables que hayan sido para sus amigos y admiradores. De ahí la sanción moral que el pueblo brasileño le infligió, con inmensa sabiduría, en la primera vuelta. Pero eso no ha impedido que saliera reelegido, en la segunda, confiriéndosele una nueva legitimidad.

Espero que su segundo mandato sea muy diferente del primero en lo que éste tuvo de negativo. Según sus declaraciones, Lula quiere seguir luchando contra la pobreza y las tremendas desigualdades que dividen a los brasileños. Sin embargo, con un partido debilitado por los escándalos de corrupción y algo aislado políticamente, ¿cómo aspira a conseguirlo? Tarso Genro, su actual ministro de Relaciones Institucionales, un intelectual de indiscutible valía y antiguo alcalde de Porto Alegre (donde nació el Fórum Social Mundial), dijo en una entrevista concedida a un periódico portugués el pasado 27 de octubre que “el sistema político brasileño está bloqueado”. Ésa, añadió, es la razón por la que el PT (el partido de Lula y de él mismo) debe ser “fundado de nuevo”, “recuperando la bandera de la ética”, por lo que hay que “negociar con toda la oposición, incluyendo el PSDB”, el partido del rival de Lula, Gerardo Alckmin, del ex presidente Fernando Henrique Cardoso, de Joses Serra, elegido gobernador de São Paulo, y de Aécio Neves, reelegido como gobernador de Minas, una estrella política en ascenso y nieto de un ex presidente.

Añádase a esto que los partidos brasileños están tradicionalmente poco estructurados, siendo frecuentes que los políticos cambien de partido por simples razones de conveniencia personal, y sin que de ello se derive sanción alguna. Al lado de los dos partidos ya citados está también el viejo PMDB -que fue un baluarte contra la dictadura militar-, fundado por el gran demócrata Ulysses Guimarães (ya fallecido) y liderado hoy por el ex presidente Joses Sarney, quien además de un político con amplia experiencia es un gran escritor. Y el PFL, “el partido oligárquico de la derecha” (como lo llama Tarso Genro), presidido por António Carlos Magalhães, el jefe tradicional de Bahía, quien no consiguió esta vez que resultara elegido su candidato. Allí el vencedor fue Jacques Wagner, un político en alza, del PT. Curiosamente, en Pernambuco, el gobernador elegido, Eduardo Campos, pertenece al PSB (Partido Socialista) y es nieto de Miguel Arraes, histórico protagonista de la resistencia contra la dictadura militar.

Al ser Brasil una República federal con 27 Estados, incluido el Distrito Federal, la elección de los gobernadores resulta de capital importancia. La unidad de ese enorme país, de 187 millones de seres humanos, reside en la lengua portuguesa y en el sutil juego de relaciones entre los gobernadores de los Estados y el presidente de la República. Lula, a pesar de tener un partido que sale debilitado de las elecciones, cuenta ahora con el apoyo de 17 gobernadores (elegidos en diferentes partidos), mientras que hay otros 10 que le son más o menos reticentes. La solidez de su futuro gobierno pasa por ahí y por las negociaciones -que han comenzado ya- con los partidos y los diputados y senadores de las dos Cámaras: la de los Representantes, con 513 diputados, y el Senado, de 81 miembros.

Contando con el proverbial jeito, el estro brasileño, que les hace maestros en el arte del compromiso (tanto para establecer acuerdos como para romperlos, nótese bien), no creo que Lula da Silva vaya a tener grandes dificultades en el primer año de su nuevo mandato. Tiene elementos a su favor: un contexto iberoamericano en imparable transformación (que le será positivo, incluso por parte de los países considerados populistas y radicales) y una coyuntura política y económica internacional que no tiene por qué serle excesivamente hostil. Todo depende, por supuesto, de las políticas que procure desarrollar. Y ante todo que consiga -tarea no imposible- pasar por la estrecha senda de compatibilizar las políticas sociales en las que ha de insistir con una gestión financiera de cierto rigor, para no desencadenar las furias ortodoxas de Banco Mundial, del FMI y de la Organización Mundial de Comercio, furias para las que los vientos parecen hoy menos favorables.

Las cosas son las que son y los cambios van teniendo lugar, incluso los que a algunos les parecían imposibles.