La victoria de Sant Gervasi

Por Juan-José López Burniol, notario (EL PERIÓDICO, 10/11/06):

Transcurrida más de una semana desde las elecciones, decreciente el llanto y crujir de dientes de quienes obtuvieron una victoria pírrica y consumado –en forma de entesa– el rápido acuerdo entre los socios del anterior tripartito, parece oportuno apuntar alguna conclusión de fondo. Veamos tres.
En primer lugar, aunque la composición política del futuro Gobierno sea idéntica a la del tripartito, la presidencia de José Montilla visualiza de modo concluyente la ampliación del ámbito personal del catalanismo político, mediante la plena integración efectiva en la política del país de els altres catalans, gracias al futuro desempeño por uno de ellos de la primera magistratura. Desde una perspectiva catalanista, ello supone un triunfo enorme, pues garantiza –al incorporar savia nueva– la continuidad del hecho nacional, al tiempo que impide la quiebra de la cohesión social.
El mérito de esta victoria es compartido. Arranca de la labor realizada por el PSUC durante el tardofranquismo y se ha consumado en el seno del PSC, desde el momento mismo de la fundación del partido. Son clarividentes, al respecto, unas palabras que Josep-Maria Puig Salellas escribió, hace justo un año: “El PSC no es, por ejemplo, el Partido Socialista de Euskadi, porque en Euskadi no han existido, y sí aquí, els nois de Sant Gervasi, un curioso grupo social, formado en la Universidad de Barcelona de los años 60 y 70 del siglo pasado, que, de repente, con todos los gastos pagados, había descubierto a un señor que se llamaba Karl Marx. (…) Pero pocas bromas, porque estos chicos, hijos de buena casa, se han salido con la suya. Porque, conscientes o no, desde un gran empirismo, han acabado imponiendo su catalanismo, un catalanismo que necesariamente había de ser contenido, porque era una ideología que no compartía el otro sector del partido; en definitiva, la gente que, elección tras elección, fielmente les daba los votos. Este es, sin duda, uno de los grandes misterios de la política catalana de estos últimos años, porque, al hacerse mayores, las élites de aquellos votantes –en definitiva, las élites de la inmigración, desde Montilla hasta Manuela de Madre (…)– han entendido que (…) necesitan más poder y más recursos para satisfacer las demandas de sus electores, y resulta que todo esto se ha de ir a buscar a Madrid, y entonces (la) excusa solo puede ser el catalanismo (…)”. Lo que supone –añado yo– la asunción, por la vía de los intereses, de los postulados básicos del catalanismo político por la práctica totalidad del PSC, algo que costará mucho entender a los políticos españoles, incluidos los del PSOE. Es decir, Pasqual Maragall –por personalizarlo en el último mohicano– puede que haya perdido una batalla, pero ha ganado la guerra. De esto que no quepa duda.

EN SEGUNDO lugar, la decisión del PSC de liderar una nueva versión del tripartito, en contra de la opinión del presidente José Luis Rodríguez Zapatero y pretiriendo los intereses parlamentarios y electorales del PSOE, supone un acto tal de autonomía, que comporta el principio de la consolidación de un sistema catalán de partidos separado casi enteramente del sistema español. No es casual que esta decisión autónoma del PSC se haya producido de la mano de Montilla, pues tiene mucho que ver con la idea expuesta en el apartado anterior: han sido los intereses del PSC como gran partido bisagra de Catalunya, interpretados sin ningún complejo por sus actuales dirigentes, los que han impuesto su firme opción por el tripartito, con el consecuente y frontal rechazo de la sociovergencia auspiciada en la Moncloa y en Ferraz.
Finalmente, Catalunya dispone hoy, como país, de un nuevo Estatut, que –en palabras del president Maragall– la dota del nivel más alto de competencias asumido actualmente en Europa por una nación sin Estado, y –como acabamos de ver– tiene un sistema de partidos con un grado de autonomía más que notable. Todo ello significa que, ahora y sin perjuicio de las relaciones de interdependencia propias del mundo globalizado, buena parte del destino de Catalunya está en manos de los propios catalanes. De ahí que proceda recordar –como dice Josep-Maria Bricall– que “la capacidad de prestigiar la idea nacional demostrando la eficiencia de la Administración autónoma es neurálgica para dejarse de falòrnies teòriques y recordar que una nación no es nada más que una sociedad que se organiza adecuadamente en un territorio determinado”.

DE ELLO resulta la extraordinaria importancia que revestirá, en un inmediato futuro, la gestión eficaz de las políticas concretas a desarrollar en los grandes temas que preocupan a los ciudadanos porque inciden de forma directa e inmediata en su vida diaria: inmigración, seguridad, enseñanza, sanidad, infraestructuras, paro, etcétera. Y para que esta gestión constituya un éxito será preciso aquel espíritu de concordia que se manifiesta en la voluntad de transacción, es decir, en la disposición a aceptar cada día lo que este depare –gracias a la negociación con el adversario político– en forma de recíprocas concesiones sobre intereses y cosas puntuales. Así lo entendía Francesc Cambó cuando dijo en el Parlamento de Madrid que “la verdad no se encuentra en las afirmaciones extremas y simples; es compleja como la vida”, y añadió que “solo en los pueblos débiles continúan las luchas políticas planteadas en el terreno de los principios abstractos y de las ideas generales”, razón por la que no se recataba en manifestar su “gran menosprecio por los extremistas, por los radicales, por los puros, porque, bajo la capa de austeridad, se ocultan siempre un gran egoísmo y una inmensa petulancia”.