La vida buena

Quizás debería haber titulado este artículo «la buena vida», que remite al disfrute y -en términos filosóficos- al hedonismo, tan adecuado a esta época veraniega. La «vida buena», en cambio, nos habla de ética, de responsabilidad y de Aristóteles, que sostenía que la felicidad no se alcanza con la acumulación de placeres sino con una vida virtuosa.

Hoy no conviene hablar de virtud. Primero, porque se pueden vender buenos vinos, cruceros o casas a cuenta -o con el cuento- de la buena vida, pero no hablando de moral. Además, porque casi todos los filósofos rechazan hoy esta discusión. El pensamiento ilustrado tuvo el enorme mérito de reconocer la dignidad de la persona y los derechos humanos como centro de la teoría política y del Derecho, pero negó el debate moral. Los utilitaristas, porque no hay otro criterio de justicia o bondad que la utilidad máxima del mayor número; los kantianos, porque no hay más norma moral que la que cada uno se impone, con el único límite del respeto a los demás. En consecuencia la moral y la virtud, como la religión, deberían limitarse al ámbito privado.

Pero suprimir ese debate no es posible: las personas buscamos siempre patrones causales en la realidad pues necesitamos saber el por qué y para qué de las cosas y también -y sobre todo- de nuestra vida, lo que solo se responde desde la ética. Tampoco se puede recluir esa cuestión al ámbito privado, porque como explica Harari en «Sapiens», la colaboración en grupos humanos amplios solo es posible gracias al lenguaje y a los mitos y relatos comunes. Si dejamos fuera del relato los aspectos éticos, el vacío que dejan será ocupado por otros, expresos u ocultos. El discurso que de hecho hoy domina es el que entiende que el mercado responde todas las cuestiones que antes decidía la moral. Todo -los bienes, el trabajo, el medio ambiente- tiene un precio, que el mercado fija de la manera más eficiente. Pero esto no convence a todos: basta seguir los debates sobre cuestiones como la gestación subrogada o leer a Michael Sandel, reciente Premio Princesa de Asturias, para quien someter determinados bienes al mercado puede corromperlos y degradar las relaciones sociales en su conjunto. La crisis financiera, la creciente desigualdad y la desconfianza de los mercados son también síntomas de la insuficiencia de esta teoría.

La renuncia al debate racional sobre lo ético es, además, peligrosa: entroniza la subjetividad, pues nadie podría ya discutir lo que yo pienso/siento. Haidt y Lukianoff alertan de que la universidad ya no pretende enseñar a pensar y a debatir, pues prioriza que sus alumnos estén protegidos de lo que pueda ofenderles, habilitando «espacios seguros» y censurando debates. Si cada grupo religioso o ideológico no está obligado a defender racionalmente su postura y puede denunciar cualquier ofensa real o imaginada, se fragmenta la sociedad y se alimentan los movimientos radicales e identitarios, tan ligados a la emoción. Por ejemplo, es frecuente escuchar que no se puede ignorar el sentimiento independentista de muchas personas; pero lo que habría que discutir no es qué sienten ni cuántos son, sino si esa independencia es moralmente valiosa. ¿Va a favorecer la solidaridad o la exclusión? ¿Nos dará más libertad? Asuntos como la eutanasia, la inmigración o las políticas educativas y o familiares también deben ser tratados desde la moral, lo que implica preguntarse sobre los objetivos de la vida, las fronteras o la educación. Como se ha dicho: «Es absurdo pedir que las personas no aporten su moralidad personal a los debates sobre políticas públicas. Las leyes son por definición una codificación de moralidad, en gran parte fundada en la tradición judeo-cristiana». La cita -algunos se sorprenderán- es de Obama.

El desprestigio de la política tiene mucho que ver con este alejamiento de la moral, porque tras las etiquetas de progresistas, liberales o conservadores adivinamos el vacío de razones éticas. Para ser una sociedad sólida y cohesionada debemos ser capaces de defender nuestra visión de la vida buena en cada aspecto de la política y del Derecho, desde la razón pero sin necesidad de ocultar sus raíces religiosas, admitiendo por supuesto la crítica y buscando los puntos comunes y el compromiso. Y debemos exigir a los políticos que hagan lo mismo.

Segismundo Álvarez, jurista.

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