La vida como argumento

Cuando uno escucha decir a papas y prelados, a jueces y estadistas, que la vida es sagrada, no puede menos que esbozar una sonrisa. Sólo quienes tienen especial preocupación por no arriesgar, no ya su vida, sino nada que tenga relación con sus privilegios, son capaces de colocar “la vida” en lo más alto de su peculiar escala de valores.

Por eso impresiona Inazio Cutro. Le vi en un reportaje de la televisión italiana, con su cara redonda de campesino recuperado para las máquinas; pasó de destripar terrones a trasladarlos en camiones. ¿Qué otra aspiración podía tener si nació pobre y en Bivona, un lugar difícil de encontrar incluso en un mapa de Sicilia? Un día dijo que no, que no pagaba el pizzo a la mafia del lugar, y ahí se congeló su vida, en una espera a cuenta entre el miedo a que le maten por la espalda o al terror a ir muriéndose de inanición y abandono. Ahora es noticia. Acaba de poner en venta sus órganos. Si le quemaron los camiones con los que trabajaba, si nadie le quiere dejar hacer su vida, no le queda más remedio que venderse a trozos.

He ahí un hombre cuyo único argumento es poner su vida en juego.

Cuando alguien arriesga la vida y está solo deja de ser un héroe para convertirse en un aventado, no llega ni a mártir, tan sólo un loco, o una loca.

Fue lo que le ocurrió a Galina Krochka, directora del instituto técnico de una aldea de nombre impronunciable – Kourchtchevskaia-,junto a Sotchi, el paraíso del sur en Rusia. Harta de que la mafia local de los Tsapok raptaran a las alumnas pensionistas de su instituto para tirárselas los fines de semana, los denunció. Pero a quien detuvieron fue a ella, y la condenó un tribunal, con toda seguridad, de profesionales del derecho. Ahora que ha saltado el asunto y la han ido a buscar para agradecerle el gesto ciudadano, supieron que estaba de atar. Se volvió loca en la cárcel tratando de asumir su historia y la internaron en un psiquiátrico. La dignidad, que en ocasiones es una conquista ciudadana y en otras una obligación de la persona, la hizo exponer lo único que tenía y lo perdió.

Pero hay ocasiones en las que no es necesario apostar, ni rebelarse, ni siquiera echar los pies por delante y gritar. Nada de eso. Hay situaciones en las que una persona no tiene más opción que matarse para recuperar la dignidad. Es cuando la vida constituye el único argumento para rescatar la verdad. Es lo que le ocurrió a Jean-Luc Bubert, un profesor de física y química de 38 años, con quince de experiencia en el colegio de un pueblo del Aisne, en el norte de Francia. Su caso ha sido juzgado en el Tribunal de Menores de Laon, que he seguido gracias a un magnífico trabajo de Patricia Jolly en Le Monde.

Empezaba el curso y Maxime, uno de esos alumnos imposibles, con un currículo de reincidente en sanciones disciplinarias, se cruzó en el camino del profesor de física y química. Con toda seguridad hasta los cojones de aguantarle, de que llegara siempre tarde y de que torpedeara la clase, el profesor Jean-Luc Bubert escribió una nota, para la dirección y la familia del muchacho, en la que decía que el chico era “particularmente insoportable e insolente”.

Dos días después alumno y profesor tienen un encuentro obligado donde uno intenta explicarle al otro en qué consiste lo de un comportamiento insoportable y una actitud insolente. El chaval escucha como quien oye llover y cavila cómo tocarle los cojones, ahí donde más le duele, al profe de física-química, y no le hace ni puto caso. Tanto es así, que un indignado Bubert le agarra de la barbilla, o le pone el dedo en la mejilla, o algo parecido, para conseguir que al menos le mire cuando le está hablando.

Ahí es nada, ¡le ha tocado! Vuelve a casa y se lo dice a su padre, parado de larga duración por invalidez. El profesor le ha dado un puñetazo y le ha partido un diente. Aquí es cuando entra en escena Enmanuelle, profesora también en el mismo colegio, que hace exactamente cuatro meses se ha separado de Jean-Luc Bubert, con el que ha tenido un hijo. Un culebrón tan real como la vida misma. Lo que probablemente no se le hubiera ocurrido a un guionista, por excesivo, ocurrió, y fue que la profesora Enmanuelle llamó al alumno “insoportable e insolente” para aconsejarle.

Una oportunidad de oro para meterle un buen puro a su ex marido y de paso impedir que el régimen de visitas al niño de ambos fuera equitativo, que quedara en suspenso al tratarse de un violento. Así sucedió.

Pero hay exceso de celo. La profesora Enmanuelle habla primero con el padre del chaval, que ha empezado a calcular cuánto dinero le puede sacar a este asunto de poner una denuncia por agresión a un menor, en la persona de su hijo. Luego ella se presta a llevar al chico a un practicante amigo para que certifique que la caída del diente ha sido por un golpe y que tiene “baja por cinco días”. No me cuesta imaginar la cara de satisfacción del muchacho y la complicidad de la profesora, convertidos en aliados perfectos contra ese arrogante profesor de física-química. Frente a lo que les digan a ustedes no es verdad que la venganza sea un plato que se sirve frío; eso pertenece a otras culturas y a mucha literatura. La venganza casi siempre funciona en caliente, y para eso, si es menester, cabe que se mantengan los rescoldos durante años, décadas o siglos. Pero exige calor sanguíneo.

La noche del 18 de septiembre, después de una sesión alucinante con el churumbel crecidito que le acusa de agresión, y el descubrimiento de los asesores adultos que le han buscado la ruina, el profesor Jean-Luc Bubert, 38 años, quince de profesión en la enseñanza, vuelve a casa. No hay nada que hacer, está pillado. Todos los papeles están en regla, todos los cómplices están de acuerdo. Va a ser sancionado con la prohibición de enseñar durante un tiempo, y se incorporará un baldón definitivo en su expediente. Tampoco podrá solicitar un régimen de visitas a su hijo. Es un violento.

Primero escribe una carta a su hijo, de 8 años. Desconozco absolutamente qué le dice Jean-Luc Bubert a su hijo, que por cierto vive con su madre, la que ha organizado el aparato legal para empurarle. Lo único que sabemos es que, una vez escrita la carta, se ahorca. El suicidio del profesor será el que provoque que quienes rodean a los protagonistas de esta hazaña se rebelen. Empezando por los compañeros del alumno. Para ser una historia moderna, aquí debe aparecer la Red.

Y así fue. Un colega del alumno Maxime coloca en la red un texto en el que asegura, porque lo ha visto, que el diente de su compañero de colegio le cayó en verano. Varios estudiantes más se suman y lo ratifican. La policía no puede menos que iniciar sus investigaciones. La ex mujer, Enmanuelle, confiesa que llamó al alumno y le ofreció sus servicios para hundir al padre de su hijo. El padre inválido se muestra impresionado porque se le va la oportunidad de conseguir un suplemento a su retiro por invalidez. Y el chaval reconoce a las primeras de cambio que “dijo lo del puñetazo porque era más creíble; al fin y al cabo nadie podía saber si era verdad o mentira”. Nadie salvo él y el profesor Jean-Luc Bubert, que iba hacia el cadalso.

Sin el suicidio de Jean-Luc Bubert jamás hubiéramos sabido que ese chaval es un peligro para la ciudadanía, que su padre es un jeta a la búsqueda de otra oportunidad para aprovecharse del Estado que nos explota, y que la ex esposa, por más que encontrará razones para no tener la menor mala conciencia, habrá de explicarle algún día a su hijo que su padre falleció de agobio social y corrección política, debidamente dosificadas.

El Tribunal de Menores de Laon fue benévolo con Maxime. Consideró que el comportamiento del chaval – tenía entonces 15 años-estuvo condicionado por los adultos. Ahora el padre y el hermano del suicida exigen abrir una causa contra los colaboradores instrumentales en esa muerte quizá inevitable. Ahorcarse fue el único argumento capaz de abrir el camino a la verdad.

Gregorio Morán