‘La vida de los otros’ o la lección de anatomía de Von Donnersmarck

Por Ignacio García de Leániz Caprile, profesor del Comportamiento Humano (EL MUNDO, 30/03/07):

El 20 de enero de 1989, poco después de ser nombrado doctor honoris causa por la Universidad Complutense de Madrid, Erich Honecker afirmaba textualmente en la prensa de la Alemania Oriental que el Muro de Berlín iba a durar 100 años. Apenas 11 meses después, el 9 de noviembre de 1989, caía éste, como debieron de caer las murallas de Jericó, brusca y súbitamente ante el asombro de sus centinelas. Pero, a diferencia de la fortificación bíblica, no ha durado mucho el estruendo de un desplome tal y apenas nos llegan hoy sus ecos bien amortiguados por confusas algarabías.

Así, un extraño silencio ha venido a envolver veladamente la necesaria reflexión filosófica y política que un acontecimiento de esta índole demandaba, acrecentando si cabe ese «océano de indiferencia» que lamentaba el mismo Havel. Las propias ciencias sociales parece que han preferido pasar de soslayo ante un régimen que durante más de medio siglo ha impuesto su impronta totalitaria allende el Muro, asolando la RDA y el resto de Europa del Este.

Por todo ello, aunque estrenada en nuestro país con un año de retraso -cuando en su primer mes de exhibición más de un millón de alemanes ya había desfilado por las salas de cine para verla-, la tan justamente premiada ópera prima de Florian Henckel von Donnersmarck, La vida de los otros, supone un extraordinario documento forense sobre la esencia misma de aquel universo totalitario en los años previos a la caída del Muro, diseccionando con rigurosa precisión la antropología y epistemología subyacentes a la cosmovisión comunista.

En efecto, en la historia protagonizada por el capitán de la Stasi, Gerd Wiesler (Ulrico Müche), se engastan con precisión de orfebre las preguntas y respuestas que cabe plantearse ante aquella Alemania del Este cimentada sobre la delación y la vigilancia: el significado de la vida pública y la vida privada, el sentido de las nociones de mentira y verdad, la simbiosis entre policía secreta y poder, la posibilidad o imposibilidad del amor y redención personales en un universo totalitario, así como el papel de la prensa libre y de la disidencia en la demolición del Muro.

Fiel a la verdad histórica, todas las biografías y vicisitudes de las distintas dramatis personae que convergen en ese haz de confluencias que es el Capitán Wiesler, tendrán como telón de fondo la omnímoda realidad de la Stasi, cuyos legajos ocupan a fecha de hoy 33 millones de páginas diseminadas por el actual Archivo Nacional de Investigación, situado en la extinta sede del Ministerio para la Seguridad, de donde procede la abreviatura de Stasi. Tal número de páginas alberga, a su vez, como en la biblioteca universal borgeana y en la peor de las pesadillas de Kafka, 17 millones de fichas sobre 5,1 millones de ciudadanos de los 16 con que contaba la Alemania del Este. De hecho, los cálculos actuales más solventes estiman que la policía secreta de la RDA llegó a tener, en la década de los 80, 91.000 empleados a tiempo completo, complementados por una red de informantes civiles (los denominados IMs -Inoffizielle Mitarbeiter-) que rondaban los 300.000 colaboradores, lo que suponía una ratio de penetración de uno por cada 50 alemanes, la cuota más alta alcanzada por entidad policial alguna, ya que la KGB llegó en su apogeo a una proporción de uno por cada 596 soviéticos y la Securitate rumana, de uno por cada 1.500 ciudadanos.

Tamaño registro histórico queda a la espera prudente de que se publiquen definitivamente las cifras de agentes y confidentes de la SB polaca, una vez ha sido aprobada la ley que obligará a 300.000 cargos de la Administración de Polonia mayores de 25 años a declarar por escrito si fueron colaboradores de la mencionada policía secreta, lo que, sin lugar a dudas, dará mucho que hablar y tal vez callar.

Ante la realidad de esa «gran organización invisible» que Kafka había anticipado premonitoriamente en El proceso, el capitán Gerard Wiesler aparece en la primera parte de la película como el más acabado producto de la burocracia de la Stasi. Desde su base de operaciones, instalada en la buhardilla del dramaturgo y poeta Dreyman, el oficial ejecuta, con la misma pericia con que interrogaba previamente a un estudiante en las celdas de la temida central de la Hohenschönhausen, la auscultación de la vida del hombre de letras protegido de Margot Honecker. Inervadas las paredes del domicilio de Dreyman por los cables microfónicos, todo lo escucha y trascribe con gélida precisión Wiesler con sus auriculares.

Mas la mirada de Florian Henckel trasciende la mera descripción fenoménica de la destreza policial y nos muestra cómo cuanto más perfecta y asentada está una policía secreta en un régimen totalitario, más tenderá a la aniquilación forzosa de la mismidad de sus propios agentes, como ya atisbó lucidamente Hannah Arendt, en esa peculiar equiparación entre función y persona tan cara a los gobiernos totalitarios, que termina haciendo a los agentes mismos también superfluos. De este modo, no hay en este capitán Wiesler yoidad alguna ni conato de ensimismamiento: condenado a una vida ad extra por mor de los intereses del partido, en este caso por un diktat sicalíptico del ministro de Cultura, su destino será siempre estar abocado a los otros, en una suerte de alteridad forzada propia de su tarea escrutadora de la vida ajena.

Una extraversión tal sólo puede presuponer una relación basada en una voluntad de poder compulsivamente venatoria, ínsita en la naturaleza misma del poder totalitario, en pos siempre de la escucha aprehensiva de la vida del otro para confirmar la culpabilidad inconfesada de ese ser precisamente en tanto que otro. Mas el precio de esta vida enajenada será para el verdugo la pérdida de su afectividad y de esta manera toda la despersonalización y el empobrecimiento emotivo de Wiesler que inunda la primera parte de esta película, se refleja en el frío hieratismo que domina el rostro impávido del actor Ulrico Müchen: sin persona -nos da en decir Florian Henckel-, no hay en rigor rostro y sólo nos queda la faz inexpresiva propia del animal, o, por utilizar la más exacta metáfora política arendtiana, la mera presencia de un cadáver vivo.

Asistimos así de la mano de este Wiesler -convertido en el Agente HGW XX/7- a la abolición de la polis en el Berlín Oriental, con la aniquilación subsiguiente de las condiciones de posibilidad de cualquier amicitia -como aquélla que pugna por florecer entre el círculo de disidentes unidos en torno a Dreyman- para, finalmente, acabar con el yo y con cualquier mí, según la precisa observación de Steiner, en cumplida expresión de ese gran proyecto de la abolición del hombre que llevaron a cabo los herederos de Stalin. A esta hecatombe antropológica, añade Florian Henckel otra dimensión no menos inherente al universo totalitario: la perversión epistemológica.

Cuando Joseph K se percataba en su proceso kafkiano de que las cosas había que aceptarlas no tanto como verdaderas sino como necesarias, asumía resignadamente que la mentira habría de constituirse en principio universal. Tal conclusión se erige ahora en el principio gnoseológico rector de los vastos dominios de la Stasi: ya no hay distinción entre realidad y ficción y, por tanto, el pensamiento deja de guiarse por los conceptos de verdadero y falso, dando paso a esa «mentira vital sancionada por el poder» de la que ha hablado Enzesberger a propósito de la Alemania de Honecker.

No cabe adecuación alguna entre el entendimiento y los objetos, ya que en rigor el Partido Socialista Unificado de Alemania (SED) fabrica la verdad y emula al nazismo al mentir la verdad misma, como daba en señalar Hannah Arendt. Así comprobamos cómo en un universo de mistificaciones tales se cumplirá fielmente el viejo principio de la lógica clásica, de lo falso se sigue cualquier cosa, que explica la importancia que el puro albur tiene siempre en el devenir totalitario y que cobra una relevancia capital en el desarrollo de la película, encarnándose en la arbitrariedad propia del SED y la Stasi a través de las veleidades del ministro de Cultura y su prolongación en la obediencia cínica del teniente coronel superior de Wiesler.

Y, sin embargo, en este mundo fenoménicamente predeterminado por el partido y la policía secreta, Florian Henckel introduce, en una afinada evocación de Kant, una realidad nouménica, capaz de iniciar por mor de una voluntad libre una nueva cadena de causas en aquel universo enclaustrado no previstas por la maquinaria burocrática: al escuchar el capitán Wiesler desde su buhardilla las notas de la sonata que Dreyman ejecuta en memoria de su maestro suicidado, percibe en una genuina prise de conscience una llamada, según la expresión de Kafka, venida «desde arriba», que le hace percibir la intrínseca unidad existente entre la belleza, el bien y la verdad.

De este modo, se convertirá en una causa agente y eficiente fundamental para que el J’accuse que Dreyman está escribiendo sobre las verdaderas tasas de suicidio en la RDA -el gran tabú del Estado- pueda bordear a la propia Stasi, orillar el Muro y llegar a la portada de Der Spiegel, esto es, a los dominios de aquel mismo cuarto poder que fundamentaba la república de conciudadanos libres en aquellas nuevas fronteras que Ford nos había narrado en El hombre que mató a Liberty Valance.

Y así en este capitán Wiesler con el rostro transfigurado por la emotividad recuperada, que comienza a tergiversar sus transcripciones de la reuniones de Dreyman con su círculo disidente, creando de este modo imaginativo su propia obra de ficción en una suerte de mentir la mentira misma, Florian Henckel reivindica -siguiendo a Kafka en El castillo- la figura suprema del hombre dotado de buena voluntad como fabricator mundi, libre generador de acontecimientos inéditos y gratuitos que suponen la construcción de mundos previamente imaginados como dotados de sentido. Al poco, caería el Muro en su pesada liviandad, y en este nuevo mundo ya habitable para el hombre K., el otrora capitán de la Stasi aceptará cabalmente su destino final como humilde cartero y bon citoyen de una república libre, pudiendo leer conmovido la dedicatoria agradecida de Dreyman: la amistad, la polis, la verdad y el valor de la persona -y por tanto del rostro- cobraban otra vez vigencia.

En un memorable fragmento, hablaba Walter Benjamin de ese ángel de la Historia que puesta la vista atrás contempla sin cesar cómo se alzan ante sí las sucesivas pilas de ruinas que conforman el pasado histórico. Fijando ahora su angelical mirada en la escombrera que forman los restos del Muro con su red de complicidades y extraños silencios, parece que nos esté demandando una explicación de las razones mismas de aquella sinrazón totalitaria. Y tal vez las encontremos, al menos en parte, en esta memorable lección que Florian Henckel ha diseccionado maestramente con su escalpelo, no muy lejos de donde el eminente y grave anatomista Nicolaes Tulp nos mostraba también las entrañas ignotas de otro cadáver ajusticiado.

Lección al alcance de todos aquéllos que sientan la perentoria necesidad de comprender, como sentían aquellos meditativos y atónitos acompañantes del cuadro de Rembrandt, prominentes ciudadanos también de una república libre.