La vida pendiente de un parche

Por Elena Arnedo* (EL PAÍS, 22/02/03):

Elisa tiene 60 años, es soltera y en los malos tiempos de nuestro país tuvo que emigrar a Suiza. Allí obtuvo un buen empleo en una fábrica, un apartamento muy aceptable donde vivir y un compañero portugués. Su vida iba bien hasta que, hace diez años, en su visita regular a España por Navidad encontró en Madrid a sus padres ancianos, solos, desatendidos y enfermos. En pocos meses renunció a todo lo que tenía y regresó. Logró empleo en una empresa de limpieza con horario de tarde-noche, trabajo duro y mal pagado. Durante el horario de trabajo de Elisa, una empleada inmigrante la sustituye para atender a su padre de 92 años, dependiente funcional, y a su madre, de 91 años, enferma de Alzheimer. El tiempo libre de Elisa, domingos y festivos, lo dedica a cuidar a sus padres. Lidia como puede con sus propios alifafes: artrosis y cefaleas. No recuerda cómo son los cines, los restaurantes, las charlas de amigos… Tiene una hermana y cuatro hermanos que no saben, no responden.

Concha tiene 52 años, es divorciada sin hijos, trabaja en un centro de investigación. Ama su trabajo por encima de todo, le resulta muy satisfactorio y está razonablemente remunerado y, sin embargo, Concha está a punto de solicitar una excedencia. Vive con su madre, de 85 años, que es también dependiente funcional: sufre artrosis generalizada, sordera, deterioro cognitivo y una grave cardiopatía isquémica. Concha, durante su horario de trabajo es sustituida por una empleada inmigrante. Su tiempo libre, sábados, domingos y festivos, lo dedica a atender a su madre. La actividad de Concha, sus horas de trabajo y de descanso, sus ritmos de dormir y despertar, los marca la medicación de su madre, todos los días del año. Porque la vida de la madre depende de un parche de nitroglicerina que es necesario aplicar y retirar a horas determinadas. Que Concha sufra también artrosis y problemas hepáticos no modifica mayormente ese esquema vital. Cada cual tiene lo que tiene. Como en el caso de Elisa, existen tres inexistentes hermanos de Concha.

Hace ocho años, Elisa y Concha se conocieron en un balneario. Algunos domingos por la tarde se hablan por teléfono, hablan de sus madres, de sus empleadas con difíciles biografías, también, y se cuentan que no tienen vida personal, que no tienen salud y que no tienen futuro porque su tiempo vital no les pertenece. Y por supuesto, saben que nadie las cuidará a ellas, y que tampoco pueden cuidarse ahora a sí mismas. Su doble presencia (trabajo-cuidados) no deja resquicio para nada más. No tienen tiempo, pero sí un gran sentido del humor y de la dignidad. Quisieran poder combinar la humanización de la vida, el amor y el respeto a sus mayores, con su derecho a la libertad. Pero su libertad personal y su propia salud son menoscabadas dramáticamente por un modelo de organización social que carece de los recursos imprescindibles para mantener una mínima calidad de vida: equidad entre hombres y mujeres como ciudadanos y ciudadanas, sujetos individuales de obligaciones y derechos y de servicios públicos universales.

Nuestro modelo de Estado de bienestar, por así llamarlo, presenta una serie de características, o más bien rémoras, que lo hacen un tanto sui géneris en el contexto de la Unión Europea. Es un modelo con los rasgos característicos del Sur, entre ellos el de un único sustentador familiar, por supuesto, varón. España es el país de la UE con el porcentaje más alto de familias con un solo sustentador -duplica el de Portugal, aunque está próximo a los de Irlanda e Italia-, lo que se relaciona con baja tasa de actividad femenina y tradición familista, es decir, con una red de solidaridad y apoyo descargada en las familias y, por lo tanto, con una escasa protección social. Aunque hay que hacer a esto (y a pesar de los deterioros evidentes) honrosas y muy fundamentales excepciones: educación, sanidad y pensiones.

Lo que históricamente debía ser la etapa de desarrollo de los Estados de bienestar del sur de Europa (su camino de ida) coincidió con los efectos del neoliberalismo: globalización financiera, fragmentación de los mercados de trabajo, cuestionamientos y discursos deslegitimadores de la protección social (camino de vuelta). Se frustaron así las posibilidades de desarrollar un modelo social más integrado, más justo, más democrático y más respetuoso con la ciudadanía. En los últimos años en España hemos de afrontar procesos agudos de familiarización y mercantilización para la satisfacción de necesidades básicas, sobre todo de grupos sociales vulnerables por razones de edad, desempleo, discapacidad, etcétera. Éstos, o disponen de recursos económicos para resolver tales necesidades en el mercado (cuya oferta, además, es insuficiente) o la única posible resolución se desplaza a la caja negra de la familia.

Hace tiempo que los análisis más adecuados de los modelos de bienestar han puesto de manifiesto que no es posible entenderlos y explicarlos en la relación mercado-Estado, sino que es imprescindible incluir el ámbito de la familia. Pero en el interior de la familia, sea cual sea su composición, el elemento más problemático es el de las relaciones de género o, lo que es lo mismo, la diferente y desigual situación de hombres y mujeres. Las mujeres descubrieron, hace tiempo también, que su estructura del tiempo es muy diferente: para ellas es trabajo-trabajo (la doble presencia), para ellos es trabajo-ocio, como avalan múltiples datos sobre el uso del tiempo por hombres y mujeres. Y hay que tener en cuenta que el tiempo es un recurso de primer orden para el acceso a la formación, a la promoción, a la participación, a la posibilidad de atender a la vida personal en condiciones mínimamente aceptables y dignas. No negaremos que la tasa de actividad femenina en nuestro país ha aumentado y que también ha aumentado en alguna medida, muy escasa, la participación de hombres jóvenes en las tareas de reproducción en las familias. Pero al rasgo familista se le otorga una función que socialmente es contradictoria con la situación actual, de modo que la ausencia de políticas adecuadas que lo sustituyan es un déficit cada día más grave.

Si centramos nuestra atención en las mujeres que tienen entre 35 y 60 años, y de ellas en las que se ven forzadas a la doble presencia, o doble jornada, podremos observar que se trata del grupo social más castigado por la situación actual. En primer lugar, el factor familista no es lo que era: la supuesta e indiscutible presencia de la red de apoyo y solidaridad se debilita, disminuye el número de amas de casa a tiempo completo y cada cual se esfuerza por aumentar su calidad de vida, frecuentemente incompatible con los antiguos comportamientos de colaboración. De tal modo que las tendencias simultáneas de familiarización y mercantilización acaban concentrando sus efectos en la más próxima: la hija, la madre y/o la abuela. Cada una de ellas afronta como puede, y cada vez puede peor, las necesidades básicas de los miembros de la familia que no son resueltos de ningún otro modo en un entorno social, que carece de los elementos protectores imprescindibles. No se trata de discutir si más o menos Estado de bienestar, si más o menos pluralismo del bienestar, se trata de que una sociedad democrática, moderna, mínimamente justa e integrada debe organizarse necesariamente para dar respuesta a sus problemas más acuciantes, y éstos tienen que ver con el modo de vida de sus ciudadanas/os como sujetos individuales de derechos. La educación, la sanidad, las pensiones y los servicios sociales son los pilares de un modo de vida digno y son los poderes públicos quienes deben organizarlos y garantizarlos.

Numerosos estudios sobre salud poblacional vienen demostrando que el grupo social de mujeres mencionado, el de trabajadoras-cuidadoras, está convirtiéndose en un grupo de riesgo: máximo estrés, máxima responsabilidad, máximo esfuerzo, mínima posibilidad de atender a sus propias necesidades personales porque no existen cuidados para las cuidadoras. Por supuesto que se dan situaciones muy diferentes entre ellas: unas tienen recursos económicos para comprar servicios en el mercado, y otras, no. Unas tienen empleos precarios y otras tienen empleos de alta cualificación, pero todas tienen en común la doble presencia y todas carecen del recurso tiempo, lo que las fuerza a desatender su propia vida.

Elisa y Concha son sólo dos ejemplos reales de los miles de mujeres que se hacen las mismas apremiantes preguntas: ¿Dónde están los centros de día? ¿Dónde las residencias temporales? ¿Dónde la atención domiciliaria? ¿Dónde los servicios sociales próximos? ¿Dónde la red de solidaridad y apoyo? ¿Dónde las ayudas necesarias?

¿Hasta cuándo podremos mantener nuestro modelo del sur de Europa? Son muchas las voces que claman por lo imprescindible. Muchos son los análisis científicos que demuestran que se puede aumentar el empleo, el crecimiento económico, la integración social y el nivel de salud y de educación de un país si se dedican suficientes recursos a la protección de los grupos sociales que la necesitan. Nuestro modelo posautoritario, o católico, o residual, o rudimentario (como lo denominan los diferentes estudiosos) puede y debe transformarse mirando a los modelos continentales y nórdicos de bienestar en Europa. Es necesario salir del letargo consumista y mercantilista para recuperar proyectos y objetivos más justos, más ambiciosos, para mejorar la vida de las personas. Sólo así mejora una sociedad.

* Firman también este artículo: Ángeles Amador, Inés Alberdi, Carmen Alborch, Cristina Alberdi, Mila Candela, Patrocinio de las Heras, Concha Giménez, Ana María Ruiz Tagle, Beatriz de la Iglesia y Teresa Blat.

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