La vida sin Doha

En un comentario reciente, me referí al Informe Provisional del Grupo de Alto Nivel de Expertos en Comercio, designado por los gobiernos de Gran Bretaña, Alemania, Indonesia y Turquía, del que soy co-presidente, para explicar por qué era importante concluir la Ronda de Doha de la Organización Mundial del Comercio, iniciada hace diez años. La columna fue reproducida en un blog mantenido por CUTS International (Consumer Unity and Trust Society), la ONG sobre países en desarrollo más importante de la actualidad, dando lugar a un torrente de reacciones de los expertos en comercio. El debate sigue abierto, pero ya ha levantado críticas que deben ser contestadas.

Algunos críticos se apresuraron a declarar la muerte de Doha; de hecho, que ellos, con inteligencia y agudeza, ya lo habían dicho años atrás. Supuestamente, nuestro intento de resucitarla fue patético e inútil. Pero si Doha estaba muerta, cabía preguntarse por qué los negociadores seguían negociando y por qué casi todos los líderes del G-20 seguían manifestando su apoyo a las conversaciones cada vez que se reunían.

Otros argumentaron que se había negociado la muerte de Doha.  O, en palabras de la ex Representante de Comercio de EE.UU. Susan Schwab, en un artículo publicado en Foreign Affairs, las conversaciones de Doha estaban “condenadas” y listas para el entierro. Sin embargo, estos críticos pensaban que se podía recoger el cadáver y rescatar el “Plan B”, aunque lo que se propuso en sus múltiples variantes – siempre una fracción menor del paquete negociado hasta la fecha – se debería haber denominado con mayor precisión como Plan Z.

Sonaba como una gran idea: mejor algo que nada. Pero, en las conversaciones de múltiples facetas que abarcaron diferentes sectores (por ejemplo, la agricultura, manufacturas y servicios) y diversas reglas (como el anti-dumping y subsidios), los países han negociado concesiones entre sí en diversos ámbitos. Cualquiera que sea el balance de las concesiones que se hayan logrado, se desharía si quisiéramos mantener un conjunto y dejar de lado otro.

De hecho, como ha señalado Stuart Harbinson, ex asesor especial del Director General de la OMC Pascal Lamy, el regateo sobre qué debería incluirse en el Plan B podría ser tan agitado y difícil como el regateo sobre cómo completar la totalidad del paquete de Doha.

Algunos de los críticos están mal informados acerca de los hechos. El Informe Bhagwati-Sutherland documenta ampliamente que ya se ha llegado a muchos acuerdos en todas las áreas principales. Como ha señalado Lamy, casi el 80% de la conversaciones sobre el curry está listo; sólo necesitamos las especias adicionales de los principales actores (India, la Unión Europea, EE.UU., Brasil y China). Se pueden proporcionar de manera políticamente aceptable, lo que también significa que la conclusión de Doha está a nuestro alcance, no más allá de nuestras posibilidades.

Pero ¿por qué molestarnos en seguir intentando? Si Doha fracasa, dicen algunos, la vida continuará. Eso es cierto, por supuesto, pero no hace que esta visión sea menos ingenua.

Si la Ronda de Doha fracasa, la liberalización del comercio se desplazará de la OMC a los acuerdos de comercio preferencial (ACP), que ya se extienden como una epidemia. Sin embargo, si los PTA fueran lo único en vigencia, la restricción implícita sobre las barreras comerciales contra terceros países contemplada en el Artículo 24 de la OMC, que es débil pero real, desaparecería por completo. La OMC apunta a dos objetivos: una liberalización del comercio no discriminatoria y dar uniformidad a la elaboración de normas y su aplicación. Si se elimina el primero, la institución más importante del libre comercio mundial perdería gran parte de su razón de ser.

Esto también afectaría al otro objetivo, porque los acuerdos de comercio preferencial irían asumiendo cada vez más las funciones de elaboración de normas. Esto ya se puede ver en acuerdos de comercio preferencial cuyas normas sobre cuestiones convencionales como el anti-dumping a menudo discriminan en favor de los miembros. También se refleja en el creciente número de disposiciones no relacionadas con el comercio que se insertan en los tratados de PTA propuestos por los EE.UU. y la UE, como resultado de grupos de presión egoístas que buscan concesiones de los socios comerciales más débiles, sin las cuales el libre comercio supuestamente equivaldría a “comercio injusto”. Estas reglas se anuncian como “avant garde”, dando a entender que los acuerdos de comercio preferencial son la “vanguardia” de las nuevas normas.

Como resultado, también se minaría la voluntad de los miembros de la OMC para invocar el Mecanismo de Solución de Diferencias (MSD), el orgullo de la OMC y, de hecho, de la gobernanza internacional. Los tribunales establecidos en los acuerdos de comercio preferencial se harían cargo del asunto, llevando a la atrofia, y finalmente a la irrelevancia, del MSD.

Podemos vivir sin la Ronda de Doha, pero eso significaría grandes dificultades para la vida de muchas personas. Hoy no es momento para una complacencia cínica.

Por Jagdish Bhagwati, profesor de Economía y Derecho en la Universidad de Columbia y miembro senior en Economía Internacional en el Consejo sobre Relaciones Exteriores. En la actualidad co-preside el Panel de Personas Eminentes de la UNCTAD sobre “Globalización centrada en el desarrollo”. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

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