La vida tenía un precio

En Romeo y Julieta, William Shakespeare demostró ser un profundo conocedor de las pasiones humanas, y desde luego, del más sublime de sus sentimientos: el amor. Aunque a finales del siglo XVI no se supiera, todas esas pasiones y sentimientos eran química. Una química que ciertamente hace al ser humano capaz de lo más sublime, como el amor de Romeo y Julieta; y de lo más deplorable, como la Italia del siglo XIV, la de los bandos, la de los partidos, la que impregnada de odio, ensangrentaba familias, calles, pueblos y estados. Igual que hoy, aunque sea en sus versiones más civilizadas. Entonces, todo lo presidía el pensamiento mágico religioso. Hoy todo lo explica la ciencia. Romeo y Julieta eran pura química: encendidos por la dopamina, fuente de placer, sensación de bienestar, y determinante de una atracción ciega; convertidos por la norepinefrina en satélites el uno del otro; y todas sus emociones, con la dopamina y serotonina revolucionadas, intensificadas por la feniletilamina. Eso es química. Todo en nosotros es química. Y si pretendemos mantener en funcionamiento esa gran factoría química que es el ser humano, a veces necesitamos soluciones químicas. Hablamos de solucionar enfermedades. Y ahí es donde entra la investigación farmacéutica. Química también. Parece simple, pero no es tan fácil.

Desde que el bacteriólogo alemán Paul Erlich sintetizara por primera vez una molécula química, la arsfenamina, que serviría para tratar la sífilis 300 años después de que Shakespeare escribiera su tragedia de Verona, las cosas se han ido complicando considerablemente. Para que una molécula innovadora se convierta en esa solución que todos reclamamos cuando entramos en un centro sanitario, se necesitan entre 10 y 15 años. Durante ese tiempo, sin saber si lo conseguirá, una compañía habrá tenido que invertir 7 millones de horas de trabajo y una media de unos 2.500 millones de euros. Solo en 2016, la industria farmacéutica invirtió globalmente en ese objetivo 142.000 millones de euros. Y contrariamente a lo que uno podría pensar, no lo hizo como una apuesta segura. En 2015, de más de 7.262 moléculas químicas en desarrollo, solo 44 fueron autorizadas como medicamentos nuevos. Y de ellos, solo 1 de cada 5 generaron ingresos que superaron los costes medios de investigación y desarrollo.

Todo eso me recuerda un cuadro extraordinario, que se encuentra a unos metros del Ministerio de Sanidad, en el Museo del Prado, y que el valenciano universal Joaquín Sorolla también pintó 300 años después de que Shakespeare escribiera su Romeo y Julieta: «¡Aún dicen que el pescado es caro!» El título procede de la novela «Flor de Mayo», escrita por otro valenciano no menos universal y gran amigo de Sorolla, Vicente Blasco Ibáñez. En ella narra la dureza de la vida de una familia de pescadores del barrio del Cabañal de Valencia. Uno de ellos, Pascualet, muere en el mar, y su tía abuela, la tía Picores, levantando el puño amenazante hacia el Miguelete que se alza a lo lejos sobre la nube de tejados de la ciudad de Valencia, se lamenta mientras exclama: «¡Que viniesen allí todas las zorras que regateaban al comprar en la pescadería! ¿Aún les parecía caro el pescado? ¡A duro debía costar la libra!».

Hoy no me imagino a la tía Picores con el puño en alto amenazando al político de turno y exclamando: «¡Aún dicen que el medicamento es caro!». Pero si lo hiciera, no le faltaría algo de razón. Porque caro no es el medicamento que se consigue. Lo verdaderamente caro es no tenerlo cuando el Pascualet de turno cae mortalmente enfermo. Y no hay que olvidar, que el papel de Pascualet, incluso alternándolo con mucha suerte alguna vez en la vida, con el de Romeo o Julieta, lo interpreta todo el mundo tarde o temprano. Y llegado ese momento, para los que no capitular ante la muerte tenía valor, sí puede decirse que la vida tenía un precio.

Rubén Moreno es doctor en medicina y ex secretario general de Sanidad

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