La vieja normalidad

En estos momentos de terrible angustia y de pérdida de miles de vidas humanas, se ha impuesto un concepto, cada vez más aceptado: el de la nueva normalidad. La expresión aparece en casi todos los discursos políticos, empezando, claro, por los del presidente del Gobierno, y artículos periodísticos, invitándonos a los ciudadanos a hacer un esfuerzo para adaptarnos a una nueva realidad terrible. Pero, ¿cuál es, sin embargo, esa realidad? ¿Y realmente tenemos que aceptarla? Hay muchas razones para reflexionar sobre lo que significa, porque ante el inmenso desastre que nos amenaza, uno de los mayores desastres en la historia de la humanidad, no debería bastar, sencillamente, con adoptar una nueva normalidad.

¿Qué es nuevo y de qué manera puede mejorar lo nuevo respecto lo que ya tenemos? Cuanto más se mira lo que está sucediendo, más razones tenemos para temer lo que pueda traer la nueva normalidad. En Hong Kong, por ejemplo, la policía ha reprimido en las últimas semanas los movimientos de protesta con el argumento de que violan las reglas de distanciamiento social impuestas para hacer frente a la pandemia. Y la policía está actuando de la misma manera en Estados Unidos. En Europa, las autoridades están invitando a los ciudadanos a registrar sus teléfonos móviles a través de una aplicación que puede identificar todos y cada uno de sus movimientos, siempre con la excusa de facilitar información sobre la propagación del virus. ¿Es esa la nueva normalidad, permitir que el Estado controle nuestras libertades?

La vieja normalidadHay, podemos estar seguros, otras alternativas. Deberíamos considerar la posibilidad de volver a una vieja normalidad, la normalidad que todos conocíamos antes de que el mundo moderno transformara nuestra existencia. Nuestros amigos, los animales, son los testigos más convincentes de los cambios que han tenido lugar como resultado de la pandemia.

Consideremos el regreso aparentemente pacífico de peces y delfines a las aguas de Venecia. «El agua es azul y clara», afirma el propietario de un hotel a escasa distancia de la plaza de San Marcos. «Está tranquilo como un estanque, porque no hay olas causadas por barcos motorizados que transportan turistas». Y, por supuesto, los cruceros gigantes han desaparecido de la ciudad italiana. Los animales están regresando a todas partes. Se ha visto un tiburón días atrás explorando tranquilamente las aguas costeras de Andalucía. En Galicia, han avistado el primer oso pardo en 150 años. La naturaleza está volviendo. En Inglaterra, el águila de cola blanca se ha visto en los cielos por primera vez en 240 años. Esa solía ser la vieja normalidad, la normalidad que desapareció durante muchos años y que ahora parece estar volviendo.

Por supuesto, hay aspectos de la vieja normalidad que probablemente nunca podremos cambiar, sobre todo porque, como humanos, siempre hemos elegido los caminos de la violencia y la guerra, caminos a través de los cuales hemos tratado constantemente de destruirnos a nosotros mismos. Y me temo que esa necesidad de autodestrucción continuará tan fuerte como siempre. Pero hay otros aspectos para los cuales el desastre actual puede servir como una advertencia oportuna.

Hace unos días, un periódico británico informaba de que aproximadamente 300.000 ciudadanos del Reino Unido habían decidido dejar de fumar debido a sus consecuencias en relación con la Covid-19. ¿Siempre se requiere un desastre para recordarnos que hay formas en que podemos cambiar nuestro entorno? ¿Por qué tenía que ser la propagación de un virus lo que redujera la contaminación del aire en nuestras ciudades? Hasta en un 83% en Barcelona y un 73% en Madrid estas últimas semanas. La contaminación, ciertamente, regresará. De hecho, en buena medida ya ha regresado en los primeros días del desconfinamiento. Desde mediados de marzo, en el Mediterráneo ha sido posible observar todas las estrellas en el claro cielo nocturno y admirar la pureza de la luna cambiante. Pronto el retorno de la contaminación hará que sea difícil ver esas estrellas. ¿Por qué no podemos volver a la antigua normalidad, en la que había menos automóviles de lujo, menos camiones, menos autocares, menos veneno en el aire?

En el Mediterráneo, desafortunadamente, son las necesidades del turismo de masas las que tienen prioridad, a pesar de que lo que necesitamos de verdad es un retorno a la era del turismo controlado, el de la era de la vieja normalidad que precedió al crecimiento de la industria low cost, con sus vacaciones low cost, vuelos low cost, alquileres de apartamentos low cost. El low cost ha destruido el carácter y la cultura de España, los bares y restaurantes low cost ahora ofrecen como si fuera comida tapas, algo que para muchos turistas extranjeros representa el pico de la perfección culinaria. Hace décadas, cuando la antigua normalidad aún estaba vigente, una tapa no era más que un simple refrigerio en un bar público; hoy es la única forma de comida que ofrecen las hordas de los en muchos casos mal llamados restaurantes.

Quienes hoy toman las decisiones para hacer frente al coronavirus están convencidos de que la política de distanciamiento social se convertirá en una parte esencial de la nueva normalidad. De hecho, el distanciamiento social siempre fue parte de la vieja normalidad. Esa fue la tónica antes de que los especuladores del sector del turismo crearan el fenómeno de los apartamentos turísticos, disparado en los últimos años por plataformas como Airbnb y por las ansias de muchos consistorios españoles. Los propietarios de apartamentos turísticos, ansiosos por ganar dinero, han creado espacios en los que las personas prácticamente se hacinan las unas encima de las otras. Sé de un apartamento que solía ser el hogar de una pareja de ancianos, cuyo hijo y heredero ha transformado el espacio habitable en cuatro apartamentos para un total de cuatro familias. Los residentes cambian con frecuencia. ¡Maravilloso distanciamiento social! Maravilloso también para favorecer justamente la propagación de virus.

La masificación del turismo también ha ayudado a destruir el carácter y la calidad de vida de los españoles. He visto a ciudadanos enojados por no poder entrar en un autobús municipal porque estaba completamente ocupado por turistas, algo que en algunas ciudades se ha convertido en absolutamente cotidiano en el apogeo de la temporada turística. El distanciamiento social, ya sea en autobuses o apartamentos, bares o museos, o simplemente en las aceras públicas, era imposible en los días previos al virus. El turismo de masas nos obligó a vivir en espacios reducidos, o incluso nos privó del espacio normal. ¿Volverá eso cuando desaparezca el coronavirus? No es de extrañar que muchos anhelen la vieja normalidad, la que existía antes del crecimiento del turismo moderno.

Por lo que hemos visto hasta ahora, parece que las características básicas del turismo depredador de los últimos 30 años desaparecerán temporalmente: las aerolíneas de low cost están en bancarrota, las agencias de apartamentos están cerrando apartamentos, varios hoteles y tiendas de lujo y algunos bares-restaurantes van a desaparecer, los cruceros turísticos tardarán en recuperarse… Sin embargo, el problema no radica en la creación de una nueva normalidad que puede adoptar cualquiera de varias formas. Más bien, el problema radica en si podemos ir más allá de eso y volver a la vieja normalidad que dominaba en el mundo antes de que fuera destruido por una mentalidad depredadora que ha colocado las ganancias por encima de las necesidades del entorno cotidiano, volviendo así a la preservación de la herencia cultural y la salud espiritual de la raza humana.

Henry Kamen es historiador; su último libro es La Invención de España (Espasa, 2020).

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