La violencia en el fútbol

Orfeo Suárez: A por ellos con el mazo de la Ley.

La gente de fútbol, como Simeone, ha dicho estos días que la violencia no es un problema del fútbol. En definitiva, que no es un problema suyo. Digamos que es un problema de todos, uno de los cuatro lenguajes universales, según dijo Jürgen Lenz, un sabio del patrocinio olímpico, junto a la música, el deporte y el sexo. Por lo tanto, es también un problema del fútbol, que ofrece un decorado perfecto para articular el mal que forma parte de la condición humana. Por una parte, escenifica el enfrentamiento tribal que proponen los equipos en un mundo donde nada enfrenta tanto como la identidad, y que ya esbozó el visionario Ortega en El Origen Deportivo del Estado. Por otra, ofrece la impunidad de la masa, en la que se escondía Jimmy y todavía lo hacen los autores materiales de su muerte. Responsabilizar, pues, únicamente a los clubes, de cuya connivencia no hay mejor prueba y metáfora que el pésame de Lendoiro a los encapuchados, es desviar el problema y no afrontarlo abiertamente. Hablemos de la Ley, en mayúsculas, que, como la violencia, es cosa de todos.

La violencia en el fútbolLeyes, precisamente, no han faltado en la España que emergió de la Transición, con una compulsión excesiva por legislar a todas horas. También en el deporte, a pesar de la escasísima referencia que hace la Constitución. Es suficiente con aplicar las leyes con toda la contundencia que permiten, porque los sistemas más garantistas, como es nuestro Estado de Derecho, son los que necesitan más garantías, más cobertura. En las dictaduras basta el miedo, antónimo de la ley. Ante el fútbol, en cambio, ese Estado ha sido muy débil. La permisividad con los ultras es sólo un capítulo más. La deuda con la Administración es otro. Fue como si la Transición no se produjera para el pan y circo. Los clubes que eran beneficiarios de esa laxitud son ahora víctimas, pero antes que señalar su responsabilidad, evidente, hay que subrayar la del Estado.

El fenómeno ultra en el fútbol nació asociado a situaciones de crisis económica, desarraigo social y turbulencias nacionalistas. El caso más claro es el de Gran Bretaña, donde las duras reconversiones industriales y mineras se situaron en paralelo al crecimiento de los hooligans en el inicio de los 80. Sucedió algo similar en la Alemania del Este tras la unificación o en los Balcanes, antes y después de la guerra. Los nexos son claros: extremismo, uniformidad y organización paramilitar en algunos casos. El mimetismo, consustancial a todos los fenómenos de masas, provocó que ningún país europeo se librara de esta moda macabra, incluso aquellos cuya estabilidad les hacía más inmunes a las desestructuraciones sociales, como Holanda. La tendencia encontró en Heysel un punto de inflexión para los ingleses. Si queremos que la muerte de Jimmy lo sea para España, vayamos a por ellos, también a por quien los cobije. Ante sus bates, nos basta un mazo: la Ley.

Antonio Félix: Cobardes, más que cobardes.

En su primera comparecencia tras la muerte de Jimmy, el secretario de Estado para el Deporte, Miguel Cardenal, confesó lo siguiente: «Teníamos la ley, pero nos faltó la praxis». Durante los últimos años, la posición del mundo del fútbol respecto a la violencia ultra fue exactamente ésa: mirar hacia otro lado. Miró hacia otro lado el CSD, lo hizo esa Federación en permanente fin de semana y lo hizo, vaya si lo hizo, la prensa. Pero entre todos los actores de esta película sólo uno fue colaborador íntimo, permanente y casi alentador de esa violencia: los clubes.

En la siguiente comparecencia tras la muerte de Jimmy, el presidente de la Liga, Javier Tebas, añadió: «Se acabó dejar a los ultras cuartos en el estadio, se acabó lo de financiarles viajes, y lo de proporcionarles entradas…» Tebas no reveló ningún secreto. La colaboración entre los clubes y los ultras estaba a la vista de cualquiera que decidiera mirar. Y fue estrecha, obscena y mutua. Los casos en que los dirigentes tiraron de sus ultras para hostigar a periodistas o reventar asambleas críticas abundan. El año pasado, un líder de Biris lo puso negro sobre blanco en un libro publicado por la editorial Punto Rojo. Por si quedaba alguna duda.

A cambio de su favor, los dirigentes regaron a su brazo armado. El mercadeo con las entradas con que les obsequiaban se convirtió en una de las principales fuentes de financiación para los ultras. En sólo dos años, el Betis regaló boletos por valor de un millón de euros. Se estima que buena parte iría a sus radicales, cuyos líderes llegaron a contar con pases vips en el Villamarín.

La intimidad con los dirigentes alentó la sensación de poder de los violentos. El entierro de Jimmy ofreció un retrato perfecto, con el ex presidente del Deportivo Augusto Lendoiro presentando sus respetos. Escuchar hoy a esos presidentes alardeando de las medidas con las que les combatieron suena a broma. Y, en algunos casos, literalmente lo es, como cuando el Betis decidió contratar a coachs para dar charlas cívicas a sus radicales. Pocos se les opusieron de verdad: el Barcelona de Laporta, el Madrid de Florentino y, durante un rato, el Sevilla de Del Nido. No fue fácil para ellos. La Policía desactivó el intento de secuestro de Laporta, Florentino lloró la profanación de la tumba de su esposa, y a Del Nido le sacaron hasta que alquilaba locales para puticlubs. Tal vez ahora se conviertan en ejemplos a seguir… a la fuerza.

Las medidas impulsadas por la Liga y el CSD (la Federación ni está ni se le espera) pueden significar la excusa que usen los COBARDES dirigentes de los clubes para romper (seamos optimistas) los lazos con sus radicales. COBARDES, sí. Porque todos miramos para otro lado, pero quienes dieron el dinero a los ultras, les sentaron a su mesa y rieron las gracias fueron solamente ellos: los clubes.

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