La Virgen María y el emperador Carlos V

A la memoria de don José María Pemán, maestro y amigo, enamorado de la Virgen.

Carlos I de España y V de Alemania se convirtió por obra del destino y alianzas dinásticas en soberano de un gran imperio, a caballo entre dos continentes. Su figura combina al caballero medieval, el príncipe renacentista y un precursor del europeísmo. Pero la gran paradoja es que, siendo tan poderoso, nació y murió en soledad. En efecto, su madre, archiduquesa doña Juana, al encontrarse indispuesta en un baile –Casa del Príncipe de Gante, Flandes–, acudió al baño, y sin ayuda de nadie nació Carlos. Era la madrugada del día 24 de febrero de 1500.

Y su A-Dios, alejado de la Corte, tuvo lugar en el monasterio de Yuste, el 21 de septiembre de 1558, enfermo de paludismo. Su agonía, con altas fiebres, duró un mes. Quiso morir con una vela en la mano, procedente del monasterio de Monserrat, lugar sagrado que, por amor a la Moreneta, había visitado nueve veces en vida.

El cariño de Carlos a la Virgen María ya era conocido antes de venir a España. Devoción muy especial tenía a Nuestra Señora de los Dolores. Y al casarse el 11 de marzo de 1526, en los Reales Alcázares de Sevilla, con su prima Isabel de Portugal, finalizada la ceremonia, fue a visitar a Nuestra Señora de la Antigua.

El manto imperial de su coronación lo envió a la Virgen del Sagrario de Toledo. Y en esa ciudad fue patrono de la cofradía de la Inmaculada, fundada por el cardenal Cisneros. La devoción a la Inmaculada sería una constante en todos los reyes de la Casa de Austria. El Emperador Carlos V tuvo relaciones con el santuario de Guadalupe, peregrinó al de Loreto y proclamó a Nuestra Señora del Buen Consejo patrona de los Consejos Imperiales; y a la muy venerada Virgen de los Dolores, Generalísima de sus Ejércitos.

En los documentos oficiales emplea la misma fórmula que ya usaron los Reyes Católicos: «La bienaventurada Virgen Santa María, a quien tenemos por Señora e por Abogada en todos nuestros fechos». La Virgen siempre figuró en todos los hechos de armas del Emperador, y en los de sus más famosos capitanes. A la Virgen se atribuyó la victoria de Pavía, y la acción de gracias se celebró con Nuestra Señora de Atocha en procesión.

Pero la Virgen María también estuvo presente durante su reinado en América. Así, en la expedición de Diego García de Moguer, en 1534, la carabela lleva el nombre de Concepción. Y al descender al estuario de los ríos Uruguay y Paraná, elige el lugar, asentamiento del que sería Buenos Aires, con el nombre de Santa María del Buen Aire.

Y a esto tenemos que unir la gran labor evangelizadora, también controlada por el Emperador, que siempre llevaba dos signos de amor y devoción a los lugares adonde sus soldados o misioneros llegaban: la Cruz y la Virgen María. Así, en las Ordenanzas de Zaragoza de 1518 manda que se ponga alguna imagen de la Virgen en todas las iglesias de América, y que se enseñe a los naturales a rezar el Avemaría y la Salve.

Cabe decir, para cerrar esta relación incompleta sobre el amor del Emperador a María, que él era una buena persona. Su educación humanista, recibida en Gante, y su gran nobleza le llevaron a confiar en muchos que no siempre acudían a él con sinceros deseos de servirle. Por su atractivo y dulce trato, muchas mujeres se le acercaban. Mezcla de amor maternal hubo en alguna de sus relaciones. Y hasta cinco hijos extramatrimoniales se contabilizan. El más célebre sería Juan de Austria. Su madre fue Bárbara Blomberg. El Emperador lo reconoció en su testamento y, antes de morir, lo conoció en una habitación de Yuste.

Si bien el heredero universal de este gran rey, defensor del catolicismo (Lutero lo comprobó suficientemente), fue su hijo Felipe II, quien, gracias a su valeroso y bondadoso padre, pudo llegar a decir que en su imperio «no se ponía el sol».

Francisco Rico Pérez, profesor emérito de la UCM.

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