La virtud de la discreción en los procesos de paz

Por Vicenç Fisas, director de la Escuela de Cultura de Paz, UAB (EL PAÍS, 10/11/06):

En un reciente encuentro entre los comisionados o negociadores de paz gubernamentales de 13 países con conflictos armados, sorprendió a varios de ellos la discreción y cautela con la que el Gobierno español maneja el proceso vasco, en comparación con otros contextos donde parece imposible mantener la confidencialidad porque, o bien todo se filtra, o el rumoreo es tan extenso que impide saber lo que hay de cierto y de mentira. En un extremo podríamos citar el caso de Indonesia, donde las negociaciones del pasado año con el GAM las llevó personalmente el vicepresidente del país, quien de forma personal y directa enviaba por la noche los faxes al presidente de su país para informarle del desarrollo de las negociaciones que se realizaban en Finlandia, sin que informara siquiera a su propia oficina, ni al Gobierno ni al Parlamento.

El otro extremo sería Colombia, donde continuamente se frustran intentos exploratorios con las FARC a causa de la filtración de documentos con propuestas de una parte u otra, dañando así la creación de la confianza necesaria para conducir el proceso mediante un procedimiento que requiere un elevado nivel de discreción en sus primeros momentos.

El secretario general del PP, Ángel Acebes, se ha sorprendido enormemente y ha criticado con su dureza habitual al presidente del Gobierno, al enterarse de que un centro suizo custodia las actas del diálogo con ETA, de las que sólo el mencionado centro tiene copia, como medida para asegurar que nadie tendrá la tentación de filtrar lo que allí se ha convenido. Al señor Acebes este procedimiento le parece “un verdadero escándalo”, pero debo explicarle que es un procedimiento muy habitual en todo proceso en el que intervienen terceros facilitadores, y que en el oficio de la mediación se considera una forma de actuar muy pertinente. Me inquieta además la crítica facilona a un centro tan reputado como es el Centro para el Diálogo Humanitario, que en sus años de existencia ha protagonizado numerosas facilitaciones que han permitido terminar con varios conflictos armados o encarrilarlos en vías de solución, a veces en solitario, y otras veces en combinación con diplomacias de otros países.

Dos de cada tres conflictos utilizan facilitaciones externas, sea mediante la figura central de la mediación (la persona o institución que facilita las negociaciones e interviene en ellas), o cualquier otra de las funciones que configuran un proceso de mediación: quienes exploran posibilidades, quienes generan ideas, quienes tienen capacidad de convocar a las partes, quienes entrenan o capacitan a una de las partes para la negociación, quienes garantizan la buena marcha del proceso y dan incentivos (o muestran el garrote, si hace falta), y un largo etcétera de funciones que realizan las personas intermediarias. Sin excepción, todos los procesos siguen unas pautas (primeras exploraciones y tanteos, conversaciones informales, negociación formal), y lo habitual es que se haga con mucha confidencialidad. No es nada habitual, en este sentido, lo que hizo el presidente del Gobierno al comparecer en el Congreso y buscar un aval para sus gestiones. Es una actitud de honestidad, pero arriesgada, especialmente si de antemano se sabe que el principal partido de la oposición actuará de spoiler, esto es, de saboteador, criticando cualquier cosa que se haga, aunque se haga poco o muy despacio. En cualquier caso, y quizás es lo más importante, no hay proceso posible (y estamos hablando de un proceso donde al final ETA se autodisuelve, que no es poco) si no hay canales de comunicación, encuentros entre intermediarios, encuentros directos, papeles a enseñar, hojas de ruta, compromisos temporales y temas sustantivos, acompañantes en el proceso y proceso de verificación. Así se ha hecho siempre y se seguirá haciendo, porque no hay otro método posible. Lo más terrible no es tener que hablar con el enemigo, sino dejar de hacer cosas que con suerte y buenas dosis de inteligencia permitirán que ese enemigo deje de existir como resultado de un proceso de negociación.

En nuestro caso, llegar al final del túnel es posible, pero será más probable llegar a este punto si el proceso se hace con la máxima discreción. No se trata de que la democracia exija luz y taquígrafos en un tema tan sensible, sino de que el Gobierno sepa lo que se trae entre manos y lo explique cuando sea oportuno, pero no antes ni después. Todos estamos de acuerdo en lo que queremos para el final de la historia, pero el método para llegar allí es responsabilidad exclusiva del Gobierno, y es muy torpe, además de inútil, pensar que el Gobierno no utilizará las herramientas habituales que en todas las partes del mundo se utilizan para resolver los conflictos.