La visión eurasiática de Rusia

El conflicto en aumento en Ucrania entre el Gobierno, apoyado por Occidente, y los separatistas respaldados por Rusia, ha hecho que se centrara la atención en una cuestión fundamental: ¿cuáles son los objetivos del Kremlin a largo plazo? Aunque el objetivo inmediato del Presidente de Rusia, Vladimir Putin, se ha limitado a recuperar el control de Crimea y conservar alguna influencia en los asuntos ucranianos, su ambición a largo plazo es mucho más atrevida.

Dicha ambición no es difícil de discernir. En cierta ocasión Putin hizo la famosa observación de que el desplome de la Unión Soviética fue la mayor catástrofe del siglo XX. Así, su objetivo a largo plazo ha sido el de reconstruirla de alguna forma, tal vez como una unión supranacional de Estados miembros como la Unión Europea.

Ese objetivo no es sorprendente: decadente o no, Rusia siempre se ha considerado a sí misma una gran potencia que debía estar rodeada de Estados-tampón. En la época de los zares, la Rusia imperial extendió sus dominios con el tiempo. Con los bolcheviques, Rusia construyó la Unión Soviética y una esfera de influencia que abarcaba gran parte de la Europa central y oriental y ahora, con el régimen igualmente autocrático de Putin, Rusia se propone crear, con el tiempo, una vasta Unión Eurasiática (UEA).

Si bien la UEA sólo es aún una unión aduanera, la experiencia de la Unión Europea indica que una zona de libre comercio lograda propicia con el tiempo una mayor integración económica, monetaria y más adelante política. El objetivo de Rusia no es el de crear otro Tratado de Libre Comercio de América del Norte, sino otra UE, en la que el Kremlin cuente con todas las palancas de poder. El plan ha quedado claro: comenzar con una unión aduanera –inicialmente Rusia, Belarús y Kazajstán– y añadir a la mayoría de las antiguas repúblicas soviéticas. De hecho, Armenia y Kirguizstán están en ello.

Una vez establecida una amplia unión aduanera, los vínculos comerciales, financieros y de inversión dentro de ella aumentan hasta el punto de que sus miembros estabilizan sus tipos de cambio respectivos. Luego, tal vez un par de decenios después de la formación de la unión aduanera, sus miembros examinan la posibilidad de crear una unión monetaria con una divisa común (¿el rublo eurasiático?) que se pueda utilizar como unidad de cuenta, medio de pago y reserva de valor.

Como demuestra la experiencia de la zona del euro, el mantenimiento de una unión monetaria requiere una unión bancaria, fiscal y económica completa y, una vez que los miembros ceden sus soberanía sobre los asuntos fiscales, bancarios y económicos, pueden necesitar con el tiempo una unión política parcial para garantizar la legitimidad democrática.

Para realizar semejante plan, hay que superar problemas muy arduos y el compromiso de grandes recursos financieros durante un período de muchos decenios, pero el primer paso es una unión aduanera y, en el caso de la Unión Eurasiática, tendría que incluir a Ucrania, el mayor vecino oriental de Rusia. Ésa es la razón por la que Putin ejerció tanta presión sobre el ex Presidente Viktor Yanukóvich para que abandonara un acuerdo de asociación con la UE y por la que la reacción de Putin ante el derrocamiento del gobierno de éste fue la de apoderarse de Crimea y desestabilizar la Ucrania oriental.

Los acontecimientos recientes han debilitado aún más las facciones de Rusia pro Occidente y orientadas al mercado y han fortalecido a las facciones nacionalistas y de capitalismo de Estado, que ahora presionan en pro de una más rápida creación de la UEA. En particular, la tensión con Europa y los Estados Unidos respecto de Ucrania dirigirá las exportaciones de energía y materias primas de Rusia –y los gasoductos correspondientes– hacia Asia y China.

Asimismo, Rusia y sus socios BRICS (el Brasil, la India, China y Sudáfrica) están creando un banco de desarrollo que hará de substituto del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, controlados por Occidente. Las revelaciones de la vigilancia electrónica por parte de los EE.UU. pueden mover a Rusia –y a otros Estados no liberales– a limitar el acceso a la red Internet y a crear sus propias redes de datos de control nacional. Se habla incluso de la creación por parte de Rusia y China de un sistema internacional de pagos substitutivo del sistema SWIFT, que los EE.UU. y la UE pueden utilizar para imponer sanciones financieras a Rusia.

La creación de una UEA completa, que vaya desvinculándose gradualmente de los lazos comerciales, financieros, económicos, de pagos, de comunicaciones y políticos con Occidente, puede ser una quimera. La falta de reformas y tendencias demográficas adversas de Rusia entrañan un escaso crecimiento potencial y recursos financieros insuficientes para crear la unión fiscal y de transferencias necesaria para atraerse a otros países.

Pero Putin es ambicioso y, como otros autócratas de naciones del Asia central, puede permanecer en el poder durante varios decenios. Y, guste o no, incluso una Rusia que carezca del dinamismo necesario para tener éxito en la manufactura y las industrias del futuro seguirá siendo una superpotencia exportadora de productos básicos.

Las potencias revisionistas como Rusia, China y el Irán parecen dispuestas a enfrentarse al orden político y económico mundial que los EE.UU. y Occidente construyeron después del desplome de la Unión Soviética, pero ahora una de dichas potencias revisionistas –Rusia– está avanzando agresivamente para recrear casi un imperio y una esfera de influencia.

Lamentablemente, las sanciones que los EE.UU. y Europa están imponiendo a Rusia, aunque necesarias, pueden reforzar simplemente la convicción entre Putin y sus asesores nacionalistas eslavófilos de que el futuro de Rusia no estriba en Occidente, sino en un proyecto de integración separado en el Este. El Presidente de los EE.UU., Barack Obama, dice que esto no es el comienzo de una nueva guerra fría; las tendencias actuales podrían indicar pronto otra cosa.

Nouriel Roubini, a professor at NYU’s Stern School of Business and Chairman of Roubini Global Economics, was Senior Economist for International Affairs in the White House’s Council of Economic Advisers during the Clinton Administration. He has worked for the International Monetary Fund, the US Federal Reserve, and the World Bank. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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