La visión europea del futuro eclipsa el sueño americano

Por Jeremy Rifkin, autor de El sueño europeo: cómo la visión europea del futuro está eclipsando el sueño americano, que publica esta semana en España Ediciones Paidós. Este artículo es un extracto de dicho libro (EL PAIS, 06/09/04):

La cuestión de los valores ha saltado repentinamente al centro del escenario a ambos lados del Atlántico. En Estados Unidos, el presidente George W. Bush y el senador John Kerry debaten sobre cuestiones tan variadas como el matrimonio entre homosexuales y la investigación con células madre embrionarias. En una sociedad en la que en los últimos tiempos casi todos los valores se han convertido en objeto de crítica y controversia, hay un valor estadounidense que se mantiene inalienable, no afectado por las riñas partidistas y el escrutinio de los medios. Todos los políticos, independientemente de sus colores, se apresuran a elogiar el sueño americano, la idea de que cualquiera, independientemente de las circunstancias en que nazca, puede hacer con su vida lo que quiera, a base de diligencia, determinación y trabajo duro. El sueño americano sigue siendo el mito más perdurable de Estados Unidos. Es el cemento social que une al pueblo estadounidense a través de divisiones étnicas y de clase, y que da al modo de vida de este país un propósito y una dirección comunes. La muerte en junio del presidente Ronald Reagan subrayó lo importante que sigue siendo el sueño americano para la psique nacional. Las muestras de dolor y los elogios que el ex presidente recibió de amigos y rivales por igual fueron un homenaje tanto a ese sueño como al hombre que, en opinión de muchos, personificó el más preciado de todos los valores del país.

La pega es que un tercio de los estadounidenses, de acuerdo con un sondeo reciente a escala nacional, ya ni siquiera creen en el sueño americano. Algunos han perdido la fe porque han trabajado duramente toda su vida para no encontrar más que dificultades y desesperación al final del camino. Otros, sin embargo, lo han abandonado aún más profundamente. Están empezando a cuestionarse el sueño en sí, alegando que los principios que lo sostenían están perdiendo importancia en un mundo cada vez más interconectado e interdependiente. Por primera vez, el sueño americano ya no sirve de punto de encuentro para todos los estadounidenses. Mientras el sueño americano se va desvaneciendo, un nuevo sueño europeo está empezando a captar la atención y la imaginación de los habitantes de todas partes. Ese sueño se ha codificado ahora en forma de anteproyecto de Constitución europea. La Constitución propuesta se ha convertido a su vez en materia de intenso debate en un momento en que los europeos estudian si ratificar o no sus contenidos y aceptar sus principios básicos como valores centrales de una nueva Europa. En muchos aspectos, el nuevo sueño europeo es el reflejo del antiguo sueño americano. Pero, para los millones de estadounidenses que ya no se identifican inquebrantablemente con éste, la visión de futuro europea quizá tenga mayor resonancia; una especie de gran inversión, por así decirlo, de lo que ocurrió hace doscientos años, cuando millones de europeos miraban hacia Estados Unidos en busca de una nueva ilusión para su vida y la posteridad.

Veinticinco naciones, que representan a 455 millones de personas, se han unido para crear los “Estados Unidos” de Europa. Como los Estados Unidos de América, esta enorme entidad política está apuntalada por un mito propio. Aunque se encuentra todavía en su adolescencia, el sueño europeo es la primera visión transnacional, mucho más apropiada para la siguiente fase del viaje humano. Los europeos están empezando a adoptar una nueva conciencia global que se extiende más allá, y por debajo, de las fronteras de sus Estados nacionales, integrándolos profundamente en un mundo cada vez más interconectado. Los estadounidenses estamos tan acostumbrados a considerar que nuestro país es el más próspero del mundo que quizá nos sorprendiera saber que, en muchos aspectos, ya no es así. En sólo unas décadas, la Unión Europea ha crecido hasta convertirse en la tercera mayor institución gubernamental del mundo. Aunque su extensión equivale a la mitad del territorio continental estadounidense, su producto interior bruto, de 10,5 billones de dólares, eclipsa ahora al estadounidense, y la convierte en la mayor economía mundial. La Unión Europea ya es el principal exportador y el mayor mercado comercial interno. Sesenta y una de las 140 mayores empresas de la lista de 500 incluidas en Global Fortune son europeas, mientras que sólo 50 son estadounidenses.

Sin embargo, las comparaciones entre las dos grandes superpotencias del mundo son todavía más reveladoras en lo que respecta a la calidad de vida. Por ejemplo, en la Unión Europea hay aproximadamente 322 médicos por cada 100.000 habitantes, mientras que en Estados Unidos hay sólo 279. Estados Unidos ocupa el puesto 26 de los países industrializados en mortalidad infantil, muy por debajo de la media europea. La esperanza media de vida en los 15 países más desarrollados de la UE está ahora en 78,2 años, frente a los 76,9 años de Estados Unidos. Los niños de 12 países europeos obtienen ahora mejores puntuaciones en conocimientos matemáticos que sus homólogos estadounidenses, y en 8 países europeos los superan en conocimientos científicos. En lo que se refiere a la distribución de la riqueza -una medida crucial respecto a la capacidad de un país para cumplir su promesa de prosperidad-, Estados Unidos ocupa el puesto 24 entre los países industrializados. Los 18 países más industrializados de la UE presentan menos desigualdad entre ricos y pobres. Ahora hay más pobres viviendo en Estados Unidos que en las 16 naciones europeas sobre las que se dispone de datos. Estados Unidos es también un lugar más peligroso para vivir. Su tasa de homicidios cuadruplica la de la Unión Europea. Y lo que es aún más preocupante, las tasas de homicidios, suicidios y muertes relacionadas con las armas de fuego entre los niños estadounidenses son superiores a las de otros 25 países ricos, incluidos los 14 países europeos más ricos. Aunque Estados Unidos alberga sólo el 4% de la población mundial, contiene ahora la cuarta parte de la población carcelaria de todo el mundo. Mientras que los países miembros de la UE tienen una media de 87 presos por cada 100.000 habitantes, Estados Unidos alcanza la impresionante proporción de 685 presos por cada 100.000 habitantes. Los europeos comentan a menudo que los estadounidenses “viven para trabajar”, mientras que ellos “trabajan para vivir”. El tiempo medio de vacaciones pagadas en Europa es ahora mismo de seis semanas al año. Por contraste, los estadounidenses disfrutan de media sólo dos semanas. A la mayoría de los estadounidenses tam-bién les impresionaría saber que el tiempo medio de traslado al trabajo en Europa es inferior a 19 minutos. Si consideramos qué hace grande a un pueblo y qué constituye un mejor modo de vida, Europa está empezando a superar a Estados Unidos.

El sueño europeo contrasta drásticamente con el americano sobre todo en lo relativo a la cuestión de definir el significado de libertad personal. Para los estadounidenses, la libertad va desde hace mucho tiempo ligada a la autonomía. Si uno es autónomo, no depende de otros ni es vulnerable a las circunstancias que están fuera de su control. Para ser autónomo uno necesita tener propiedades. Cuanta más riqueza amasa uno, más independiente es en el mundo. Uno es libre cuando se convierte en autosuficiente y en una isla en sí mismo. Con la riqueza llega la exclusividad, y la exclusividad aporta seguridad. Sin embargo, el nuevo sueño europeo se basa en diferentes ideas sobre qué constituye la libertad y la seguridad. Para los europeos, la libertad no se encuentra en la autonomía, sino en la inserción. Ser libre es tener acceso a muchas relaciones interdependientes. Cuantas más sean las comunidades a las que uno puede acceder, más opciones tiene de llevar una vida plena y significativa. Es la inclusividad la que proporciona seguridad: pertenencia, no pertenencias. El sueño americano hace hincapié en el crecimiento económico, la riqueza personal y la independencia. El nuevo sueño europeo se centra más en el desarrollo sostenible, la calidad de vida y la interdependencia. El sueño americano rinde homenaje a la ética del trabajo. El europeo está más ligado al ocio y al gozo profundo. El sueño americano es inseparable de la herencia religiosa y de la profunda fe espiritual del país. El europeo es laico hasta la médula. El sueño americano depende de la asimilación: asociamos el éxito con la eliminación de nuestros antiguos lazos étnicos para convertirnos en agentes libres del gran crisol estadounidense. El sueño europeo, en cambio, se basa en la conservación de la propia identidad cultural y en vivir en un mundo multicultural. El sueño americano va unido al amor al país y al patriotismo. El europeo es más cosmopolita y menos territorial.

Los estadounidenses estamos más dispuestos a usar la fuerza militar para proteger los que consideramos nuestros intereses vitales. Los europeos son más reacios a usar la fuerza militar y, en cambio, fomentan la diplomacia, la ayuda económica y la asistencia para evitar el conflicto, y las misiones de paz para mantener el orden. Los estadounidenses tienden a pensar desde un punto de vista local, mientras que las lealtades europeas están más divididas y abarcan desde lo local hasta lo mundial. El sueño americano es profundamente personal, y se preocupa poco por el resto de la humanidad. El sueño europeo es de una naturaleza más expansiva y sistémica y, por consiguiente, va más ligado al bienestar del planeta.

Eso no quiere decir que Europa se haya convertido de repente en una utopía. A pesar de toda su retórica sobre la conservación de la identidad cultural, los europeos se están volviendo cada vez más hostiles hacia los inmigrantes y los refugiados políticos recién llegados. El enfrentamiento étnico y la intolerancia religiosa siguen estallando en diversas zonas de Europa. El antisemitismo está aumentando nuevamente, al igual que la discriminación contra los musulmanes y otras minorías religiosas. Aunque los habitantes y los países europeos critican la hegemonía militar estadounidense y lo que ellos consideran una política exterior presta a apretar el gatillo, están más que dispuestos, cuando se presenta la ocasión, a dejar que las fuerzas armadas estadounidenses protejan los intereses de seguridad europeos. Además, tanto partidarios como detractores afirman que la maquinaria de gobierno de la Unión Europea, con sede en Bruselas, es un laberinto de papeleo burocrático. A menudo se acusa a sus funcionarios de distantes y de no responder a las necesidades de los ciudadanos europeos a los que supuestamente sirven.

Sin embargo, la cuestión no es si los europeos viven o no de acuerdo con su sueño. Nosotros, los estadounidenses, nunca lo hemos hecho del todo. La cuestión es más bien que Europa ha forjado una nueva visión del futuro que difiere de la nuestra en aspectos esenciales. Estas diferencias básicas son cruciales para comprender la dinámica que ha empezado a desatarse entre las dos grandes superpotencias del siglo XXI. Hace 200 años, los fundadores de Estados Unidos crearon para la humanidad un nuevo sueño que transformó el mundo. Hoy, una nueva generación de europeos está creando un nuevo sueño radical, más apto para enfrentarse a los retos que plantea el mundo cada vez más interconectado y globalizador del siglo XXI.