La visión nuclear de la política

Por Alberto Oliart, ex ministro en Gobiernos de la UCD (EL PAIS, 09/09/05):

Tomo el título de este artículo del de Álvaro Delgado-Gal publicado en el Abc (23-8-2005). Pienso que lo que con “visión nuclear” quiere decir hace referencia a aquellas ideas programáticas que ordenan el quehacer político de un Gobierno y, en las democracias de tipo occidental, del Gobierno y del partido o partidos que lo sostienen en el Parlamento.

En el mundo actual, la acción política que, como toda acción humana, se desarrolla en un tiempo esencialmente histórico, la nota sustancial es el cambio permanente y muy rápido, a veces vertiginosamente rápido, en todas las sociedades actuales. Desde la Segunda Guerra Mundial los cambios, cada vez más profundos y veloces, se han encadenado modificando los puntos de referencia de la acción política, tanto nacional como internacional. Caída del muro de Berlín; desaparición de la Unión Soviética; Estados Unidos como única superpotencia; auge y crisis del Estado de bienestar en Europa; globalización de la economía; crisis de las economías de Alemania y Japón, que eran las dos más fuertes en el mundo, con la de los Estados Unidos; auge impresionante de la de la China, y detrás de ella, de la de la India… Atentado de las Torres Gemelas, la extensión a España, a Londres, antes a Filipinas, a Indonesia, Egipto y Arabia Saudí, del terrorismo islámico… Y los cambios continúan.

En las democracias occidentales europeas y, por tanto, en la nuestra, seguimos manejándonos con la división, en el ámbito político, de políticas y partidos de derechas e izquierdas. En algunos países, también en el nuestro, puede hablarse de partidos y políticas de centro. La verdad es que tanto los partidos de derechas como los de izquierdas tienden, cada vez más, a aproximarse e incluso superponerse en esa zona existente, pero de difícil e imprecisa definición, que llamamos centro.

En España, el Partido Popular, que se crea con la restauración de la democracia a la muerte de Franco con otros nombres, se define a sí mismo como partido de centro-derecha, y el PSOE, aunque sigue con su denominación centenaria, es, a partir de Felipe González, un partido socialdemócrata, es decir, de centro-izquierda; la razón es que el desarrollo económico y el Estado de bienestar han convertido a una gran parte de la clase obrera y asalariada en clase media.

Después de la señora Thatcher y de Reagan y de la caída del muro de Berlín, la visión nuclear de la derecha en el mundo occidental, incluida España, es la del neoliberalismo, es decir, el triunfo de Adam Smith modernizado por la Escuela de Chicago. El mercado se erige en el máximo decididor de la imputación de recursos; el Estado debe reducirse lo más posible y aligerar al máximo la carga fiscal para que sea la iniciativa privada, movida por la “mano invisible” que todo lo ordena al mejor beneficio de todos, la que dé satisfacción, resuelva y ordene la vida de los ciudadanos. Es verdad que necesidades electorales obligan a hacer concesiones no ortodoxas a los gobiernos de derechas; ninguna el Gobierno de Bush; más de una, en su mandato, el de Aznar. Y es verdad también que es prácticamente imposible, para la derecha continental europea, hacer tabla rasa del Estado de bienestar, pero hoy por hoy la visión nuclear de su política se agrupa en torno a lo que ha venido a llamarse neoliberalismo, de los que serían máximos exponentes políticos la señora Thatcher y el ex presidente Reagan.

Gravemente dañado el marxismo, en vida de Marx, por el revisionismo de su tesis de la forzosa igualación de los salarios con el mínimo necesario para vivir, lo que vino a llamarse más tarde “depauperación de la clase obrera”, por el revisionismo encabezado por Bernstein y enterrado en la práctica después de la división enemiga entre la Segunda y la Tercera Internacional, y olvidado en las socialdemocracias de Europa Occidental después de la Segunda Guerra Mundial, el Estado de bienestar, que ya era esa visión nuclear del socialismo en los países escandinavos, siguiendo el ejemplo de Suecia y las teorías de Gunnar Myrdal y demás intelectuales, políticos socialistas y economistas suecos de su época, se convirtió de forma destacada en ese mismo núcleo programático de las democracias europeas; y digo democracias y no socialdemocracias porque el plan Beveridge de los laboristas en Gran Bretaña fue cuidadosamente respetado y aun incrementado por el premier conservador Harold MacMillan (el “wonderful MacMillan”). Lo mismo pasó en Alemania con demócratas cristianos y socialistas, lo mismo en Francia. Y lo mismo, con matices, pasa en España. A pesar de la crisis financiera y económica por la que está pasando, el Estado de bienestar sigue siendo, con los obligados recortes por recesiones, precios del petróleo y pérdida de competitividad, un centro principal de la visión nuclear de los partidos socialistas europeos.

En España, Felipe González puso como condición de su continuidad como secretario general del PSOE que se eliminara la calificación de marxista del partido en sus estatutos y también eliminó de su programa la mención a las nacionalizaciones. Las circunstancias históricas de nuestro país cuando accedió al Gobierno le hizo tener otros dos centros más de esa visión nuclear de su política: la primera, consolidar la democracia y, sobre todo, la supremacía del poder civil, que ya había bien enhebrado el Gobierno de Calvo Sotelo; la segunda, fortalecer la política exterior de España con la entrada en el Mercado Común, enseguida Unión Europea, en la que él y su equipo jugaron un papel estelar, así lo reconocieron todos, y sobre todos, Delors, sin descuidar y aumentar nuestra relación con Latinoamérica y, de paso, tener, Felipe González, una relación personal muy especial lo mismo con el canciller Kohl que con el presidente Bush padre. Cualesquiera que sean las críticas a su política, visión nuclear no le faltó, y éxitos, tampoco.

En el caso de Zapatero, un libro de Jordi Sevilla, que Zapatero presentó siendo secretario general el PSOE, donde se especifica de dónde viene y qué se propone lo que llama “nuevo socialismo”, dice que el socialismo actual hace suyo el lema, creo que podemos llamarlo, con el peso de su historia centenaria detrás, visión nuclear, de la Revolución Francesa, “Libertad, igualdad y fraternidad”; y no se corta para decir algo que antes que ellos dijeron Indalecio Prieto y también Méndes France; en frase de Prieto: “A fuerza de liberal, soy socialista, y a fuerza de socialista, soy liberal”. Lo que ocurre es que Zapatero, también Sevilla en su libro, quieren profundizar y hacer más efectivos los tres términos de la Revolución Francesa en elmundo actual y en nuestra concreta circunstancia española. Del principio de igualdad, aplicado a los más necesitados, saldría el principio de la paridad entre mujeres y hombres; a los críticos de este principio les diré que en 1956 o 57 escuché a un famoso psiquiatra de Viena, que se llamaba Caruso, que los tres grandes grupos humanos más sometidos y necesitados en nuestro mundo eran: las mujeres, los niños y los hombres y mujeres de color. En la misma línea de atención a los más necesitados, dentro del paradigma de la igualdad, se situarían la Ley de Protección de Género, la del matrimonio entre homosexuales (aunque muchos hubiéramos preferido hablar de unión civil; pero en mi caso reconozco el peso del argumento jurídico-constitucional de no discriminación), la dictada para la legalización de inmigrantes o la anunciada de la dependencia. Naturalmente, los tres principios se interrelacionan y de las leyes y principios enunciados se puede decir que también realizan, o buscan realizar, los de libertad e igualdad.

Si tengo razón, no hay un menudeo de propuestas rompedoras, sino una serie de medidas o de leyes que van desarrollando el programa electoral del PSOE, y de la política que el presidente viene, reiteradamente, anunciando como programática; y no hay pathos revolucionario, sino un objetivo claro de ir profundizando la democracia y la libertad en nuestra sociedad, la española, que se está transformando, ¡y de qué manera!, desde la restauración de la democracia. Se podrá estar o no de acuerdo, pero la visión nuclear de la política de Zapatero es evidente.

Mención aparte merecen, en la acción política de Zapatero, la política exterior y la de reforma de los Estatutos vigentes. En política exterior, Zapatero y su Gobierno se declaran abierta y prioritariamente europeístas y partidarios declarados de una relación especial con las dos potencias europeas eje de la Unión Europea: Francia y Alemania, sin descuidar, como estamos viendo, la relación con Inglaterra, siempre contraria a la unión política de Europa. Para un europeísta convencido de la necesidad de esa unión política como yo, inútil decir que me parece un acierto; y no creo que sea un fracaso de esa política la gravedad del no francés y holandés al Tratado Constitucional. Tarde o temprano, la Europa de los veinticinco necesitará ese tratado u otro muy parecido.

En cuanto a la reforma de los Estatutos hay que tener presente que el Gobierno socialista de Zapatero se ha encontrado, al llegar al poder: con una subida electoral en Cataluña del partido independentista ERC, ocurrida bajo el Gobierno anterior, y con una situación límite en el País Vasco. Una y otra provocadas, a mi juicio, por la política de enfrentamiento con los nacionalismos del último Gobierno de Aznar; y en el caso catalán, por esa política y el desgaste de CiU. La política de Zapatero y su Gobierno es abrir cauces de diálogo y, mediante reformas de los Estatutos, conseguir solucionar la situación con la que se ha encontrado; a mi juicio, por ahora el resultado de las elecciones vascas confirma que la política de diálogo de Zapatero no está equivocada. Decir que la reforma de los Estatutos no le importa a nadie es olvidar que está como el número uno de los programas de los partidos nacionalistas vasco y catalán y que Valencia se ha puesto a la cabeza de la reforma. Otra cosa es que esa reforma pueda llevarse a cabo si, como quieren Zapatero y su Gobierno, han de hacerse dentro de los límites que marcan las normas constitucionales y con el acuerdo de todas o casi todas las fuerzas políticas, de manera que pueda aprobarse por las Cortes.

Por último, creo que Zapatero tiene otro centro de integración de sus convicciones y de su acción de gobierno, que es su fe absoluta en la democracia y, por lo tanto, en el diálogo, para solucionar los conflictos y problemas a los que se enfrentan él y su Gobierno.

Es natural en una democracia que la política del Gobierno de turno sea objeto de críticas; es propio de la democracia que los partidos políticos tengan programas distintos para solucionar los problemas de cada momento; y es necesario que en las circunstancias actuales de cambios tan rápidos y profundos en el mundo y en España, los políticos intenten adecuar de forma pragmática, como lo han hecho todos, su acción a situaciones cambiantes. Lo que ya no es natural en la democracia es que, como tengo dicho, con falta al respeto debido a los ciudadanos y con daño creciente de las instituciones democráticas, la crítica argumentada para sostener las posiciones de cada partido se sustituyan por falacias, eslóganes e insultos. El Partido Popular ha de tener una visión nuclear de su política alternativa, formular su programa; y el partido y Gobierno socialista deben gobernar y están gobernando conforme a la suya. La última palabra la tienen, la han tenido, volverán a tenerla, los ciudadanos.