La voz de Catalunya

Ara és l’hora, catalans. Es hora de que nuestra civilidad, nuestra cortesía, nuestra perenne voluntad de razonar con un rival que no entiende de razones, que no nos perdona que seamos una obstinada nación en este rincón de Iberia, no nos hagan desfallecer. Es hora de decir basta. Una vez más.

Muchos conciudadanos que vendrán a la manifestación popular de rechazo de la sentencia judicial contra el Estatut que aprobaron nuestro pueblo, nuestro Parlament, el otro y todas las instancias gubernamentales del Reino de España sostienen, sin embargo, que el esfuerzo no servirá de nada. Según ellos, al día siguiente todo seguirá igual. Pensar así es un trágico error. Un error, por cierto, muy catalán. Somos gente que quiere resultados. Pensamos que somos prácticos, que sopesamos siempre las consecuencias y que miramos el valor de las cosas según los réditos que puedan darnos. No es exactamente así. Y por lo que respecta a lo más sagrado, que es Catalunya, no es en absoluto así.

A menudo la rauxa nos ha llevado a cometer errores históricos que hemos tenido que pagar demasiado caros. Pero también hemos acertado las veces suficientes para que no desfallezcamos ahora. Piénsese en cómo, con todas las imperfecciones, hemos recorrido un camino muy largo desde que, en plena dictadura, con una obstinación extraordinaria, la socavamos y la hundimos. La exigencia popular de libertad, amnistía y un Estatut de autonomía para Catalunya desmoralizó a un régimen político abyecto y anticatalán. En ningún otro lugar de España el clamor popular constante –sin violencia, en paz, con sacrificios de todo tipo– llegó tan lejos y consiguió tanto. Incluso logramos que un legítimo president de la Generalitat, exiliado durante muchos decenios, volviera, victorioso, a casa.

La lucha, ahora, es mucho más difícil, más compleja. El heroísmo siempre es más trágico, más espectacular, cuando la opresión es directa, y la persecución, más desnuda. Cuando, entre otros males, la opresión incluía un genocidio cultural directo contra nosotros, todo estaba bien claro. Sin embargo, ahora, amparados por el grado de democracia, tolerancia, autogobierno y garantías constitucionales que nos ofrece la Constitución de 1978, el ejercicio de la libertad y la afirmación de los derechos de nuestra desdichada patria son bastante más complicados. Ahora, para empezar, existe una institución que lleva el espléndido nombre de Tribunal Constitucional. No importa que muchos de sus ilustres miembros hayan rebasado el plazo oficial de su pertenencia a la venerable institución; no importa que se hayan pasado cuatro años para parir, como los montes, un ratón raquítico; no importa que, exhaustos de tanto trabajo, los magistrados se den vacaciones para asistir a sangrientas corridas de toros; no importa que, en su magnanimidad, nos concedan el derecho a hablar –entre nosotros, se entiende– la lengua vernácula, que ahora llaman vehicular; no les importa que nos nieguen el derecho más elemental a denominarnos lo que somos, una nación. Pura y simplemente, una nación. Da igual. Para ellos.

Lo que sí importa es que ni ahora ni nunca nos gane el cansancio y que asumamos la complejidad y las dificultades cotidianas que nos ofrece la imperfecta democracia –pero más sustancial de lo que parece– de la que disfrutamos. Es preciso que entendamos que el heroísmo de cada día, siempre modesto, siempre hecho de pequeños pasos –en la escuela, en la calle, en una clínica, en las páginas de un periódico, en la lucha por conseguir unos recursos que nos han arrebatado, en una fábrica, una obra pública–, no puede abandonarse. Igual que no podemos abandonar la manifestación pública por nuestro soberano derecho a decidir por nosotros mismos sobre nosotros mismos. Una vez, y otra, sin desfallecer.

Es por ello por lo que la iniciativa de una asociación cultural patriótica como es Òmnium, a la que nos hemos sumado muchas instituciones del país –y en primer lugar nuestra academia nacional de las ciencias, el Institut d’Estudis Catalans–, de manifestarnos por los derechos más elementales de nuestra patria debe escucharse y seguirse. No se pregunten si al día siguiente habremos logrado algo. Porque no será nada palpable por lo que respecta a la justicia que merecemos ni a la soberanía que nos pertenece con toda plenitud. Solo será un paso más para ir haciendo camino. Lo que sí habremos conseguido es un bien intangible: el de nuestra dignidad, que es la de nuestra nación.

Existe un rumor bastante persistente sobre nuestro talante nacional –principalmente fuera de Catalunya– que nos quiere industriosos, trabajadores, con los pies en el suelo y otras características no siempre muy halagadoras. Por fortuna, este país nuestro tiene también una inmensa buena fe y se ilusiona acariciando la idea de sentirse amo de él mismo en su casa, pacífico, solidario con los demás, próspero y contagiando prosperidad a todos los que con nosotros deseen convivir. Por fortuna, nuestra gente sabe que para que todo eso no sea solo un sueño hay que ganarse la victoria. A pulso. Con humildad, con sencillez, con el espíritu de trabajo que es nuestro. El sábado por la tarde, catalanes.

Salvador Giner, presidente del Institut d’Estudis Catalans.