La vuelta de Aznar… a 1979

Treinta y cuatro años después de sus artículos sobre la Constitución Española, el referéndum y la estructura territorial de España en el periódico La Nueva Rioja, a José María Aznar la da ahora por hablar de su educación sentimental. A finales de la década de los setenta del siglo pasado, era Aznar unos años mayor que Frédéric Moreau, el protagonista de la novela de Flaubert, en 1840. Pero ya tenía sus ideas muy claras. Lo que llama la atención es que esa cierta idea de España que tenía entonces es la que vuelve a describir estos días. Y ello a pesar de que el joven de 26 años pasó más tarde por la presidencia de Castilla y León primero y ejerció después, durante ocho años, la presidencia del Gobierno de España.

El 23 de febrero de 1979, al comentar la elevada abstención en el referéndum que aprueba la Constitución, Aznar sostiene que el consenso tiene su precio: “La desconfianza de una enorme masa de españoles en el buen funcionamiento del sistema democrático”.

En realidad, no solo justifica esa abstención. Es que él mismo cuestiona la flamante carta magna. “Tal como está redactada la Constitución, los españoles no sabemos si nuestra economía va a ser de libre mercado o por el contrario va a deslizarse por peligrosas pendientes estatificadoras (sic); si vamos a poder escoger libremente la enseñanza que queramos dar a nuestros hijos o nos encaminamos hacia la escuela única; si el desarrollo de las autonomías va a desarrollarse con criterios de unidad y solidaridad o prevalecerán las tendencias gravemente disolventes agazapadas en el término nacionalidades…”.

Apenas tres meses después, Aznar confirma sus sospechas. A propósito de que el presidente francés Valéry Giscard d’Estaing apela a la unidad de la nación para alcanzar la grandeur, advierte Aznar, el 30 de mayo de 1979 que “en muy pocos meses hemos superado descentralizaciones, autonomías, autogobiernos, para terminar hablando de autodeterminación y de independencia. ¿Cuáles son los criterios que se van a seguir para abordar estos problemas? ¿Será una Constitución que ampara y fomenta las nacionalidades cauce suficiente para solucionar los mismos?”.

He aquí el meollo de su razonamiento sobre la elaboración del texto constitucional: “En lugar de concebir un plan serio y responsable de organización territorial de España, se ha montado una charlotada intolerable que ofende el buen sentido…”. Y, a modo de conclusión, sentencia: “No se busque en la Transición la coartada perfecta para justificar tanto desaguisado”.

A partir de estas ideas se entiende que Aznar postulase una “segunda Transición”. Lo que queda de ellas son dos imágenes que, como siempre, siguen valiendo más que mil palabras. Primera: el Pacto del Majestic con Jordi Pujol y la afirmación del entonces presidente del Gobierno en el sentido de que habla catalán en la intimidad. Segunda: la afirmación de Xabier Arzalluz de que ha logrado llevarse mejor con Aznar que con Felipe González.

Después de denostar a la Transición y a la Constitución, Aznar las elogia ahora como quien se pone el disfraz de baile en carnaval. “Un día como hoy de 1977 España se encontraba a punto de elegir Cortes Constituyentes. Las elecciones del 15 de junio abrieron una gran etapa de nuestra historia, que llega a nuestros días y que tuvo su momento más importante en la aprobación de la Constitución de 1978. Hoy, la opinión mayoritaria sigue siendo que aquella fue una gran obra colectiva, y es justo que sea así”, empieza su discurso del pasado lunes, día 10 de junio. Se disfraza para volver a describir la realidad dramática, el naufragio que nos amenaza, que él mismo vaticinaba hace 34 años. Y que, si bien se mira, una realidad que su propio paso por el Gobierno parece haber dejado incólume.

El relato sobre la crisis política y económica más grave desde la Gran Depresión de los años treinta del siglo pasado que repite una y otra vez Aznar es lo que más parecido a una teoría conspirativa de buenos y malos. Tiene razones poderosas para elegir esa explicación, porque la Gran Depresión que ya padece España, con un horizonte de prolongado estancamiento —esta es la “salida estadística” de la recesión que profetizan los “Rajoy boys”— no ha podido ser posible sin la colaboración sucesiva de dos administraciones, la de Aznar y la de su sucesor, José Luis Rodríguez Zapatero, y la de dos gobernadores del Banco de España, la de Jaime Caruana y Miguel Ángel Fernández Ordóñez, con sus políticas de homicidio negligente o imprudente.

“Nuestro sistema fiscal no se adapta a la sociedad de hoy”, sostiene Aznar. Y antes de hablar de inadaptación, ¿no sería interesante saber de quién es obra este sistema fiscal? ¿O es que ha caído del cielo? Y aquí, en este punto, también cabe recordar que la crisis espectacular de la recaudación fiscal en España, la caída en picado de la presión impositiva, es un fenómeno que refleja el desastre acumulativo de las políticas del PP y del PSOE, de reducción de impuestos, inspiradas en Arthur Laffer, el exasesor de Ronald Reagan y actual colaborador de FAES, el hombre que en el 28 de agosto de 2006 ríe a carcajadas en la televisión cuando el comentarista Peter Schiff advierte que se acerca una recesión en 2007 y que la economía norteamericana está ante un colapso por la explosión de deuda de las familias. “Vamos a tener una bonita desaceleración, eso es todo”, asegura Laffer, quien vaticina una nueva expansión, ya que no hay subidas de impuestos a la vista bajo la Administración de Bush. El mismo que estos días, después de participar en los seminarios del pasado verano junto a Aznar, y tras la entrevista del expresidente de Gobierno en Antena 3 TV, declara, cómo no, que Aznar es el mejor.

Dejemos la metafísica de Aznar. Seamos constructivos. Y digamos, con la sextina de Jaime Gil de Biedma, en Apología y petición: “Quiero creer que nuestro mal gobierno, / es un vulgar negocio de los hombres / y no una metafísica, que España / debe y puede salir de la pobreza, / que es tiempo aún para cambiar su historia, / antes que se la lleven los demonios”.

Ernesto Ekaizer es periodista.

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