La vuelta del gran Gatsby

Por Joaquín Estefanía (EL PAÍS, 26/02/03):

Scott Fitzgerald describe como nadie en El gran Gatsby los excesos de los felices veinte americanos, con la técnica literaria de fijarse en uno de los dos extremos de la sociedad: el de las mansiones, los criados, la rutilancia de las noches sin mesura, en definitiva, el mundo de los ricos. Jay Gatsby, el caballero que reina sobre West Egg, es el arquetipo de una época dominada por los excesos sociales, las grandes diferencias, el gansterismo y la corrupción política generalizada que acabó con la Gran Depresión.

La novela de Fitzgerald es la imagen del esplendor. En ella no aparece la mayor parte de la sociedad americana, la que tuvo que emplearse en combatir durante la Primera Guerra Mundial. Es como si no existiera. Trata de muy pocos personajes de la clase social elevada y de un testigo que se asimila a ellos. En este sentido, es una novela de clase en la que el dinero sirve para comprar una distancia social con el fin de marcarla mejor. Como consecuencia de ello, la pobreza -que tiene el buen gusto de no aparecer en el texto- equivale a servidumbre; y la indigencia, que ni siquiera se intuye, sería ante todo privación de libertades porque es “privación de capacidades”, como mucho después escribió Amartya Sen.

Después de la Gran Depresión, y a consecuencia de la política de new deal de Roosevelt, EE UU devino en una sociedad de clases medias, en la que los grandes excesos quedaron amortiguados. Fue una época larga en la que las convenciones sociales exigían prácticas de gran discreción a los más poderosos. La norma social evitaba la ostentación. Los años de la revolución conservadora de Reagan y Thatcher, en la última parte del siglo XX, cambiaron otra vez las cosas, de modo que el new deal fue una especie de interregno entre dos épocas excesivas. Ya se ha contado con suficiente detalle lo que la revolución conservadora supuso en términos de desigualdad y de desestructuración de las sociedades occidentales.

Las desigualdades han llegado al paroxismo ahora. En el mundo y en EE UU. Ya no hay necesidad de ocultarse; los ciudadanos comunes han de interiorizar la distancia que les separa de los dioses de este mundo, cuya riqueza no siempre estaba ligada a la competencia o sus resultados. Poca gente es consciente de hasta qué punto se ha ensanchado la brecha entre los muy ricos y el resto en un periodo relativamente corto. Los servicios de estudios más conservadores han tratado de desacreditar los datos, la metodología y, no menos importante, los motivos de quienes pretenden informar de lo obvio. El dinero compra la influencia política, pero, utilizado inteligentemente, también compra la influencia intelectual. Algunos datos del problema son los siguientes: el nivel de vida del 10% más pobre de los ciudadanos norteamericanos es significativamente más bajo en la actualidad que hace una generación. La renta de las familias que estaban situadas en la zona superior de la distribución ha aumentado de forma extraordinaria: el 5% más rico lo es aún más comparado con el 1% siguiente; el 1% más alto, comparado con el 4% siguiente; el 0,25% más alto, comparado con el 0,75%, y así sucesivamente hasta llegar a Bill Gates. Las 13.000 familias más ricas disponen de la misma renta total que los 20 millones más pobres; estas 13.000 familias tenían ingresos 300 veces superiores a los de las familias medias. Hace poco se conoció que un gran ejecutivo americano, caído en desgracia, había tenido unos emolumentos superiores a la mensualidad de 15.000 obreros agrícolas mexicanos.

Sin estos datos no se puede entender lo que está ocurriendo hoy en EE UU. El esfuerzo concertado por negar que la desigualdad es un problema central en la sociedad americana es en sí mismo un síntoma. Y, sin embargo, sin conocer y divulgar el alcance, las causas y las consecuencias del enorme incremento de las desigualdades en EE UU es casi imposible explicar la polarización que ha llevado a que los ciudadanos voten como presidente a un personaje como George Bush y a que tengan un Gobierno tan de extrema derecha como el que lidera una guerra contra Irak cuyas motivaciones son preferentemente económicas y de poder. Lo dice el economista Paul Krugman en un extraordinario artículo publicado en la revista de The New York Times: la creciente concentración de riqueza ha dado lugar a una nueva forma del sistema político americano y se encuentra en la raíz de la deriva general a la derecha y de la concentración extrema de la política.

Hay dos cambios en la forma de hacer política en los EE UU de Bush: una creciente polarización por la que los políticos están cada vez menos inclinados a ofrecer incluso la apariencia de moderación y una creciente tendencia de los mismos a diseñar políticas que atienden, sin mediaciones, los intereses de los más ricos. La polarización de los políticos ha sucedido porque los republicanos se han desplazado a la derecha, no porque los demócratas se hayan ido a la izquierda. Ello se demuestra en la política económica aplicada por Bush y su equipo desde que llegaron a la Casa Blanca, que se ha movido firmemente a favor de los más acomodados. Los grandes recortes de impuestos; el intento de suprimir el impuesto de sucesiones y la supresión efectiva de los gravámenes sobre los dividendos de las acciones; la multiplicación del déficit público a través de los gastos de defensa y seguridad que potencian el complejo industrial militar; la instalación de aranceles proteccionistas de las industrias tradicionales haciendo retórica de los acuerdos librecambistas de la Organización Mundial de Comercio; la aprobación de una ley agraria que concede subvenciones directas a los agricultores, más grandes cuanto más latifundistas son; la elaboración de un plan energético nacional que parece redactado por las grandes industrias del sector; las connivencias y pasarelas entre las empresas afectadas por los escándalos de la contabilidad creativa y la financiación del Partido Republicano (que tienen su ejemplo primero en Enron)…, son demostraciones de esa política económica inclinada sin fisuras del lado de los más acomodados. Unilateralismo económico.

El ex secretario de Trabajo de Clinton, Robert Reich, escribe un cuento que en parte explica todo esto: “Imaginemos un genio gigante aparecido unas décadas atrás en el cielo de EE UU para situar al país ante un terrible dilema: ‘O conserváis vuestra situación económica actual y continuáis como hasta ahora… o tengo una proposición que haceros. A principios del próximo siglo, unos pocos seres seréis inmensamente ricos, aumentará el poder adquisitivo de la mayoría y habrá crecimiento económico. Pero eso no es todo [risas del genio]. La otra parte del trato es ésta: desaparecerá la seguridad en el empleo,vuestros ingresos serán menos previsibles, habrá mayores desigualdades… y la sociedad se fragmentará. Trabajaréis mucho más y tendréis cada vez menos tiempo libre… ¡Os toca elegir!”.

Por poco, pero eligieron a Bush. En la sociedad americana se ha colocado un trampantojo, un artificio con el que se la engaña haciéndola ver lo que no es. Ha vuelto el tiempo del gran Gatsby, y los pobres se disponen de nuevo a llenar las filas de los ejércitos que irán a machacar a Irak; los ricos continuarán haciéndose más ricos, acusando a los que lo denuncian de “guerra de clases” y esparciendo la teoría de las migajas por la cual las partículas de oro caídas de la mesa de los potentados contribuyen a mejorar la vida de los más desfavorecidos; seguirá la congelación de las rentas del trabajo, mientras se declara exentas de impuestos las del capital, la desconexión entre el crecimiento y el funcionamiento de la Bolsa, el fin del contrato social establecido tras la Segunda Guerra Mundial, garante de la estabilidad en el empleo y la protección de los intereses públicos. Como si todas las conquistas posteriores a 1945 se hubieran borrado a favor de una sociedad más fría, bélica, insegura, hostil a los débiles y sonriente a los pudientes. Un proceso que se autorrefuerza: a medida que aumentan las diferencias sociales, la política se preocupa cada vez más de los intereses de las élites, mientras los servicios públicos (sobre todo la educación) se ven privados de recursos y las opiniones públicas se alejan de unos representantes por los que no se sienten representados. A medida que la política favorece cada vez más a los intereses de esas élites de la riqueza y desdeña los de la población general, las diferencias de renta se vuelven mayores.

Cuando los Estados no intervienen de modo positivo a favor de los más débiles se vuelve a las relaciones 20%-80% que estudió Pareto. A la época del gran Gatsby. Con la caída del muro de Berlín en 1989, la humanidad se dotó de otra ocasión histórica formidable. Tuvimos a nuestro alcance la oportunidad de hacer un mundo más humano, y no la hemos aprovechado. La caída del socialismo real no ha sido la victoria de la democracia, sino la derrota de uno de sus adversarios y la borrachera de excesos del otro contendiente, que por ello resulta cada vez más impresentable.

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