La yihad contra las mujeres

¿Qué relación existe entre movimientos islamistas tan dispersos como Al Qaeda, Hamás, Hezbolá, Boko Haram, los talibanes o el Estado Islámico de Irak y Siria? Todos recurren al Corán, pero proponen interpretaciones diversas; todos pertenecen a culturas diferentes, desde la nigeriana hasta la afgana. Pero hay al menos un rasgo que los une y que tiene menos que ver con la religión o la ideología que con algo que podríamos denominar psicoanálisis de grupo: el odio hacia las mujeres. ¿No resulta extraño que la prioridad de estos «islamistas», dondequiera que libren sus batallas o tomen el poder, sea someter a las mujeres? En Teherán, los ayatolás no paran hasta que ni un solo cabello asoma por fuera del chador; en Kabul, el burka da un aspecto uniforme a las afganas, cuando no se las viola o se las reduce a la esclavitud, lo cual es su destino actual en Nigeria o Irak.

No es en el Corán donde encontraremos el origen de este odio hacia las mujeres y de la obsesión con su cuerpo: el profeta Mahoma no trataba a las mujeres con violencia ni desprecio y su esposa Jadiya participó junto a él en sus conquistas y su revelación. En efecto, es cierto que en Occidente, hasta la época actual, las mujeres siempre han sido infravaloradas, pero no exterminadas como lo están siendo en este mismo momento, en nombre de Alá, en Nigeria y en Irak, en el monte Sinyar. Para entenderlo, en vez de leer y releer el Corán, la obra contemporánea de Sayyid Qutb «Justicia social en el Islam», publicada en 1949, me parece una fuente más esclarecedora del yihadismo que todas las supuestas referencias de los islamistas a los tiempos del Profeta. Qutb, maestro egipcio invitado a viajar a Estados Unidos en 1947 para completar allí su formación, sufrió en Nueva York un choque emocional cuya naturaleza desconocemos, pero que le transformó en el ideólogo fundador del islamismo moderno. Fue en Nueva York donde conoció al diablo: este, según Qutb, se manifestaba adquiriendo la forma de las mujeres estadounidenses, con sus brazos y piernas desnudos.

Esta exhibición relativa (las mujeres de 1947 nos parecerían ahora de una castidad extrema) trastornó a Qutb, quien transformó lo que adivinamos era su frustración en una revuelta piadosa contra Occidente y sus criaturas, y luego en un llamamiento a la guerra santa contra el Occidente tentador. Sin duda, la exaltación de Qutb no habría tenido consecuencias en su país, Egipto, que estaba experimentando una rápida occidentalización, si el dictador de la época no hubiese tenido la mala idea de encarcelarlo, junto a otros dirigentes de la Hermandad Musulmana, y de hacer que los ahorcaran. Nasser hizo que estos islamistas se inclinasen por la violencia y la obra de Qutb se convirtió en una especie de segunda revelación, una nueva lectura del Corán para uso de los yihadistas contemporáneos. Su aborrecimiento del cuerpo femenino, una obsesión personal de un joven inestable, se convirtió en un programa político.

Evidentemente, el hecho de que la mujer, su cuerpo y su condición centren el combate entre los yihadistas y la modernidad (musulmana y no musulmana) va mucho más allá del destino particular de Qutb. La historia de la modernidad coincide con la de la liberación de las mujeres. Dondequiera que los pueblos sean miserables, dondequiera que reinen el despotismo y la ignorancia, las mujeres son víctimas de todo ello en mayor medida que los hombres. Dondequiera que la educación, la economía y la democracia progresen, las mujeres suelen ser las primeras beneficiarias y a menudo las impulsoras decisivas de estos cambios. Los yihadistas, al tener como prioridad aplastar a las mujeres, no solo las matan a ellas, sino que condenan a todo su pueblo al retraso cultural, económico y político. La guerra que se reaviva desde Afganistán hasta África Occidental no enfrenta en realidad al Islam con Occidente, sino a la esperanza en la modernidad para todos, en todas las civilizaciones, de todas las religiones, con una regresión crepuscular hacia aquella época en la que la vida era breve para todos y en la que las mujeres se veían reducidas a la esclavitud y a la maternidad forzosa.

En Occidente, siempre encontraremos algunos «tontos útiles» (expresión de Lenin para definir a los intelectuales que defendían el bolchevismo) que prefieran Hamás a Israel o que se opongan por principio a toda intervención del Ejército estadounidense; su única excusa es ser verdaderamente tontos o malvados o que, como Qutb, no soporten sin desfallecer la visión de una mujer con los brazos desnudos.

Guy Sorman

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