La yihad del káiser

Hace ahora cien años, en el contexto político que condujo a la Gran Guerra, conocida después como la Primera Guerra Mundial, la yihad –tan de actualidad en estos momentos por hechos bien conocidos– fue utilizada por el II Reich del káiser Guillermo II como la decisiva «arma secreta» de su Weltpolitik, que estimaba habría de darle el triunfo definitivo en su enfrentamiento con Inglaterra por la dominación planetaria.

Fascinado por Oriente, en línea con el «orientalismo» entonces de moda en Europa, Guillermo II viajó al Imperio Otomano en 1889 y en 1898. Este segundo viaje tenía unos objetivos políticos muy definidos. Guillermo II, nieto de la británica reina Victoria, emperatriz de la India, había tomado ya posición contra la hegemonía mundial de Inglaterra. Había apoyado abiertamente a los Boers y trataba de rivalizar con el poderío de la Royal Navy, dueña de los océanos y presente en todos los mares.

La yihad del káiser

El káiser visitó también Oriente Medio, entonces parte de los dominios otomanos e hizo una triunfante entrada a caballo en Jerusalén, en contra de una establecida tradición, según la cual en la Ciudad Santa había que entrar humildemente a pie. También hizo Guillermo II una ceremoniosa y aclamada entrada en Damasco, donde visitó la tumba de Saladino y pronunció un discurso que era ya un anticipo de sus planes yihadistas: «Que el sultán y sus 300 millones de súbditos, esparcidos por toda la tierra, que le veneran como califa, estén seguros de que el káiser alemán será su amigo en todo momento». Una buena parte de esos centenares de millones de musulmanes, estaban bajo el dominio colonial de los británicos, los franceses o los rusos, las tres potencias con las que Alemania se enfrentaría, apenas tres lustros después.

La rivalidad germano-rusa no impedía que Guillermo II mantuviera una animada correspondencia con el zar Nicolás II y desde Oriente Medio le escribió dos cartas. En una de ellas, imprudentemente pues Rusia tenía en el Cáucaso y en Asia central muchos millones de súbditos musulmanes, se expresaba así: «Los mahometanos son una tremenda carta en nuestro juego en el caso en que tú o yo nos encontremos de pronto confrontados en una guerra con cierta entrometida potencia». En otra carta afirmaba que «si hubiera venido aquí sin religión, seguro que me habría convertido en mahometano». Aquellos gestos proislámicos fueron tan patentes que en Oriente Medio circuló el rumor de que el káiser se había convertido a la religión de Mahoma. Cien años atrás, en 1798, se le atribuyeron a Napoleón propósitos semejantes durante su expedición a Egipto y, de hecho, los muftis le denominaron «sultán El-Kebir».

Los planes de Guillermo eran nueva versión del Drang nach Osten, «el empuje al este» de los alemanes, pero en esta ocasión no a través de las pantanosas llanuras de la Europa nórdica, como hicieron los Caballeros Teutónicos en el siglo XIII, sino por el Mediterráneo oriental, en dirección a «la joya de la Corona británica», la India. Se dijo, incluso que Guillermo soñó con sustituir a sus parientes británicos como emperador de la India. Y veía en la yihad el instrumento determinante.

Quien articula y da forma a «la yihad del káiser» fue el barón Max von Oppenheim, apasionado también por Oriente y que se convirtió en el consejero áulico para el mundo árabe. Ya en 1914, cuando la guerra es inminente, se pone al servicio del objetivo estratégico de que el Imperio Otomano entre en la contienda del lado de los Imperios Centrales. Está convencido de que con los otomanos de su parte será posible proclamar la yihad contra los «infieles» ingleses y franceses y no tiene ninguna duda de que tras el levantamiento de los musulmanes de la India, Persia, el Cáucaso y Asia central y los de las colonias francesas de África, se desmoronaría la capacidad de lucha de la Entente.

Alemania había ido socavando la influencia inglesa en Turquía y, de hecho, el ejército otomano estaba dirigido por una misión militar alemana. Además, el káiser había conseguido los contratos para construir el ferrocarril BerlínBagdad, que nunca se terminó, pero que era considerado como un valioso instrumento al servicio de la yihad y de la influencia alemana en Oriente Medio.

En la Wilhelmstrasse, el Ministerio de Exteriores alemán, se montó un gran aparato burocrático dirigido por el barón von Oppenheim donde se planificaron con el mayor detalle las misiones de propaganda y los personajes que había que utilizar en esta formidable campaña de agit-prop avantlalettre, en la que se gastaron grandes cantidades. Oppenheim, con desaforado optimismo, aseguraba que «los musulmanes de todo el mundo están rezando en sus mezquitas por el triunfo de las armas alemanas».

Al final Turquía entró en el conflicto y accedió a la propuesta alemana de proclamar la yihad. El 14 de noviembre de 1914, ante Mehmed V, que portaba la espada del Profeta, en la mezquita de Fatih (el Conquistador), construida sobre las ruinas de la bizantina iglesia de los Santos Apóstoles, se leyeron las cinco fatwas que proclamaban la yihad en todo el mundo islámico. En ellas se afirmaba que «la muerte de los infieles que dominan las tierras islámicas es un deber sagrado… de acuerdo con las palabras del gran Corán: “Aprehéndelos y mátalos dondequiera que los encuentres”».

La yihad del káiser tuvo éxitos parciales, pero en su conjunto fue un fracaso y no todos los teólogos islámicos la aprobaron, especialmente los chiíes. El fracaso se debió, sobre todo, a que la dinastía hachemita, que controlaba la ciudad santa de la Meca, se inclinó por el nacionalismo árabe y, tras una etapa de difícil equilibrio, aceptó la incitación británica de levantarse contra los otomanos. El jeque Husein estaba orgulloso de su descendencia directa de Mahoma, algo que nunca pudieron probar los sultanes otomanos y eso justificaba su desobediencia al mandato de la yihad.

La yihad del káiser no es un episodio perdido en la historia. Sin conocer sus pormenores no se puede entender bien la situación presente de Oriente Medio. Porque aquella yihad, y todo cuanto se tramó en torno a ella, encendió los ánimos del islam contra el Occidente colonizador, que ha sido incapaz, desde entonces, de ganarse «las mentes y los corazones» de aquellos pueblos.

Alejandro Muñoz-Alonso, catedrático emérito de la Universidad CEU-San Pablo y excatedrático de la Universidad Complutense.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *